martes, 14 de julio de 2009

Las aventuras del valiente soldado Svejk, Jaroslav Hasek


Pongamos que Kafka y Hasek tuvieron un amigo en común. En algún momento, dicho amigo fue detenido por alguna bobería, delatado por algún desconocido envidioso o bromista. ¿De qué se le acusa? No se sabe. Nada puede esclarecerse, es inútil: en determinadas épocas el crimen de los presos no es otro que el de ser hechos presos. Así empieza El proceso (que es un libro en el que no se sabe qué es de Kafka y qué es de Dostoievski), así empiezan Las aventuras del valiente soldado Svejk. El amigo en común pudo ser cualquier habitante de Praga, pero también Crimen y Castigo (a Raskolnikov le pasa algo similar unos años antes).

Kafka y Hasek vivieron ambos en la capital de la República Checa de hoy, nacieron en 1883, vivieron los mismos años (±1), a los dos se los llevó la tuberculosis y sus respectivas obras resisten el paso de los tiempos (hoy tengo la sensación de que el tiempo, si existe, es plural). Sin embargo ahí acaban las coincidencias. Kafka buscó el silencio de la soledad, Hasek prefería las ruidosas tabernas; Kafka era vegetariano y abstemio, Hasek durmió, resacoso, a la intemperie; Kafka era un hombre con problemas, Hasek no tanto, pero se los buscaba.

Las aventuras del valiente soldado Svejk es un libro repleto de vida. Muchos de sus personajes son reales, con el agravante (hoy ya atenuado) de que también lo son sus nombres propios. El autor quiso publicar seis volúmenes, pero su muerte temprana le impidió los dos últimos. El que reseño es el primero, que se desarrolla en la retaguardia de la Gran Guerra.

Svejk es un vendedor de perros que es hecho preso después del asesinato de Sarajevo (qué nombre más bonito Sarajevo). En esos momentos todos son sospechosos de conspiración. Su locuacidad, su estupidez, que él mismo hace servir como carta de presentación, le hacen superar problemas frente a los cuales otra gente sucumbe. Sus comentarios, sus peculiares historias, iluminan con humor la triste época que le toca vivir. El resultado es un crítica gigante contra todo el sistema imperialista y burocratizado que no ha parado de crecer desde entonces, aunque se simuló su destrucción.

Svejk, en la guerra, se burla de la guerra; como ayudante de un capellán castrense se burla de la religión, como asistente de un oficial se burla del ejército; como persona, por mucho que sea tonta y lo diga, se burla de la estupidez absurda de los hombres.

Hasek interviene de forma directa algunas veces, generalmente al principio de los capítulos, con una seriedad que contrasta con el ambiente jocoso de la novela. Son irrupciones acertadas, que aportan una fuerte carga dramática. Esto hace que la risa, que puede ser frecuente leyendo este libro, surja un tanto cargada de tristeza. Por ejemplo, antes de un capítulo desternillante puede leerse esto:

“Los preparativos para llevar a la gente a la muerte siempre se han hecho en nombre de Dios, o de algún otro supuesto ser supremo que le humanidad haya imaginado.
Antes de que los antiguos fenicios cortaran el cuello a un prisionero de guerra, celebraban un pomposo rito de culto sagrado. Algunos milenios más tarde, las nuevas generaciones harían lo mismo antes de ir a la guerra y matar a sus enemigos con espadas y armas de fuego.
Los caníbales de las islas de Guinea y de Polinesia hacen sacrificios a sus dioses y ejecutan una gran variedad de rituales religiosos antes de devorar festivamente a sus prisioneros de guerra, o a las personas inservibles como los misioneros, los representantes comerciales o los que simplemente son curiosos. Como la cultura de la casulla todavía no ha llegado a los lugares donde viven, se adornan las nalgas con guirnaldas hechas de las coloridas plumas de los pájaros de la selva.
Antes de quemar a sus víctimas en la hoguera, la Santa Inquisición celebraba la más solemne de las ceremonias religiosas, la sagrada misa cantada.
Los curas siempre han desempeñado un importante papel durante las ejecuciones, al importunar a los culpados con su presencia. En Prusia es un pastor quien lleva al pobre condenado hasta el hacha. En Austria, un sacerdote católico lo conduce a la horca; en Francia, a la guillotina; en América, a la silla eléctrica; en España, al garrote. Y en Rusia, un pope barbudo lleva a los revolucionarios a la muerte.”


Luego sigue Svejk y las sonrisas, pero ya está dicho.

En los discursos de Svejk saltan como chispas frases de una lucidez desorbitada: “A nadie nunca le han importado los inocentes” (Hannah Arendt demostrará después de la 2ª G.M. cómo los apátridas criminales tenían derechos, pero por ser criminales, y millones de desplazados sin delitos quedaban atrapados en esa pesadilla de no saber si existían); “Si todos fuésemos siempre honestos con los demás, pronto nos estaríamos matando los unos a los otros”; “Lo que me gustaría es cómo van a ser ahora, con la guerra, los entierros militares”…

Resumiendo: excelente libro que recomienda la lectura del los tres volúmenes restantes (disponibles en lengua castellana desde el año pasado). La clase culta de la época consideró que poseía un lenguaje vulgar y lo desdeñó. Sin embargo fue un éxito rotundo precisamente por ser claro, vulgar, por hablar como hablan todos. Este libro cuenta lo que cuenta (recurro a la tautología para liberarlo de las garras de la hermenéutica). Lo que es susceptible de ser interpretado es susceptible de ser monopolizado. Esto es lo que suele gustar a las élites, que tanto ensalzaron (esta vez con razón) a Kafka, que ostenta el triste récord de provocar el mayor número de sandeces gestadas en cabezas supuestamente capaces.

Hasek combatió en los dos bandos de la Gran Guerra, fue vendedor de perros, escritor, fundador de un partido (Partido del lento progreso dentro de los límites de la ley, se llamaba), se casó dos veces y pasó parte de su vida en Rusia. Notó el sinsentido de las guerras, lo absurdo de las pretensiones humanas, se burló en cuanto pudo de todos y de todo, pero lo hizo con seriedad, lo hizo bien. Mantuvo la cordura necesaria para escribir una obra memorable en una época difícil, en la cual un poeta exclamaba (se trata del Himno al odio, de Heinrich Vierordt, y sale en el libro):

Amontonemos los huesos humanos
y las carnes aún calientes
hasta sobrepasar las nubes y las cimas de las montañas.

Que juzgue el lector la tristeza de estos versos y, si quiere, la cosa completa:

http://books.google.es/books?id=o2rGLwhXIaUC&pg=PA34&lpg=PA34&dq=heinrich+vierordt+poet+german&source=bl&ots=7hWh3fYvuP&sig=zDeNYXEGEORw39Y0eaGLWlwI88Q&hl=es&ei=QHpcSsKSCY-MjAfmzeXRDQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=3

Hay formas muy tristes de ser recordado.

jueves, 9 de julio de 2009

La despedida, Milan Kundera


La literatura de Milan Kundera es grata y reconocible (si no es el primer libro que se lee de él). La despedida data de 1975 y es su tercera novela. A un jurado italiano le pareció el mejor libro publicado ese año en su estirado país.

La historia se divide en cinco partes (cinco días) y se desarrolla en un balneario de la antigua Checoslovaquia, entonces bajo un gobierno comunista. El balneario es una especie de refugio donde apenas llegan ecos de la problemática social de aquellos años en esa patria desaparecida. Es, pues, un islote social donde confluye gente acomodada o rica, algunos extranjeros. Hay que decir que la clientela es mayoritariamente femenina: el balneario ofrece tratamientos de fertilidad.

Cada uno de los días o las partes se divide en diversas entradas numéricas, de extensión variable, que evitan transiciones innecesarias y delinean el interés de la trama. La mayoría de estos pequeños capítulos son diálogos aunque hay también algún monólogo interior.

La despedida nos habla de la infidelidad, del aborto, de los celos, de la hipocresía, de la indiferencia, de la muerte, de la indiferencia de la muerte. Entre los personajes, que son pocos, hay más hombres que mujeres. Hay uno especialmente conseguido, el Dr. Skreta, el médico del balneario, un vividor con una peculiar forma de entender la vida. Es el verdadero eje de la historia. También están Klima (un virtuoso de la trompeta) y su mujer; Bertlef, un americano enfermo que vive prácticamente encerrado en el balneario; Jakub y su “ahijada” Olga; Ruzena, protagonista, empleada del balneario, y Frantisek, un novio suyo. (Si Ruzena se hubiera llamado Rutena, como esa nación antigua y desperdigada, cabría una interpretación simbólica llamativa que convertiría a Kundera en un profeta.)

Como otras veces, el autor se revela un experto en esa espeleología del alma que tantos han evitado o han atacado sin éxito. Pero esto, en su caso, tiene algunos tristes efectos: Kundera sabe de qué quiere hablar en todo momento, sabe lo que quiere decir él. La forma en que el lector percibe esto resta espontaneidad a los personajes, les quita vida. La historia como tal se queda acartonada como una orden. Es, quizá, demasiado rígida, demasiado tensa para no dudar en algunos momentos, pero esa intransigencia de Kundera tiene también algo positivo que no sé precisar.

Ignoro si Kundera pensó en algún momento lo mismo, pero en La insoportable levedad del ser, que es magistral, estos defectos, aunque permanecen, están ya a dosis bajas de medicamento o se han convertido en virtudes. Lo logra con una mayor carga filosófica, evitando diálogos, aumentado esos incisos rescatados de páginas perdidas o que la gente, por regla general, no ha retenido. Ya están en La despedida: San Simón el Estilita, ese hombre empeñado en vivir sobre una columna; San Lázaro (Zographos), que fue un pintor bizantino a quien se le prohibió pintar (como a aquellos brahmanes expulsados de la sociedad por su amor a la música de La ajorca de oro); Herodes (como Bulgakov en El maestro y Margarita; qué grande Bulgakov).

En la novela se dicen grandes verdades y grandes mentiras. Pero no agobiaré al ocasional lector de estos apuntes. Me quedo con una reflexión valiente cuyo tema (que desmenuzó Canetti) no suele ser habitual en las novelas: “El alma de la masa, que en tiempos se había sentido identificada con los míseros perseguidos, se identifica hoy con la miseria de los perseguidores”.

En fin: la novela nos deja sensaciones positivas (pero no nos vuelve mejores), un rato tristes y la sensación de habernos sublevado contra ese personaje, ese insulto.

Si yo hubiera sido amigo de Kundera y me hubiese pedido consejo, hubiera hecho todo lo posible por evitar la comparación de Jakub con Raskólnikov.

martes, 7 de julio de 2009

Foe, J. M. Coetzee


Robinson Crusoe, Ulises, Don Quijote, Sherlock Holmes, Fausto… la lista larga pero finita de personajes imaginarios que pasan de una generación a otra sin que el tiempo les afecte. La altura mítica de estas creaciones, unas más, otras menos, acaban conformando el imaginario colectivo, ya no mediante la lectura de las obras sino mediante el poder de las imágenes que se han desprendido de sus páginas. La vida solitaria de un hombre en una isla, el retorno de un guerrero a la patria después de la victoria, la confusión de la realidad y la ficción por parte de un hidalgo…, una vida cualquiera, si es vivida con atención, se solapa con estos grandes personajes, con estos grandes símbolos. Por eso la buena literatura tiene lo suyo de ritual iniciático.

Foe (su nombre ya nos revela algo) es una novela-satélite en torno a Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Pero saca a relucir temas que no pueden intuirse en la novela de Defoe. Robinson Crusoe habla de la supervivencia, la soledad, la religión y el destino (quizá en orden inverso); Foe habla de la creación, el lenguaje y la soledad.

Susan Barton (nótese la ironía del apellido) naufraga en la misma isla que Cruso, es acogida por él y por Viernes, vive con ellos cerca de un año y es rescatada por un barco que los lleva de vuelta a Inglaterra. Cruso muere en el viaje de vuelta. La mujer decide contar su historia, pero para ello recurre a un escritor, pues ella se ve incapaz de levantar una obra literaria con la monotonía vivida en una isla perdida del Pacífico, donde todos los días son un día. Ella lo dice así: “…porque aunque mi historia explica la verdad, no explica la sustancia de la verdad”, lo cual nos remite a aquello que dijimos en la reseña de Contra Apión.

El libro tiene cuatro partes: el relato de los acontecimientos de la isla de Susan Barton, los correos que ésta le escribe a Foe (que se encuentra escondido: Defoe fue espía) a fin de puntualizar algunos puntos de vista o sugerir novedades que se revelan a posteriori, un encuentro y diálogo abierto con Foe, un tributo a la inmortalidad del propio Robinson Crusoe.

Coetzee es un maestro de la escritura. Hay muchas páginas que supondrían un grave peligro para otros escritores, pero Coetzee sale del paso con una soltura poco habitual. Hay una sensación de ejercicio a vuelapluma, muchas veces sobre la cuerda floja del sentido, pero una y otra vez el libro es capaz de cruzar el vacío amenazante. Esto aporta a la obra gran ligereza, pero a la vez hondura en los temas que abarca.

La historia de sus páginas no es relevante, de hecho está reducida a la mínima expresión. Las reflexiones que sugieren el mito de Crusoe sí. Y aunque están escritas no pueden acabarse porque apuntan directamente al acto creativo, al acto literario.

Aparte de la de Susan Barton hay más ironía en los nombres: Foe es Defoe, Cruso es Crusoe, pero Viernes es Viernes. No sé qué motivos puede haber en un sudafricano para mantener, únicamente, el nombre de Viernes. Deben de haber muchos que se me escapan, quizá no haya ninguno en especial. Lo que yo intuí me pareció brillante, o más: resplandeciente.

Edmond Rostand supo que viviría siempre a la sombra de Cyrano. Defoe también lo supo y más de una sonrisa de entendimiento se le debió escapar en sus últimos años pasados entre la penuria y el olvido. Es lo que suele pasar a los creadores de los grandes mitos: sus creaciones acaban siendo de todos. Como si a Prometeo lo castigaran los hombres, no los dioses.

martes, 30 de junio de 2009

La dalia azul, Raymond Chandler


Raymond Chandler creció y se educó en Inglaterra. Acabó viviendo en California, y mucho del dinero que ganó como escritor provenía de las cuentas de Hollywood. Su carrera literaria se inició tarde y en el género negro. Primero escribe relatos breves, luego novelas que son, muchas veces, extensiones o ampliaciones de los relatos ya publicados. Fue el creador del detective Philip Marlowe, que figura en todas la antologías de la novela negra.

La dalia azul es un relato no terminado que en determinadas circunstancias (que no nos incumben) la Paramount trata de llevar a la pantalla. Raymond Chandler tuvo sus problemas para terminar el guión, aunque lo logró finalmente con una permanente y medicalizada borrachera. Todo eso se cuenta en el prólogo o en una especie de introducción del productor (creo). Apuntala la extravagancia del escritor, pero en la Literatura lo extravagante es no ser extravagante.

La escritura de Chandler es clara y ocurrente (quizá no puede ser de otro modo, porque este libro es un guión). Sabe dejarnos pensativos con frases de personajes superficiales; sabe trenzar el chiste fácil hasta convertirlo en pensamiento. Pero esto, aunque loable, es común en el cine de la época.

Cuando alguien escribe no sólo escribe, también se deja él mismo en lo que trama. Los que aman la Literatura saben a lo que me refiero, quizá también los seguidores de Nonaka y Takeuchi que investiguen sobre el conocimiento tácito y explícito en empresas, organismos y demás. En esto es en lo que Chandler no es normal. Chandler calla muchas cosas: algunos de sus silencios son rituales del cine; otros, en cambio, son cápsulas de significado brutales. Chandler sabe mucho más de lo que cuenta. Sabe mucho más de lo que no hay forma de contar. Entre palabras y líneas, uno empieza a tener la sensación de estar leyendo a un buen hombre, a un gran hombre. El que lee acaba disfrutando a partes iguales de la historia y del escritor.

Por lo demás, el guión presenta importantes errores en puntos clave. Es posible que se deba, en parte, al truculento modo de llevarlo a cabo. (No sé qué organismo de los EEUU prohibió que el asesino fuera el asesino, y las cosas se cambiaron.) Por otras causas a Stendhal (por señalar un ejemplo, aunque hay a docenas) también le fastidiaron el final de La cartuja de Parma.

Lectura entretenida que no nos obliga a visualizar la película, pero sí a leer más libros de Raymond Chandler y a esta inesperada reseña.

sábado, 27 de junio de 2009

Contra Apión, Flavio Josefo


“Quien no conoce la historia está condenado a repetirla.” La sentencia, que ya es de todos, apareció en la cabeza de G. Santayana. La considero falsa en muchos sentidos. Por un lado supone que el mundo es (en exceso) manipulable; por otro, juzga la iteración de forma negativa. En los dos casos yo pensaría del revés. Supongamos la locura (a despecho de Heráclito) de que una misma situación se repite, con total exactitud, dos veces en la historia. El segundo que la vive es un sabio de memoria formidable. Frente a dicha situación puede que el sabio tenga una determinada intención, pero recuerda que eso mismo salió mal (o bien) en aquel tiempo, en aquel lugar. Siendo sabio sólo modificará su intención por evitarse el sonrojo del ridículo de imitar a tal o cual personaje, porque sabe que al antes va a cambiarlo el después. Evitará pues los rubores de la copia, pero también la sorpresa de contemplar el éxito de lo que en otro tiempo fue un fracaso.

Digamos que la historia tiene el formato de la página. Esta frase es también una versión de lo que ya dijera Tolstoi: “Todo sucederá como si estuviera escrito”. El lenguaje puede contar lo que ocurrió, pero no puede contar la verdad, y más cuando se elimina la repentina iluminación de las metáforas. El ya inmortal Gabriel García Márquez, en su Vivir para contarla, escribió esta cita: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Muchos encontraron pegas a este pensamiento. De repente había un centro dinamitado, una convención que se ponía en duda. La posibilidad de alterar lo ocurrido en beneficio de la estética no gustó a muchos académicos.

Flavio Josefo fue un historiador judío del s. I. Le preocupaba contar la verdad, le preocupaba que otros no la contaran o la modificaran. Durante la revuelta judía que acabó con la destrucción del Segundo Templo estuvo al mando de las tropas judías en Galilea. Cayó preso frente a las tropas de Vespasiano, pero su cultivada educación y la predicción (dicha cara a cara) de que éste sería emperador, acabaron otorgándole, con el tiempo, la ciudadanía romana y una inmensa finca en Judea. Convertido en ciudadano romano dedicó su tiempo a la escritura de libros de historia judía. Los judíos lo consideraron (puede que el empleo del presente sea también correcto) un traidor.

Contra Apión es un libro atípico en toda la obra de Josefo. Es una defensa de la raza y las costumbres judías frente a las continuas críticas y acusaciones vertidas en otros libros. Apión lidera un considerable grupo de escritores (Manetón, Queremón, Lisímaco…) que atacaron, desacreditándolo, despreciándolo, al pueblo de Josefo.

Muchos cuestionan su antigüedad y la refutación de Josefo es extensa y elegante. Manetón, en su Historia de Egipto, relata la conquista de Egipto por los judíos y su posterior expulsión. Josefo cuestiona las causas de dicha expulsión y la cronología. Limpia la figura de Moisés (hombre indescifrable), que salía maltrecha en el relato del egipcio. Hasta aquí las consideraciones son históricas.

En el libro segundo (la obra tiene dos) se refutan acusaciones variopintas. Se dice que los judíos son culpables de la sedición de Alejandría, que adoran cabezas de asnos, que juran odio eterno a los extranjeros, que practican el asesinato ritual (lo misma acusación que tuvo que rebatir Apolonio de Tiana). Algunas de estas acusaciones parecen ser de épocas recientes. Apolonio Molón dice que son “los bárbaros más ineptos, y, en consecuencia, los únicos que no han aportado nada útil a la humanidad”. Josefo encuentra siempre la manera de desmentir estas cosas. A veces de modo visceral y gracioso: “…nosotros no concedemos honor ni prerrogativa alguna a los asnos, como hacen con los cocodrilos y las víboras los egipcios, que consideran dichosos y merecedores de la divinidad a los que son mordidos por las víboras o devorados por los cocodrilos”.

En la parte final se exponen la vida y la fe de los judíos. También las virtudes de las leyes que nos dejó Moisés. El tono es claramente apologético.

A Contra Apión, como a todos los libros con propósito refutatorio, le falta brillantez. De todos modos el escritor de Las guerras de los judíos y Antigüedades siempre sale bien parado. Sus claras exposiciones y sus impecables razonamientos son un regalo que no todos pueden dar. Pero este libro da para poco más:

Flavio Josefo dice de los griegos: “Los que se dedicaron a escribir no se esforzaron en buscar la verdad, aunque esa es su promesa constante, sino que intentaban demostrar su habilidad literaria”. Pero yo me pregunto: ¿dónde hay más verdad?: ¿en la Odisea o en la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano? Desde luego en la Odisea (y no lo siento por Gibbon, cuya obra es impresionante). La ficción, cuando consigue esa cumbre del mito, es la ciencia de la Historia, la de todos, el descubrimiento y la aplicación del método inductivo que tanto defendió Bacon al acontecer diario, la suma teológica de los tiempos. Se ve que hablo en otro plano y que todos entendemos a Josefo, pero reincido:

Del mito sólo se libra quien lo ha vivido, quien no lo ha conocido como mito. Ese hombre supuesto es el que sabe lo que realmente pasó en Hameln (Hamelin). Más que como empecé yo acabaría: “Quien no ha vivido la historia está condenado (o invitado) a repetirla”.

martes, 16 de junio de 2009

El péndulo de Foucault, Umberto Eco


Este libro se publicó en 1988, y fue uno de los títulos editoriales más esperados de aquel año. Lo compré entonces, o casi entonces, pero yo tenía 10 años y no llegué a acabarlo. Me quedé ahí, a 150 páginas de finalizar la cuarta edición de P-J. No entendí demasiado y me cansé.

El inteligente Umberto había publicado unos años antes El nombre de la rosa, que es una novela con mil sentidos y que a la gente le encantó. Esa novela tenía la virtud de convertir al lector en una especie de policia doctorado en Filología Clásica e Historia Medieval. Uno cerraba el libro y el mundo (¡carajo!) acababa cubierto de significados impensables unas horas antes. De pronto se veía distinta la puesta de sol, la calle ensombrecida con los pocos caminantes de la tarde, la tortilla de patatas. Esa fue la ilusión que debió de gustar a la gente. Tan habituados a la rutina, de pronto tenían acceso a una cultura vastísima que, vaga suposición, creían entender. Umberto Eco repite fórmula en este libro (incluye una cita en hebreo), pero sólo hasta cierto punto. Quiero decir: al final (lo que yo no leí entonces) desmiente la fórmula.

Casaubon (narrador), Diotavelli y Belbo son los tres principales del libro. El primero realiza una tesis doctoral sobre los templarios y durante ese proceso conoce a los otros dos. Luego vive en Brasil, se enamora, pierde a su enamorada y regresa a Italia. Cuando vuelve acaba trabajando con Diotavelli y Belbo en la editorial Garamond. Esta editorial se plantea lanzar una colección de libros esotéricos. Y ahí está la cosa.

Entre los tres acaban elaborando una especie de trama o de plan que incluye toda (casi) la literatura esotérica: templarios, rosacruces, asesinos (los de Alamut), bogomilos, jesuitas, paulicianos, anabaptistas, nazis, cabalistas, cátaros, masones… La trama que elaboran no tiene apenas seriedad, incluso se utilizan métodos aleatorios (se recurre a un computador llamado Abulafia, como el cabalista ibérico que creyó ser el Mesías) para completar secuencias dudosas, pero ellos mismos son los primeros que pierden esa noción de juego. Finalmente esa trama inventada llega a ponerles en serios apuros.

Este libro no la ha concebido un escritor normal, en realidad sólo Umberto Eco podría haberlo escrito. La composición es compleja: comprende 120 capítulos que se reparten de forma poco igualitaria en 10 partes. Estas partes tienen los nombres de las sefiroth del Árbol de la Vida de la Cábala en posición descendente. Cada capítulo (algunos brevísimos), está precedido, por regla general, por una cita de libros ocultistas. Pero también están Bruno y Lucrecio. Hay una que no tiene desperdicio: “Tiene la locura un inmenso pabellón donde a gente de todas partes da pensión, sobre todo si tiene oro y poder a discreción”. La frase, de graciosa traducción, es de un tal Brandt, y vale como resumen de la intención de Eco.

Muchos ven en este libro una crítica al esoterismo, a la forma con la que se elabora esa física de la metafísica. Es así. Hay elementos de humor que ridiculizan las ciencias ocultas, si bien es un humor no exento de tristeza y puntual. A mí me parece, además, una revisión del mito de la Torre de Babel que se narra en el Génesis, ese complejo libro que parece estar pasando siempre. Llegar a los cielos, hacerse con el verdadero sentido de la existencia, se supone que da un poder definitivo. Por lo tanto es codiciado por el poder, que es un retroalimentado Midas sin lección. Bien.

“¿Conclusión? Irreal planteamiento” (César Simón). No hay rito más iniciático que la propia vida. Ir más allá de la existencia es no sólo perderse la existencia, sino entablar amistad con los dudosos mundos del vacío. En la comprensión y experiencia de la vida todos somos iguales, aunque a unos interesará más y a otros menos. Un millonario no sabe más que la última renta de Zimbabwe. Lamentablemente para algunos millonarios y para algunos locos esto es una tremenda injusticia. Allá ellos.

Las páginas del final son sin duda las mejores, ya libres de tanta escatología y tanto premeditado absurdo. La trágica situación del personaje facilita el fraseo de verdades encadenadas: “Comprender todo cuando ya no hay nada que comprender”. Esto pasaría por un postulado de la mística.

Apunto una idea que no suele verse por ahí pero que Umberto Eco sabe que es importante. Yo la llamo (para mi uso personal, aunque quizá tenga otro nombre) la ley del precedente. Hace referencia a nuestra responsabilidad a la hora de obrar, de actuar, de decir. No es una responsabilidad personal, sino de especie. Valga esta cita del libro para indicarla: “La gente está sedienta de planes, si le ofreces uno se arroja sobre él como una manada de lobos. Tú inventas y ellos creen. No hay que crear más imaginario del que hay”.

No puedo olvidarme de una última cita que Umberto Eco atribuye, con interrogantes, a Chesterton: "Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo". Yo le quitaría los interrogantes.

lunes, 8 de junio de 2009

Ciento volando de catorce, J. Sabina


Diviértese Sabina en esta obra
con canciones a medias, sonsonetes,
donde pululan malos y amiguetes
y la bífida lengua de la cobra.

La toma con el mundo, como todos
aquellos que lo sufren o lo gustan.
Sus verdades son puños que no asustan,
su ironía no se rompió los codos.

Enumera, directo y ciudadano,
las miserias de muchos, las patrañas
que desvelan los güisquis o las cañas.

Hondo a veces, batalla con lo vano.
Es uno más, pasota, este Sabina.
El hombre que ha doblado aquella esquina.