domingo, 8 de noviembre de 2009

Brigitta, Adalbert Stifter


Excelente.

No hay nada que descubrir. Desde la primera página las palabras de este hombre te envuelven con una parsimonia de tortuga, con una brillantez indescriptible. La prosa de Stifter está tan cargada de simbolismo (de ese simbolismo sencillo y universal) que en algunos momentos uno no sabe si está leyendo o si está soñando. He tenido la sensación, además, de estar leyendo dos cosas a la vez: no sólo descifraba las letras del abecedario, también me las tenía con un sistema más complejo de comunicación solapado a las letras que, de tanto en tanto, hacía por decirme algo misterioso.

Todavía me pregunto desde dónde escribe Stifter. Su extraordinaria sinceridad, sus descripciones detalladas de paisajes perfectos y/o misteriosos, las verdades que revela, lo hacen de este mundo, pero el mero acto de leer sus tranquilas y aparentemente inocentes frases apunta hacia ubicaciones mucho más remotas. El talento de este hombre fue tan desmedido que no sólo es capaz de colapsar nuestra consciencia, también nos espolea el inconsciente. No hay otra forma de explicar esta especie de ritual iniciático que es la apertura del libro Brigitta.

Brigitta posee elementos formales curiosos, pero en este sentido no inventa nada. La historia me recordó a la que se cuenta en La ajorca de oro, no la leyenda de Bécquer, me refiero al libro que escribió el príncipe Llangô Adigal, una de las cumbres de la literatura tamil. Como en este libro, hay en Brigitta cierto propósito aleccionador.

Los personajes que crea Stifter han rechazado la sociedad y el entorno urbano. Todos han conocido la enaltecedora riqueza y el ardoroso lujo. La fatalidad urde una trama para que algunos se rediman. Acaban habitando páramos desolados que recuerdan al alma de la especie. Sus vidas aman el orden y la virtud, y sus días son esfuerzos repetidos tratando de obtener algún fruto de los pedregales y de las estepas húngaras. No es casual que pensara en S. Agustín.

Imposible agotar mi admiración en unas pocas frases. Tampoco mi perplejidad: El nombre de Stifter lo oí por primera vez hace un par de semanas. Leo en el prólogo que Nietzsche, Hofmannsthal (por éste lo conozco yo), Kafka, Rilke, Benjamin, Mann y Hesse lo admiraron. Yo añadiré que los elefantes no admiran a las hormigas.

Hofmannsthal dice que sus grandes obras son dos novelas de mayor extensión: El verano tardío y Witiko. La primera ya no habrá modo de relegarla (o regalarla) al olvido, la segunda todavía ningún editor ha osado publicarla en esta lengua.

Decía Bataille que “una buena crítica debería funcionar como una guillotina, de ella debería salir más bien sangre que otra cosa”. Dios nos libre, que solía decirse. La mayoría de los jueces literarios de la época infravaloraron a Stifter, lo tomaron por otro. Supongo que tendrán algo que ver estas equivocaciones en serie con la poca difusión de sus obras fuera de Alemania. Pero esto es algo que va cambiar, porque no puede ser de otra manera.

Leí la edición de Bartleby. Supongo que parte del mérito de lo que yo leí le corresponde al traductor, que también es el autor de un prólogo singularmente inteligente. Ibon Zubiaur se llama.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Libro de viajes de Benjamín de Tudela


Tranquila y relajada esta lectura de ese siglo tan clave que fue el XII. Benjamín de Tudela es casi nadie: un hombre cuya existencia sólo queda probada en este libro y poco más. Fue un judío que por razones que no se saben emprendió un largo viaje (en el espacio y en el tiempo). Partió del Reino de Navarra y llegó a las puertas del Golfo Pérsico. Los estudiosos dudan acerca del tiempo que invirtió en este proyecto. Unos dicen que 5 años, otros opinan que 14.

Benjamín de Tudela nos abre una ventana serena con vistas a tiempos difíciles. Paso a paso, recoge su itinerario, los medios con los que se desplaza, lo que ve. Hay ciudades cuyo rastro se ha perdido, otras todavía perduran. Las villas pequeñas merecen, por regla general, una escueta mención. Por ejemplo:

“Desde allí (el pueblo del que viene) hay una jornada y media de marcha hasta Zerayín, que es Esdraelón; allí hay un manantial grande y en ella hay un judío tintorero.”

El autor pasa de pueblo a pueblo, de ciudad a ciudad, sin especificar el tiempo que permanece en cada lugar. En todos los lugares en los que viven judíos Benjamín de Tudela escribe el número aproximado de la comunidad hebrea y también, cuando existen, de las sectas discrepantes de la tradición rabínica. En las grandes ciudades el libro se divierte con leyendas, descripciones de calles, monumentos y accidentes geográficos del entorno, la historia de sus reyes antiguos y presentes (si persiste el anacronismo), las costumbres de sus ciudadanos… Roma, Constantinopla, Jerusalén, Damasco, Bagdad, Elam, Amadia, El Cairo, Alejandría son esas ciudades.

En algún lugar cercano a la actual Basora debió de detenerse Benjamín de Tudela. Sus descripciones, esta vez menos detalladas, llegan hasta la lejana y antigua China o bordean la Península Arábiga. Se entiende que en estos casos el autor recoge testimonios ajenos.

La población judía en la Palestina de la época es muy baja. En muchos pueblos inexistente. En Jerusalén nos dice que hay “unos doscientos judíos habitando al pie de la Torre de David” (los mismos que vivían en Roma). La cifra es ridícula si se compara con la existente en la vecina Mesopotamia. Sólo en Bagdad nos dice que hay 40.000 judíos y no es la ciudad de mayor población judía, aunque es allí donde vive el Exilarca, la máxima autoridad del judaísmo de ese momento, a quien el Califa reconoce.

Hay algunos pasajes espectaculares por su fuerza evocadora. Escojo algunos:

“Desde allí hay una jornada hasta Babel, que es Babel la Antigua, en ruinas, las cuales tienen una extensión de treinta millas (unos 30 km). Todavía se encuentra allí el palacio derruido de Nabucodonosor, y los hombres temen entrar en él debido a las serpientes y alacranes que hay en su interior.”

“Los judíos de la ciudad (Bagdad) son sabios y muy ricos. En la ciudad de Bagdad tienen los judíos veintiocho sinagogas, entre Bagdad y Al-Korj, que está al otro lado del río Tigris, pues el río divide la ciudad. La Sinagoga Mayor del Exilarca está construida con columnas de mármol polícromo, recubiertas de plata y oro, y en las columnas hay letras de oro de versículos de los Salmos. Allí delante del estrado, hay como unos diez escalones de piedra marmórea; en el escalón superior se sienta el Exilarca con los príncipes de la casa de David.
La ciudad de Bagdad es grande: diez millas de circunferencia alrededor de la ciudad. Es tierra de palmeras, huertas y vergeles como no los hay en todo el país de Shinar. A ella vienen de todos los países con mercadería y en ella hay hombres sabios, filósofos conocedores de toda ciencia y magos conocedores de todo encantamiento.”


“Delante de Jerusalén, como a unas tres millas, hay un cementerio de israelitas, quienes en aquellos tiempos enterraban a sus muertos en cuevas; cada sepultura tiene su fecha, pero los cristianos destrozan las sepulturas y edifican sus casas con las piedras.”

“La ciudad (Alejandría) está construida hueca por debajo mediante puentes; la construyó (Alejandro Magno) con gran sabiduría. Sus calles son rectas, en su interior, en los canales que uno ve, los hay de una milla de distancia, de puerta a puerta: desde la puerta de Rasid hasta la puerta del Mar. Allí construyó una vía sobre el puerto de Alejandría, de una milla de distancia dentro del mar. Hizo allí una gran torre llamada EL FARO.”

“Desde allí hay dos jornadas hasta Gebal, que es Ba’al-Gad, al pie del monte Líbano, cercana a la horda que llaman AL-HASISIN, que no creen en la religión de los ismaelitas (musulmanes), sino en la de uno de ellos al que consideran como profeta; y hacen todo lo que les ordena, ya sea para muerte o para vida.”

Agradezco (con forzoso retraso) a Benjamín de Tudela su breve libro, de una objetividad sorprendente. En ningún caso las divagaciones morales lo interrumpen, ni siquiera en forma de vagas insinuaciones, aunque a veces lo ocupen barbaridades y cataclismos. Impertérrito, sigue su viaje. Se entretiene más en lo bueno que en lo malo, y prefiere los hechos a los estereotipos que debería tener un judío de su época. Por poner un ejemplo, el personaje que más bien parado sale en toda la obra es el Califa que vive en Bagdad. Lo bueno también pone los pelos de punta:

“Hay allí (Bagdad) como unas cincuenta boticas y todas tienen bálsamos y todo cuanto necesitan de la casa real. Todo enfermo que allí va es atendido con el dinero del rey, y le medican. Hay allí un palacio que llaman DAR AL-MARISTAN. Es el palacio donde encierran a todos los dementes que se encuentran en toda la ciudad, a causa del calor. Cada uno sujeto mediante cables de hierro, hasta que recobran la razón, en invierno. Todos los días que están allí son mantenidos por la casa real. Cuando recobran la razón se les despide, y cada uno vuelve a su casa y a ocupar su cargo.
Dan su dinero a los que viven en las alhóndigas y a los habitantes de la ciudad, regresando cada uno a su casa y a ocupar su cargo. Mensualmente, los funcionarios del rey los interrogan y examinan, soltándoles si han recobrado la razón, y regresan a sus casas y a proseguir sus caminos. Todo eso hace el rey, por caridad, a todos los que vienen a la ciudad de Bagdad, tanto enfermos como dementes.”


(Leía ayer algunas párrafos acerca de Joan Gilabert Jofré, un cura que promovió la construcción de un hospital para dementes en Valencia en el año 1410. Está cerca su 600 aniversario y los titulares de prensa así como algunas webs institucionales lo consideran el primer hospital psiquiátrico del mundo. En la página 20 de la edición (7-2008) de Tusquets de Mason y Dixon, del dios Thomas Pynchon, hay una nota que habla del “Bethlehem Royal Hospital (este hospital me suena a Dickens), el primer asilo para dementes de Inglaterra, fundado en el siglo XIII”, (1247). En la Wikipedia este psiquiátrico inglés es también el primero de la historia. Pero hay una nota aclaratoria en el libro de Benjamín de Tudela (leí la 3ª edición de Riopiedras Ediciones) que dice lo siguiente: “…Bagdad contó con un hospital para dementes desde el año 794”. Como se ve la hipérbole no es un recurso privativo de la poesía. Quizá hace ya mucho tiempo que Bagdad no pertenece al mundo.)

Este breve libro es una puerta secreta que da a tiempos remotos. Ya entonces las ruinas se acumulaban y florecían los imperios. Benjamín de Tudela lo sabía. Que vivan los hombres como él.

domingo, 25 de octubre de 2009

De tu tierra, Cesare Pavese


Hace un tiempo le decía a una amiga que ya sólo me quedaba por leer el último clásico de Calvino, o el último del que hablaba Calvino en Por qué leer los clásicos. Era Cesare Pavese. Mi amiga, buena conocedora de la Literatura, me espabiló la urgencia de leerlo. Citó algún libro que no recuerdo, pero agregó: “Cualquier cosa suya”.Yo me tomé a la tremenda la indefinición del pronombre “cualquier” y me hice con todos los títulos traducidos de este autor. Por ahí andaban, sólo que el otro día abro De tu tierra.

De tu tierra es la primera novela que escribió Pavese. Intuyo que no es su mejor obra aunque basta para satisfacer las horas de un lector exigente. La influencia de Faulkner es obvia, pero Faulkner genera escenarios y paisajes con más carácter, y dilata los puntos álgidos de sus novelas con la magistral indiferencia de un dios despótico y cansado. Pavese, no obstante, nos ofrece un universo más accesible, y es menos barroco en sus silencios.

Cuenta De tu tierra un hombre (Berto) que ha estado en la cárcel. Allí conoce a otro (Talino). El primero es de Turín, el otro de Monticello, “un pueblo tan insignificante que ningún tren pasa por allí de noche”. Berto es mecánico y Talino lo convence para que vaya a su pueblo: su padre puede darle trabajo con la trilladora. Berto llega a Monticello y se instala en la casa de campo donde vive la familia de Talino. A éste último lo acusan de haber quemado la casa de un vecino y una continua amenaza pesa sobre él. A Berto no le gusta lo que ve, en algún momento cree ser el guardaespaldas de Talino. Fuma sin parar y siente atracción por Gisella, una de las hermanas de Talino, que lo distrae del deseo de largarse de ese pueblo. Berto y Gisella comparten una tarde y un lago solitario, pero la sombra de un incesto atenaza la magia del momento. El final es la reacción de un loco.

Esta novela rebosa sensualidad (las eternas manzanas, las colinas que emulan los pechos femeninos, la procacidad de las miradas y de los diálogos…) y salvajismo (el arcaico tribalismo de la familia, la tensión de lo irracional…). Llama la atención la casa. La imagen de la casa. Me acordé de Gaston Bachelard.

El protagonista, que es un hombre de ciudad, choca con un mundo de criaturas simples pero indescifrables. Como es una narración en primera persona, el lector nunca obtiene una visión completa de la realidad. En esos espacios vacíos el lector tiene el acto reflejo de imaginar, aunque Pavese no nos deje el desahogo del puzle terminado. I. Calvino lo dijo de modo más minucioso:

“Todas las novelas de Pavese giran en torno a un tema oculto, a algo no dicho que es lo que verdaderamente quiere decir y que sólo se puede decir callándolo. Alrededor se forma un tejido de signos visibles, de palabras pronunciadas: cada uno de esos signos tiene a su vez una faz secreta (un significado polivalente o incomunicable) que cuenta más que la faz evidente, pero su verdadero significado está en la relación que los vincula con lo no dicho."

Un poco más abajo en el artículo de Calvino (Pavese y los sacrificios humanos) se lee una mención a uno de los libros más extraordinarios que he leído jamás: La rama dorada.

“Vincular la etnología y la mitología grecorromana con su autobiografía existencial había sido el programa constante de Pavese. En la base de su dedicación a los estudios de los etnólogos estaban las sugestiones de una lectura infantil: La rama dorada de Frazer, una obra que ya había sido fundamental para Freud, para Lawrence, para Eliot. La rama dorada es una especie de vuelta al mundo en busca de los orígenes de los sacrificios humanos y de las fiestas del fuego.”

La rama dorada es mucho más que eso (por cierto Tusquets se olvidó de incluir al genial Frazer (y a alguno más) en el Índice onomástico de autores).

En el universo de Pavese sólo he dado el primer paso. Pero la senda que sugieren sus libros, la andaré con el tiempo.

lunes, 19 de octubre de 2009

El esclavo, Isaac Bashevis Singer


En el siglo XVII el número de judíos en Polonia era mayor que en cualquier otra parte del mundo. Este pueblo había conseguido cierta estabilidad en estas tierras cuando de muchas otras ya había sido expulsado. Polonia era un país comandado por señores feudales con un poder suficiente para que el rey no tomase demasiado afecto a su trono. Esta descentralización fabricó un país vulnerable en una época de imperios rapaces. Los diferentes territorios competían entre ellos por la riqueza, y un buen modo de ganar ventaja era garantizar y facilitar la vida de la comunidad judía (esta última frase podría valer para cualquier país europeo en algún momento de su historia). La sed por el poder de la aristocracia polaca despreciaba así los hostiles concilios católicos y las soflamas incandescentes de algunas órdenes monásticas que pretendían la conversión de los judíos y, mientras ésta llegaba, su segregación.

En el año 1648 hubo un levantamiento de los cosacos que habitaban en el sureste de aquella Polonia. Millones (3) de judíos y polacos fueron exterminados. En esa revuelta macabra los cuellos se abrían como toneles de vino, las mujeres eran violadas, asesinadas o forzadas a un concubinato sin aparente término. Los niños fueron (de esto hay constancia) enterrados vivos. Luego el Imperio Sueco invadió el país.

La vida de Jacob (el protagonista de esta novela) se cruza con el año 1648. Pierde a su mujer y a sus dos hijos. Lejos de Josefov (su ciudad) termina siendo esclavo de un ganadero polaco. Jacob es un judío instruido que es capaz de sobreponerse a estas desgracias (que cuando empieza la novela ya han ocurrido) y a muchas otras (que son la historia de El esclavo).

Isaac Bashevis Singer se sirve de la situación límite de su personaje para ofrecernos verdades profundamente humanas y pensamientos eternos. Da gusto leer la evolución personal de Jacob y la del mundo que pueden ver sus ojos, siempre a punto de desmoronarse. Jacob nos expone esa religión ancestral que conocen los que la conocen. Tiene fuerza, honradez y el beneplácito del lector juicioso. Desde el principio y hasta el final es un esclavo. Esclavo del azar, de Jan Bzik (el granjero del que hablé antes), de sus deseos, de las leyes, de sus temores, pero sobre todo es esclavo de su futuro, y todos sus padecimientos se transforman en un canto a la vida. (Hay elementos del hasidismo importantes en este personaje, aunque esta corriente del judaísmo aparecería más tarde.)

Bashevis Singer fue hijo de un rabino y El esclavo contiene guiños de libros espléndidos que sólo unos pocos elegidos leerán a lo largo de sus vidas: El árbol de la vida, Guía de perplejos (la edición de Trotta es fabulosa), Zohar… El autor no se anda con contemplaciones y deja a cada cual en su lugar, sea cristiano, judío, rico o pobre.

Hay sentencias que no quedarán mal a continuación:

"¿Qué le importan los edictos a la naturaleza humana?"

"La vida que se vive en constante temor pierde su encanto."


"¿Qué sería del poder de los malvados si los justos no se mostraran tan pusilánimes?"

Los grandes escritores son aquellos continúan el párrafo allí donde los otros paran. Por eso esta novela, sin apenas artificios, es recomendable. Su lectura es rápida y el libro se nos pega a las manos como un testigo de relevista. Este Premio Nobel (1978) sabía lo que se hacía.

Isaac Bashevis Singer fue un vegano tenaz desde que se dio cuenta (en esta vida todo es darse cuenta). Este libro es el primero que incluye alegatos a favor de esa dieta que también es la mía.

"Los judíos trataban a los animales como los cosacos a los judíos. Las palabras cabeza, cuello, hígado y mollejas le producían escalofríos. Al sentir la carne en la boca lo asaltaba la sensación de estar devorando a sus propios hijos. Varias veces, después de la fiesta del Sabbat, había tenido que salir a vomitar."

Y ya acabando el libro:

"Le llevaba kashe y caldo de buey; pero él le dijo que nunca comía carne, ni pescado, ni nada que procediera de criatura viviente, incluidos el queso y los huevos.
- Entonces, ¿de qué vives? ¿De carbones encendidos?
- De pan y aceitunas.
- Aquí no hay aceitunas.
- También tomo rábanos, cebolla o ajo con el pan.
- ¿Y cómo haces para conservar las fuerzas?
- Dios da las fuerzas.


Me quedan tantas cosas por decir que voy a dejarlo aquí. Eso es lo que les pasa a los buenos libros, que se hacen interminables después de haberlos leído.

sábado, 10 de octubre de 2009

El niño prodigio, Irène Némirovsky


El kukicha es un té que se elabora con finos tallos de al menos tres años de edad. Apenas contiene alcaloides y conserva un aroma de tierra vivificante que, a fuerza de costumbre, me sabe ya a noches de lectura. También me acompañó esta vez con este libro raro.

Irène Némirovsky no tenía más de 24 años cuando escribió este relato. Fue el primero que pudo leer el público y es ya, salvo el principio, una lección de Literatura. Con una escritura clara y sencilla, la autora se adentra en la psicología cíclica de los casos perdidos, de esos hombres derrotados cuyo obcecado amor vagabundea en las áridas zonas de la pena.

Amor y talento son las grandes palabras de este libro. Ismael es un niño judío que aprende muy rápido el alfabeto y los versos sagrados. De padres trabajadores y ocupados, completa su niñez merodeando por los bajos fondos de una ciudad portuaria. Aprende las canciones de los marineros cansados y bebe el alcohol de los hombres. Acaba por ser uno más en las tabernas. Su talento natural para los versos es reconocido por todos, y sus canciones improvisadas son un bálsamo eficaz para la audiencia borracha. Entabla amistad con un hombre de la clase alta y acaba por ser el protegido de una aristócrata. Ismael conoce el lujo y el amor tempranero, pues acaba enamorándose de su protectora al despuntar su adolescencia. Crece solo y solo se hace hombre. Con los gastos pagados, ocupa los días tratando de atrapar versos memorables. Con ayuda de los libros trata de aprender lo que ya sabía. Pero eso no para en bien, y el protagonista sufre su mediocridad. Ya hombre es despreciado por la que fue su mecenas y vuelve con los padres, y a las tabernas. Desconoce qué fue de su talento. Pero allí encuentra a ese hombre de la clase alta, que fue un día poeta famoso, con los mismos problemas. El final es trágico y expeditivo.

En el Dr. Zhivago, Pasternak enlaza las casualidades de tal modo que el destino se supera. Acaban conformando una mecánica novedosa, y el extenso país que es Rusia podría no exceder los límites habituales de un tablero de ajedrez. Ya antes, dichas casualidades habían tenido un papel importante en el cuento ruso, mucho más que lo habitual en otras patrias. Autores como Lermontov, Afanásiev, Pushkin (sobre todo Pushkin), Sholojov… las habían utilizado a modo de juego de espejos, o como moralejas de cañón recortado. Irène Némirovsky recurre a un final tipificado, pero sus resultados son exquisitos por la generosa extensión del cuento y por el tema de fondo: el talento.

Muchos han sido los hombres que han dejado de hacer bien aquello en lo que eran excelentes. Muchas son las cualidades humanas que se pierden en las cunetas de los caminos que deberían mejorarlas. El niño protagonista de este cuento ignora lo que ha hecho para extraviar su don. Lo mismo que el hombre de la clase alta. Es este quien, en un entrecortado monólogo exclama: “Dios Todopoderoso, ¿por qué me has arrebatado lo que Tú mismo me habías dado?”. Jesús de Nazaret exclamó en la cruz: “Elí, Elí, ¿lamma sabacthani?” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). El tema es, desde luego, eterno, y la intuición de la autora lo transforma en una especie de carrusel de sugerencias que una semana de noches y un par de lecturas no ha agotado. Le sigo dando vueltas.

Antes he hablado mal del principio. Me resulta un tanto desgarbado, pero pasa pronto: cuando esta autora se pone a escribir de lo que quiere tratar las genialidades le vienen como por castigo. En sus frases cortas y claras resuenan los siglos como campanas de luz y deambula esa sensación indescriptible y gigante de estar leyendo a Irène Némirovsky. Su unicidad en el universo literario, tan rotunda y sin aspavientos, es un indicador de su talento, que no se agotó nunca.

Causa dolor imaginar que la sensibilidad de esta autora habitó Auschwitz, y que en ese lugar murió a causa del poder excesivo, que siempre es loco (cuando el poder no tiene competidores él mismo se lleva a la perdición, aunque se lleva a muchos por delante). Nos dejó sus libros o sus momentos solitarios, que dedicó al mundo.

La escritura de esta mujer emana una luz lejana, como de estrella. Yo la he sentido físicamente. El mero recuerdo de sus libros la conserva. Dichosos los que la hallan.

martes, 29 de septiembre de 2009

Una reseña de Borges


A todo buen lector le habrá alcanzado la pena de unos días sin libros destacables. En mi caso, la crisis y la aversión por la lectura de pantalla se han aliado para impedir que este post siga la rutina que yo mismo elegí.

He tenido que recuperar libros perdidos en mis estantes que conservaban las huellas del lector adolescente que fui un día. Al leerlos, esta vez hasta el final, he lamentado no haberme equivocado entonces, cuando los olvidé a mitad. Me quedo, sin embargo, con un momento feliz: en uno de esos libros he rescatado una estampita de mi primera comunión.

Comentar libros malos (libros que nos parecen malos) no me resulta, a priori, una idea muy brillante. La verdad es que los libros malos son raros. Yo diría que los libros que llamamos malos son los que deberíamos llamar mediocres. Son libros cuya lectura, por diversos motivos que ya vendrán al caso, nos parece maquinal, apagada, como el libro de instrucciones de una lavadora o la garantía de la Thermomix. Pobres páginas cuyas bondades percibe el lector turbias y lejanas. Aun así puede consolarnos la historia que se cuenta, los ecos de otros libros, y, en el peor de los casos, la dosis de papel entre los dedos. Es muy fácil no escribir un libro admirable, pero requiere un arte inverso escribir un libro que cargue contra sí mismo.

Copiaré a continuación una reseña que hizo Borges en la Revista Multicolor (Nº 20). Comenta un libro malo. Es, sin ninguna duda, la crítica más dura que he podido leer. Es tan implacable que alguna vez noté que el propio Borges salía malparado. Omito el nombre del libro que se reseña. También el del autor (baste decir que no hay rastro de sus versos en la red). Dejando de lado la compasión, pienso un par de razones para callarlos: el propio Borges se olvidó de casi todo lo que hasta la fecha (1933) había escrito, yo no sé si aquel joven erudito supo que perdurarían estas páginas o si las escribió para la ocasión y para el olvido; para qué unir un nombre a la sonrisas que igual nos surgirán (Borges supo más tarde que todos los libros son anónimos)…

Lo que sigue, ya se notará, es de J. L. Borges.



Este libro, curiosa antología del error, agota las maneras más diversas de eludir la poesía. El escritor (de algún modo hemos de llamarlo) exhuma los errores peculiares de Julio Herrera y Reissig, como si los actuales no le bastaran. Maneja con igual naturalidad la cursilería del pasado mañana y la de anteayer. Suele cultivar las variantes:

El buen oído se goza en el silencio;
en la fina y serena comarca del silencio,
en la honda y sedante caricia del silencio,
en la quieta guitarra del silencio,
en la fresca cisterna del silencio,
en la copa de oro del silencio.

También las voces matemáticas para simular precisión:

Un ángulo de garzas en azul metálico
progresando hacia el decaimiento de la tarde
por el camino ideal de un paralelo
me sumerge en la conciencia del Transcurso.

También la deliberada pedantería (ya acometida victoriosamente en la estrofa anterior, norma de versos indecibles):

Ah! Tender las velas desde el cono de sombra propicia
atravesando torvos océanos de luces herméticas,
islas radiantes, cruzar toda la leche de Hera
singlando a más distantes nébulas extragalácticas!

También el mero balbuceo de palabras goteadas, que quiere ser confundido con laconismo:

Tarde de plata.
Anteojos. Péndulos. Acanto.
Camino de palmeras hacia la fuente.

Física del mundo.
Vivir ahí. Lila de las glicinas
Rostro de puras líneas frescas y ruborosas.
Tu grácil elegancia arqueada sobre el agua.
Dueños aquí por siempre. Olvidar lo pasado
Cada semana. Claveles y silencio.

También la alegoría en todo su horror:

Atravesaba a nado el mar de los problemas
para aspirar la flor de una hermosura nueva…
Sus brazadas medían las concavidades,
y desde la garrocha de una hipótesis
adornaba los montes de parábolas.

También las órdenes despóticas, de ejecución más bien improbable:

Alma mía, decanta la esencia de tu goce,
Depura la rudeza de la forma prístina,
decora de elegancia tu recia varonía.

También los imprudentes consejos:

Confía en el motor de tus razonamientos,
en el goniómetro de tu agudeza,
en la esencia de tu cultura,
e impulsa tus aviones a todas las estrellas,
y hazlos dar saltos y loopings sobre lo absurdo.

También el helenismo y la sastrería:

Quisiera ir al país de la alegoría
para tenderme bajo los sombríos matorrales
a acariciar mis pensamientos sobre lo bello;
para usar una túnica como la de Mercurio,
y hundir mis manos en las cabelleras de naranja
de las gracias danzantes, y competir con el dios aéreo
en el juego elegante que entreabre las gasas.

De otros errores es espejo y norma el señor XXXXXmil, pero no puedo transcribir todo el libro. Recomiendo su examen apasionado, a los curiosos y amateurs del mal gusto, entre quienes me cuento. Casi descreo del placer de los libros buenos; prefiero el de los malos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Cuentos de la selva, Horacio Quiroga


No me imagino cómo son las noches de la jungla. La soledad en medio de ese todo verde del origen puede saber a expiación y a Dios, a miedo y a prisión desorbitada. Horacio, que vivía en Buenos Aires, quiso cultivar algodonales en ese mundo indómito. En Misiones pasaría algunos años con su primera mujer. Tuvo con ella dos hijos, Eglé y Darío, que fueron el auditorio natural de estos cuentos exquisitos.

En Cuentos de la selva se recogen 8 historias de extensión más o menos uniforme cuyos principales protagonistas son los animales. Tortugas, flamencos, loros, yacarés, abejas… apaciguaron el fuego creativo de este hombre en esa soledad premeditada y endulzaron las tardes y las noches de sus dos hijos pequeños.

En algún cuento se sabe que Horacio Quiroga conocía a Kipling (su libro Los cuentos de así fue, que tanto alabó Borges); en otros se toca la fábula clásica, aunque su moraleja es difusa; la problemática relación del hombre con su entorno lo ocupa en algún relato; en otro se intuye que los protagonistas son sus hijos. La edición que compré (una de Anaya, del año 2001) tiene un prólogo y un cuento al final de Pablo Schmilovich. En ese último cuento se narra la posible vuelta de los hijos de Quiroga a las tierras que los vieron crecer y el encuentro con los animales que aparecen en las historias que su padre escribió.

A Horacio Quiroga se le considera uno de los maestros del cuento. Es probable que así sea: los cuentos de este libro o rozan la perfección o la tocan con soltura. Leo en el prólogo que sentía admiración por Dumas, Scott, Dickens, Balzac, Zola, Maupassant, Bécquer y Poe. Creo que esto no es excepcional. Sí lo es el hecho de que consiguiera escritos profundamente originales partiendo de bases tan puntuales y públicas.

Hay en estas páginas (y en casi todas las otras de Quiroga que he leído) una rara melancolía cuya percepción es un grato alimento para el alma. En ese sentido, Cuentos de la selva, que suele catalogarse como literatura infantil, no es un libro para niños.

El lector que visite este post puede encontrar en otros lugares más detalles de la vida de Horacio Quiroga. Baste decir que la carretera que llevaba a su paz y a su tranquilidad tenía baches inauditos, y fue cortada muchas veces por asaltadores, desprendimientos, y otros imprevistos azares.

Leí esta obra, dormida desde hacía tiempo en mis estantes, para el sueño de mi hija. La descubrí en voz alta al mismo tiempo que ella. Impostaba la voz, gesticulaba, pero sentía por debajo (y tragaba saliva) la buena literatura, esa turbia felicidad de mis dichosas sinapsis.