
En el siglo XVII el número de judíos en Polonia era mayor que en cualquier otra parte del mundo. Este pueblo había conseguido cierta estabilidad en estas tierras cuando de muchas otras ya había sido expulsado. Polonia era un país comandado por señores feudales con un poder suficiente para que el rey no tomase demasiado afecto a su trono. Esta descentralización fabricó un país vulnerable en una época de imperios rapaces. Los diferentes territorios competían entre ellos por la riqueza, y un buen modo de ganar ventaja era garantizar y facilitar la vida de la comunidad judía (esta última frase podría valer para cualquier país europeo en algún momento de su historia). La sed por el poder de la aristocracia polaca despreciaba así los hostiles concilios católicos y las soflamas incandescentes de algunas órdenes monásticas que pretendían la conversión de los judíos y, mientras ésta llegaba, su segregación.
En el año 1648 hubo un levantamiento de los cosacos que habitaban en el sureste de aquella Polonia. Millones (3) de judíos y polacos fueron exterminados. En esa revuelta macabra los cuellos se abrían como toneles de vino, las mujeres eran violadas, asesinadas o forzadas a un concubinato sin aparente término. Los niños fueron (de esto hay constancia) enterrados vivos. Luego el Imperio Sueco invadió el país.
La vida de Jacob (el protagonista de esta novela) se cruza con el año 1648. Pierde a su mujer y a sus dos hijos. Lejos de Josefov (su ciudad) termina siendo esclavo de un ganadero polaco. Jacob es un judío instruido que es capaz de sobreponerse a estas desgracias (que cuando empieza la novela ya han ocurrido) y a muchas otras (que son la historia de El esclavo).
Isaac Bashevis Singer se sirve de la situación límite de su personaje para ofrecernos verdades profundamente humanas y pensamientos eternos. Da gusto leer la evolución personal de Jacob y la del mundo que pueden ver sus ojos, siempre a punto de desmoronarse. Jacob nos expone esa religión ancestral que conocen los que la conocen. Tiene fuerza, honradez y el beneplácito del lector juicioso. Desde el principio y hasta el final es un esclavo. Esclavo del azar, de Jan Bzik (el granjero del que hablé antes), de sus deseos, de las leyes, de sus temores, pero sobre todo es esclavo de su futuro, y todos sus padecimientos se transforman en un canto a la vida. (Hay elementos del hasidismo importantes en este personaje, aunque esta corriente del judaísmo aparecería más tarde.)
Bashevis Singer fue hijo de un rabino y El esclavo contiene guiños de libros espléndidos que sólo unos pocos elegidos leerán a lo largo de sus vidas: El árbol de la vida, Guía de perplejos (la edición de Trotta es fabulosa), Zohar… El autor no se anda con contemplaciones y deja a cada cual en su lugar, sea cristiano, judío, rico o pobre.
Hay sentencias que no quedarán mal a continuación:
"¿Qué le importan los edictos a la naturaleza humana?"
"La vida que se vive en constante temor pierde su encanto."
"¿Qué sería del poder de los malvados si los justos no se mostraran tan pusilánimes?"
Los grandes escritores son aquellos continúan el párrafo allí donde los otros paran. Por eso esta novela, sin apenas artificios, es recomendable. Su lectura es rápida y el libro se nos pega a las manos como un testigo de relevista. Este Premio Nobel (1978) sabía lo que se hacía.
Isaac Bashevis Singer fue un vegano tenaz desde que se dio cuenta (en esta vida todo es darse cuenta). Este libro es el primero que incluye alegatos a favor de esa dieta que también es la mía.
"Los judíos trataban a los animales como los cosacos a los judíos. Las palabras cabeza, cuello, hígado y mollejas le producían escalofríos. Al sentir la carne en la boca lo asaltaba la sensación de estar devorando a sus propios hijos. Varias veces, después de la fiesta del Sabbat, había tenido que salir a vomitar."
Y ya acabando el libro:
"Le llevaba kashe y caldo de buey; pero él le dijo que nunca comía carne, ni pescado, ni nada que procediera de criatura viviente, incluidos el queso y los huevos.
- Entonces, ¿de qué vives? ¿De carbones encendidos?
- De pan y aceitunas.
- Aquí no hay aceitunas.
- También tomo rábanos, cebolla o ajo con el pan.
- ¿Y cómo haces para conservar las fuerzas?
- Dios da las fuerzas.
Me quedan tantas cosas por decir que voy a dejarlo aquí. Eso es lo que les pasa a los buenos libros, que se hacen interminables después de haberlos leído.