domingo, 3 de enero de 2010

Amuleto, Roberto Bolaño


Esta novela breve descansa sobre esos personajes perdidos en medio de nada mexicana (esos personajes de Los detectives salvajes), impregnados de Literatura, pero rotos de tal forma por la vida que la mínima posibilidad de una gloria futura parece una torpe ironía del destino. Son personajes que, de algún modo, sobreviven a su propia miseria: en ellos se materializa la antigua doctrina griega del páthei/máthos, y es el propio dolor el que termina siendo una fuente de sabiduría, o, al menos, el que aúpa y legitima unos caracteres que la Historia suele tragarse sin conmiseración.

Amuleto gira en torno a los sucesos ocurridos en México en la segunda mitad del 68, cuando el ejército ocupó la UNAM. Auxilio Lacouture, una uruguaya que terminó viviendo en México, nos cuenta la novela (que es un monólogo). Sus peripecias giran en torno a la poesía y la indigencia. Cuenta que fue la única que resistió la ocupación del ejército en el interior de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y acabó convirtiéndose en una especie de baluarte que impidió la completa aniquilación de la autonomía universitaria. Lo recuerda una y otra vez: porque el final, alegórico, refiere los asesinatos de Tlatelolco, que fue la salida natural de toda aquella locura militar. “Allí yo no fui, yo no pude ir…”, dice Auxilio cerca del principio, pero esa frase justifica, en una personalidad bastante simple, las tiernas visiones polares del final.

La prosa de Bolaño es irregular, pero rápidamente irregular, y eso camufla bastante lo que tendería, de otro modo, a alternar el tedio con el gozo. Porque eso sí, cuando a Bolaño le salen las cosas le salen como perlas. Algunas de las descripciones del DF pueden dejarnos sin aliento. El capítulo 12 es magistral. Pongamos este trozo:

“Así que Coffeen se quedó petrificado en su gesto que me invitaba a marcharme y yo me quedé petrificada en el sofá, mientras mi mirada se paseaba por el suelo, por los muebles, por la pared y por la figura del mismo Coffeen, en el gesto típico de quien está a punto de acordarse de algo, un nombre en la punta de la lengua, un pensamiento que se empieza a gestar en medio de descargas eléctricas y ríos de sangre y que sin embargo permanece como entre sombras o informe, atemorizado de sí mismo o atemorizado del engranaje que lo ha puesto en marcha, más bien atemorizado del efecto que ineludiblemente va a causar en el engranaje, pero que por otra parte no puede retrasar el encuentro, la salida, como si la palabra Erígone repetida hasta conformar una suerte de fórceps lo fuera sacando de su cueva en medio de berridos y risas involuntarias y otras atrocidades.”

Hay luego ese sentimiento descorazonador y desasosegante que tenía la pluma de este autor. Yo no sé si es un logro o un defecto. Lo cierto (para mí) es que no logra esa inversión pacífica y purificadora de las obras maestras. Temo (es un decir) que si algún día el olvido lo reclama sea ése el principal motivo.

Por mi parte, aunque no considere una urgencia la lectura de otro libro de Bolaño, haré por que el azar, dentro de un tiempo, me ponga en las manos otra de sus obras.

martes, 22 de diciembre de 2009

Mason y Dixon, Thomas Pynchon


Alguien (yo sé quién) me recomendó a este autor entre otros muchos. En mi vida había oído su nombre: Thomas Pynchon. Compré un par de libros (esta vez no sé a quién le habían parecido los mejores, pero le hice caso): “El arco iris de gravedad” y “Mason y Dixon”. Empecé a leer el último y me trastornó tanto que todavía ahora, andando por la calle y sin ningún motivo, digo o mi boca pronuncia “Thomas Pynchon”, y me quedo o se queda tan pancha.

“Mason y Dixon” es una obra de arte tan grande que podría votarse para maravilla del mundo. El narrador principal es el reverendo Wicks Cherrycoke, un hombre que había compartido muchas horas con Mason y Dixon y que, al llegar tarde al funeral del primero, decide pasar unos días en casa de un familiar, de una hermana. Por alguna razón no es bien recibido y Cherrycoke empieza la historia para entretener a los niños, confiando en que esta difícil tarea disminuya la aspereza con que es recibido en esa casa. Parece funcionar, y lo que en principio se cuenta a los niños también lo escuchan los mayores que son, entre idas y venidas, los que acaban de escuchar todo el relato.

Las características del relato varían en función de quién lo está escuchando. En la primera parte, cuando Cherrycoke se dirige a los niños, los elementos fantásticos son más radicales, pero no nuevos. Hay, por ejemplo, un perro que habla. Leo que algunos se extrañan, como si no hubieran leído “Las mil y una noches” (este libro le rinde culto al que arma Sherezade). Cuando el auditorio aumenta su mirada se centra en un oyente más suspicaz y las paranoias se suceden. Las auroras boreales son maquinaciones jesuíticas para comunicarse con Roma (estamos en América), aparece el mito de la Tierra hueca (por extraño que parezca, hay todavía gente que cree en esto), la quimera cabalística del golem… Luego (o antes, ya no sé) un par de mujeres de la familia intervienen y el relato se pone un poco más dulce, o un poco más erótico… No sigas, llegan a decirle al reverendo, los niños todavía están delante, al menos uno. Otros personajes también nos dejan algunas páginas, como Lee Spark, o el propio autor.

La novela tiene dos partes y un epílogo. La primera parte ocupa unas 300 páginas y transcurre en Sudáfrica. En un artículo de El Cultural del año 2000 (http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/2312/Mason_y_Dixon), Jordi Fibla (que sabe mucho más que yo, y a quien agradezco infinitamente su Historia de Genji) cuenta que la escribe el peor Pynchon. La verdad es que siento no estar de acuerdo. En esta parte se fragua la compleja estructura de la novela, aquí están los cimientos de esta catedral de palabras que nos regala Pynchon. Además: Pynchon demuestra una increíble soltura irónica con la sociedad sudafricana de la época, y la cosa es difícil: cuando las novelas viajan al continente africano suelen patinar en este sentido (me acuerdo ahora de "Los detectives salvajes" de Bolaño).

Jordi Fibla tiene razón, a mi juicio, en destacar la diferencia entre ambas partes. Yo apuntaría que los cimientos de la catedral de Chartres no lucen como sus torres, pero las sostienen. Una vez sentí, al pie de esa misma catedral, la extraordinaria belleza de lo que no se ve, de esos cimientos. Y otra cosa: la novela le costó de construir a Pynchon un par de décadas, y ese desfase temporal se percibe claramente. La complejidad estructural de la primera parte se diluye bastante en la segunda, por esto la novela gana en claridad y el lector en soltura.

La segunda parte desembarca en una colonia inglesa a punto de ser EEUU. Sencillamente: Pynchon juega en casa. Qué poco queda en pie de la heroicidad de la independencia. Qué limpieza de mitos.

Thomas Pynchon apenas reserva lugar para las descripciones. Actos, diálogos y pensamientos conforman unos personajes de acuarela, cuya rara vitalidad raya la caricatura. No hay en estas 1000 páginas lugar para el descanso, todo bulle, todo salta, todo reverbera. Tanto exceso de movimiento maquina nuestro arrobo, nuestra perplejidad, nuestra rendición. La vida, cuando lee esta ficción, cobra complejo de poco, de piedra, de canto rodado.

La obra es, además, una especie de resumen enciclopédico de la Literatura. Pocas modas literarias no están en "Mason y Dixon". Hay muchos guiños que no son casualidad (a Kafka, a Joyce, a Cervantes, a "Las mil y una noches"… por decir algunos conocidos), pero es que, además, todo en esta obra suena a algo. Me callo las pequeñas referencias, porque igual diría alguna sandez, pero podría jugarme los décimos del Sorteo de Navidad, que empezará en unas horas.

El libro no es fácil de leer. Requiere cierto esfuerzo, cierto entrenamiento. En la Teoría de sistemas hay un teorema (no recuerdo el nombre ahora) que explica que frente a un sistema de complejidad creciente, los modelos que predigan el comportamiento de dicho sistema, si quieren tener éxito han de crecer en complejidad. Los grandes escritores, a su modo, son profetas, pero su tiempo suele ser el presente. No predicen lo que va a suceder, predicen (porque lo dicen antes que nadie) lo que está ocurriendo. Y lo que está ocurriendo no es sencillo de explicar. Pynchon está escribiendo acerca del siglo XVIII y está escribiendo en el XX. Basta decir que no pretende, bajo ningún concepto, escribir una novela histórica, aunque de rebote le salga algo parecido.

Algunos pasajes chispean de tal forma que la inteligencia del lector (al menos la mía) parece rebotar, como un diminuto rayo de luz, contra el interior de un cuerpo negro. Semejantes alardes de genialidad son raros en la Literatura, pero más raro es todavía que en esos vapuleos mentales a los que se somete al lector acaben transformándose en películas de lágrima y en irrepetibles éxtasis de placer. En esta especie de brainstorming uno da con “eso”.

Ninguna reseña puede abarcar este libro: yo, con todo lo que he escrito, apenas lo he tocado. Contiene horóscopos, el tránsito de Venus, locos jesuitas, indios, asesinos de indios, confabulaciones, asombrosos relojes, astrolabios, la aplicación del feng-shui a gran escala, pararrayos, marihuana, mediciones, noches en vela, fantasmas, esas semillas del totalitarismo que fueron las sociedades coloniales, la isla de Santa Helena…

Copio a continuación algunos momentos vibrantes:

“Estos tiempos son testigos de la corrupción e inhabilitación de la antigua magia. Promotores, intermediarios, aseguradores, buhoneros a escala global, empresarios y charlatanes, estos son los últimos pobres caídos e incompetentes herederos de un conocimiento que ya no se puede usar, salvo al servicio de la codicia. La próxima rebelión les pertenece a ellos, a Franklin y a esa gente, y que el cielo nos ayude a los demás si tienen éxito.”

“En esta época estas gentes creerán lo que gusten. Es por su fe en el ingenio mecánico, cuyos procedimientos serán siempre misteriosos para ellos.”
“Y es posible que los hombres de ciencia no sean más que simples instrumentos de los otros, y que no tengan más idea de lo que se proponen hacer que la idea que un martillo tiene de una casa.”


“El modelo en el que debemos inspirarnos es el del encarcelamiento. Los muros serán el futuro. Al contrario que los muros diseñados por el Anticristo chino, éstos seguirán líneas rectas. El mundo está cada vez más inquieto. Ya no se tiene fe en la autoridad sin coacciones, ya sea fe religiosa o seglar. ¡Qué pena! Si no podemos suscitar amor, aceptaremos la aquiescencia; si no podemos obtener aquiescencia, levantaremos muros. De la misma manera que un muro, proyectado sobre la superficie de la Tierra, se convierte en una línea recta, así descubriremos que, mediante la colocación de tales líneas, podemos dar forma a cuanto necesitemos, así sea la cabaña de un agricultor como una gran ciudad matriz…., reglas de precedencia, rutas de aproximación, líneas de avistamiento, flujos de poder…”

“El guerrero no debe elegir su camino a la ligera como elige una joven un vestido.”

“En última instancia la fe de un soldado debe descansar en la impureza de sus propios deseos. ¿Qué puede desear Hansel que Heinz, que va delante de él, y que Dieter, detrás, y el par de Fritz que van a cada lado, no hayan deseado ya, multiplicado por toda la tropa que se despliega por la planicie? Todos desean a la misma rubia que vive calle abajo, la misma jarra de cerveza, la misma bolsa de oro entregada por algún gnomo, sin haber hecho nada para ganarla. ¿Quién posee una originalidad inimitable? ¿Quién no es propiedad de alguien? ¿Qué importan los deseos de alguien si no tienen ninguna utilidad para la maniobra?, pues en ésta todo obedece a una sola cadencia y cada uno no entiende más de lo que debe.”

De Thomas Pynchon apenas se sabe nada: promueve, como Salinger, la mitomanía inversa. Thomas Pynchon, como nosotros, ni sabe de dónde viene ni sabe adónde va, pero nos ha dejado un libro que dará que hablar y que leer. A otros corresponderá la tarea de desentrañar todas las claves encerradas en estas 1000 páginas, muchas de las cuales Pynchon ignora. Pero en esto consiste el arte: en darlo todo, hasta lo que no se sabe.

Pago con el desbarajuste de este blog (y de algunas otras cosas) las lecturas de un libro impresionante. Bien está, con perdón de los asiduos visitantes. Felices Copenhagues, quiero decir, Navidades.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Viaje por mar con Don Quijote, Thoman Mann


En 1934 Thomas Mann tenía 58 años. Escritor consagrado, saboreaba, distante y educado, las múltiples atenciones que le concedió la fama. En mayo de ese año Mann y su esposa navegaron desde Boulogne hasta Nueva York. Era el primero de una decena de viajes (Mann acabaría fijando su residencia en EEUU y obteniendo la nacionalidad estadounidense). Para el trayecto Mann escogió una lectura selecta: ese libro de Cervantes. Recogió los 10 días de travesía en un diario que fue entregado luego al público.

Conviven en este libro las observaciones más inocentes con los pensamientos más enrevesados, pero eso es comprensible: La cabeza de Mann siempre fue más grande que el mundo que pudieron ver sus ojos. Da gusto leer la inteligencia de este hombre, las asociaciones que se le ocurren, los saltos lógicos que obligan a la lenta relectura, las conclusiones que obtiene mientras (supongo) contemplaba el plácido Atlántico de la primavera.

Las reflexiones que le sugiere “El Quijote” son siempre hondas y elegantes, pero aquí se ha hablado mucho de Cervantes. En algunos instantes los pensamientos de Thomas Mann acerca de “El Quijote” me recordaron a las raras impresiones de Lord Byron. De todos modos, el verdadero interés del libro está en el propio Mann, en la mezcla completa de la vida de un cincuentón muy listo. Camacho, Erwin Rodhe, Cide Hamete Benengeli, E.T.A. Hofmann, Sancho, Einstein, Cervantes, Boccaccio, Felipe III, Nietzsche, Ricote, Apuleyo… Muchos tienen su parte en este breve volumen. El lector no sabe nunca lo que va a encontrarse en la página siguiente. Y esta vez de verdad, porque ni el propio Mann lo sabía (al menos en parte). La vida es así, por mucha trampa que tengan los diarios.

Porque… ¿tiene trampa este diario? La verdad es que no me imagino a Thomas Mann, metódico y perfeccionista hasta la medula, cambiando sus hábitos pasados los 50. ¿Cómo creerse que el autor de “La muerte en Venecia” leyó en 10 días “El ingenioso hidalgo…” y se puso a escribir sus pensamientos a sotavento? Como todo lo que escribió este hombre cada día de viaje debió planearse con cuidado. Seguramente le llevó meses componerlo, y por eso lo leemos hoy.

Para saciar la curiosidad y las páginas del libro, RqueR ofrece fotografías de los trasatlánticos en los que viajó Thomas Mann. Hay también fotos del autor en diferentes barcos y, ya en tierra, con personalidades de la época.

Curioso libro.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Brigitta, Adalbert Stifter


Excelente.

No hay nada que descubrir. Desde la primera página las palabras de este hombre te envuelven con una parsimonia de tortuga, con una brillantez indescriptible. La prosa de Stifter está tan cargada de simbolismo (de ese simbolismo sencillo y universal) que en algunos momentos uno no sabe si está leyendo o si está soñando. He tenido la sensación, además, de estar leyendo dos cosas a la vez: no sólo descifraba las letras del abecedario, también me las tenía con un sistema más complejo de comunicación solapado a las letras que, de tanto en tanto, hacía por decirme algo misterioso.

Todavía me pregunto desde dónde escribe Stifter. Su extraordinaria sinceridad, sus descripciones detalladas de paisajes perfectos y/o misteriosos, las verdades que revela, lo hacen de este mundo, pero el mero acto de leer sus tranquilas y aparentemente inocentes frases apunta hacia ubicaciones mucho más remotas. El talento de este hombre fue tan desmedido que no sólo es capaz de colapsar nuestra consciencia, también nos espolea el inconsciente. No hay otra forma de explicar esta especie de ritual iniciático que es la apertura del libro Brigitta.

Brigitta posee elementos formales curiosos, pero en este sentido no inventa nada. La historia me recordó a la que se cuenta en La ajorca de oro, no la leyenda de Bécquer, me refiero al libro que escribió el príncipe Llangô Adigal, una de las cumbres de la literatura tamil. Como en este libro, hay en Brigitta cierto propósito aleccionador.

Los personajes que crea Stifter han rechazado la sociedad y el entorno urbano. Todos han conocido la enaltecedora riqueza y el ardoroso lujo. La fatalidad urde una trama para que algunos se rediman. Acaban habitando páramos desolados que recuerdan al alma de la especie. Sus vidas aman el orden y la virtud, y sus días son esfuerzos repetidos tratando de obtener algún fruto de los pedregales y de las estepas húngaras. No es casual que pensara en S. Agustín.

Imposible agotar mi admiración en unas pocas frases. Tampoco mi perplejidad: El nombre de Stifter lo oí por primera vez hace un par de semanas. Leo en el prólogo que Nietzsche, Hofmannsthal (por éste lo conozco yo), Kafka, Rilke, Benjamin, Mann y Hesse lo admiraron. Yo añadiré que los elefantes no admiran a las hormigas.

Hofmannsthal dice que sus grandes obras son dos novelas de mayor extensión: El verano tardío y Witiko. La primera ya no habrá modo de relegarla (o regalarla) al olvido, la segunda todavía ningún editor ha osado publicarla en esta lengua.

Decía Bataille que “una buena crítica debería funcionar como una guillotina, de ella debería salir más bien sangre que otra cosa”. Dios nos libre, que solía decirse. La mayoría de los jueces literarios de la época infravaloraron a Stifter, lo tomaron por otro. Supongo que tendrán algo que ver estas equivocaciones en serie con la poca difusión de sus obras fuera de Alemania. Pero esto es algo que va cambiar, porque no puede ser de otra manera.

Leí la edición de Bartleby. Supongo que parte del mérito de lo que yo leí le corresponde al traductor, que también es el autor de un prólogo singularmente inteligente. Ibon Zubiaur se llama.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Libro de viajes de Benjamín de Tudela


Tranquila y relajada esta lectura de ese siglo tan clave que fue el XII. Benjamín de Tudela es casi nadie: un hombre cuya existencia sólo queda probada en este libro y poco más. Fue un judío que por razones que no se saben emprendió un largo viaje (en el espacio y en el tiempo). Partió del Reino de Navarra y llegó a las puertas del Golfo Pérsico. Los estudiosos dudan acerca del tiempo que invirtió en este proyecto. Unos dicen que 5 años, otros opinan que 14.

Benjamín de Tudela nos abre una ventana serena con vistas a tiempos difíciles. Paso a paso, recoge su itinerario, los medios con los que se desplaza, lo que ve. Hay ciudades cuyo rastro se ha perdido, otras todavía perduran. Las villas pequeñas merecen, por regla general, una escueta mención. Por ejemplo:

“Desde allí (el pueblo del que viene) hay una jornada y media de marcha hasta Zerayín, que es Esdraelón; allí hay un manantial grande y en ella hay un judío tintorero.”

El autor pasa de pueblo a pueblo, de ciudad a ciudad, sin especificar el tiempo que permanece en cada lugar. En todos los lugares en los que viven judíos Benjamín de Tudela escribe el número aproximado de la comunidad hebrea y también, cuando existen, de las sectas discrepantes de la tradición rabínica. En las grandes ciudades el libro se divierte con leyendas, descripciones de calles, monumentos y accidentes geográficos del entorno, la historia de sus reyes antiguos y presentes (si persiste el anacronismo), las costumbres de sus ciudadanos… Roma, Constantinopla, Jerusalén, Damasco, Bagdad, Elam, Amadia, El Cairo, Alejandría son esas ciudades.

En algún lugar cercano a la actual Basora debió de detenerse Benjamín de Tudela. Sus descripciones, esta vez menos detalladas, llegan hasta la lejana y antigua China o bordean la Península Arábiga. Se entiende que en estos casos el autor recoge testimonios ajenos.

La población judía en la Palestina de la época es muy baja. En muchos pueblos inexistente. En Jerusalén nos dice que hay “unos doscientos judíos habitando al pie de la Torre de David” (los mismos que vivían en Roma). La cifra es ridícula si se compara con la existente en la vecina Mesopotamia. Sólo en Bagdad nos dice que hay 40.000 judíos y no es la ciudad de mayor población judía, aunque es allí donde vive el Exilarca, la máxima autoridad del judaísmo de ese momento, a quien el Califa reconoce.

Hay algunos pasajes espectaculares por su fuerza evocadora. Escojo algunos:

“Desde allí hay una jornada hasta Babel, que es Babel la Antigua, en ruinas, las cuales tienen una extensión de treinta millas (unos 30 km). Todavía se encuentra allí el palacio derruido de Nabucodonosor, y los hombres temen entrar en él debido a las serpientes y alacranes que hay en su interior.”

“Los judíos de la ciudad (Bagdad) son sabios y muy ricos. En la ciudad de Bagdad tienen los judíos veintiocho sinagogas, entre Bagdad y Al-Korj, que está al otro lado del río Tigris, pues el río divide la ciudad. La Sinagoga Mayor del Exilarca está construida con columnas de mármol polícromo, recubiertas de plata y oro, y en las columnas hay letras de oro de versículos de los Salmos. Allí delante del estrado, hay como unos diez escalones de piedra marmórea; en el escalón superior se sienta el Exilarca con los príncipes de la casa de David.
La ciudad de Bagdad es grande: diez millas de circunferencia alrededor de la ciudad. Es tierra de palmeras, huertas y vergeles como no los hay en todo el país de Shinar. A ella vienen de todos los países con mercadería y en ella hay hombres sabios, filósofos conocedores de toda ciencia y magos conocedores de todo encantamiento.”


“Delante de Jerusalén, como a unas tres millas, hay un cementerio de israelitas, quienes en aquellos tiempos enterraban a sus muertos en cuevas; cada sepultura tiene su fecha, pero los cristianos destrozan las sepulturas y edifican sus casas con las piedras.”

“La ciudad (Alejandría) está construida hueca por debajo mediante puentes; la construyó (Alejandro Magno) con gran sabiduría. Sus calles son rectas, en su interior, en los canales que uno ve, los hay de una milla de distancia, de puerta a puerta: desde la puerta de Rasid hasta la puerta del Mar. Allí construyó una vía sobre el puerto de Alejandría, de una milla de distancia dentro del mar. Hizo allí una gran torre llamada EL FARO.”

“Desde allí hay dos jornadas hasta Gebal, que es Ba’al-Gad, al pie del monte Líbano, cercana a la horda que llaman AL-HASISIN, que no creen en la religión de los ismaelitas (musulmanes), sino en la de uno de ellos al que consideran como profeta; y hacen todo lo que les ordena, ya sea para muerte o para vida.”

Agradezco (con forzoso retraso) a Benjamín de Tudela su breve libro, de una objetividad sorprendente. En ningún caso las divagaciones morales lo interrumpen, ni siquiera en forma de vagas insinuaciones, aunque a veces lo ocupen barbaridades y cataclismos. Impertérrito, sigue su viaje. Se entretiene más en lo bueno que en lo malo, y prefiere los hechos a los estereotipos que debería tener un judío de su época. Por poner un ejemplo, el personaje que más bien parado sale en toda la obra es el Califa que vive en Bagdad. Lo bueno también pone los pelos de punta:

“Hay allí (Bagdad) como unas cincuenta boticas y todas tienen bálsamos y todo cuanto necesitan de la casa real. Todo enfermo que allí va es atendido con el dinero del rey, y le medican. Hay allí un palacio que llaman DAR AL-MARISTAN. Es el palacio donde encierran a todos los dementes que se encuentran en toda la ciudad, a causa del calor. Cada uno sujeto mediante cables de hierro, hasta que recobran la razón, en invierno. Todos los días que están allí son mantenidos por la casa real. Cuando recobran la razón se les despide, y cada uno vuelve a su casa y a ocupar su cargo.
Dan su dinero a los que viven en las alhóndigas y a los habitantes de la ciudad, regresando cada uno a su casa y a ocupar su cargo. Mensualmente, los funcionarios del rey los interrogan y examinan, soltándoles si han recobrado la razón, y regresan a sus casas y a proseguir sus caminos. Todo eso hace el rey, por caridad, a todos los que vienen a la ciudad de Bagdad, tanto enfermos como dementes.”


(Leía ayer algunas párrafos acerca de Joan Gilabert Jofré, un cura que promovió la construcción de un hospital para dementes en Valencia en el año 1410. Está cerca su 600 aniversario y los titulares de prensa así como algunas webs institucionales lo consideran el primer hospital psiquiátrico del mundo. En la página 20 de la edición (7-2008) de Tusquets de Mason y Dixon, del dios Thomas Pynchon, hay una nota que habla del “Bethlehem Royal Hospital (este hospital me suena a Dickens), el primer asilo para dementes de Inglaterra, fundado en el siglo XIII”, (1247). En la Wikipedia este psiquiátrico inglés es también el primero de la historia. Pero hay una nota aclaratoria en el libro de Benjamín de Tudela (leí la 3ª edición de Riopiedras Ediciones) que dice lo siguiente: “…Bagdad contó con un hospital para dementes desde el año 794”. Como se ve la hipérbole no es un recurso privativo de la poesía. Quizá hace ya mucho tiempo que Bagdad no pertenece al mundo.)

Este breve libro es una puerta secreta que da a tiempos remotos. Ya entonces las ruinas se acumulaban y florecían los imperios. Benjamín de Tudela lo sabía. Que vivan los hombres como él.

domingo, 25 de octubre de 2009

De tu tierra, Cesare Pavese


Hace un tiempo le decía a una amiga que ya sólo me quedaba por leer el último clásico de Calvino, o el último del que hablaba Calvino en Por qué leer los clásicos. Era Cesare Pavese. Mi amiga, buena conocedora de la Literatura, me espabiló la urgencia de leerlo. Citó algún libro que no recuerdo, pero agregó: “Cualquier cosa suya”.Yo me tomé a la tremenda la indefinición del pronombre “cualquier” y me hice con todos los títulos traducidos de este autor. Por ahí andaban, sólo que el otro día abro De tu tierra.

De tu tierra es la primera novela que escribió Pavese. Intuyo que no es su mejor obra aunque basta para satisfacer las horas de un lector exigente. La influencia de Faulkner es obvia, pero Faulkner genera escenarios y paisajes con más carácter, y dilata los puntos álgidos de sus novelas con la magistral indiferencia de un dios despótico y cansado. Pavese, no obstante, nos ofrece un universo más accesible, y es menos barroco en sus silencios.

Cuenta De tu tierra un hombre (Berto) que ha estado en la cárcel. Allí conoce a otro (Talino). El primero es de Turín, el otro de Monticello, “un pueblo tan insignificante que ningún tren pasa por allí de noche”. Berto es mecánico y Talino lo convence para que vaya a su pueblo: su padre puede darle trabajo con la trilladora. Berto llega a Monticello y se instala en la casa de campo donde vive la familia de Talino. A éste último lo acusan de haber quemado la casa de un vecino y una continua amenaza pesa sobre él. A Berto no le gusta lo que ve, en algún momento cree ser el guardaespaldas de Talino. Fuma sin parar y siente atracción por Gisella, una de las hermanas de Talino, que lo distrae del deseo de largarse de ese pueblo. Berto y Gisella comparten una tarde y un lago solitario, pero la sombra de un incesto atenaza la magia del momento. El final es la reacción de un loco.

Esta novela rebosa sensualidad (las eternas manzanas, las colinas que emulan los pechos femeninos, la procacidad de las miradas y de los diálogos…) y salvajismo (el arcaico tribalismo de la familia, la tensión de lo irracional…). Llama la atención la casa. La imagen de la casa. Me acordé de Gaston Bachelard.

El protagonista, que es un hombre de ciudad, choca con un mundo de criaturas simples pero indescifrables. Como es una narración en primera persona, el lector nunca obtiene una visión completa de la realidad. En esos espacios vacíos el lector tiene el acto reflejo de imaginar, aunque Pavese no nos deje el desahogo del puzle terminado. I. Calvino lo dijo de modo más minucioso:

“Todas las novelas de Pavese giran en torno a un tema oculto, a algo no dicho que es lo que verdaderamente quiere decir y que sólo se puede decir callándolo. Alrededor se forma un tejido de signos visibles, de palabras pronunciadas: cada uno de esos signos tiene a su vez una faz secreta (un significado polivalente o incomunicable) que cuenta más que la faz evidente, pero su verdadero significado está en la relación que los vincula con lo no dicho."

Un poco más abajo en el artículo de Calvino (Pavese y los sacrificios humanos) se lee una mención a uno de los libros más extraordinarios que he leído jamás: La rama dorada.

“Vincular la etnología y la mitología grecorromana con su autobiografía existencial había sido el programa constante de Pavese. En la base de su dedicación a los estudios de los etnólogos estaban las sugestiones de una lectura infantil: La rama dorada de Frazer, una obra que ya había sido fundamental para Freud, para Lawrence, para Eliot. La rama dorada es una especie de vuelta al mundo en busca de los orígenes de los sacrificios humanos y de las fiestas del fuego.”

La rama dorada es mucho más que eso (por cierto Tusquets se olvidó de incluir al genial Frazer (y a alguno más) en el Índice onomástico de autores).

En el universo de Pavese sólo he dado el primer paso. Pero la senda que sugieren sus libros, la andaré con el tiempo.

lunes, 19 de octubre de 2009

El esclavo, Isaac Bashevis Singer


En el siglo XVII el número de judíos en Polonia era mayor que en cualquier otra parte del mundo. Este pueblo había conseguido cierta estabilidad en estas tierras cuando de muchas otras ya había sido expulsado. Polonia era un país comandado por señores feudales con un poder suficiente para que el rey no tomase demasiado afecto a su trono. Esta descentralización fabricó un país vulnerable en una época de imperios rapaces. Los diferentes territorios competían entre ellos por la riqueza, y un buen modo de ganar ventaja era garantizar y facilitar la vida de la comunidad judía (esta última frase podría valer para cualquier país europeo en algún momento de su historia). La sed por el poder de la aristocracia polaca despreciaba así los hostiles concilios católicos y las soflamas incandescentes de algunas órdenes monásticas que pretendían la conversión de los judíos y, mientras ésta llegaba, su segregación.

En el año 1648 hubo un levantamiento de los cosacos que habitaban en el sureste de aquella Polonia. Millones (3) de judíos y polacos fueron exterminados. En esa revuelta macabra los cuellos se abrían como toneles de vino, las mujeres eran violadas, asesinadas o forzadas a un concubinato sin aparente término. Los niños fueron (de esto hay constancia) enterrados vivos. Luego el Imperio Sueco invadió el país.

La vida de Jacob (el protagonista de esta novela) se cruza con el año 1648. Pierde a su mujer y a sus dos hijos. Lejos de Josefov (su ciudad) termina siendo esclavo de un ganadero polaco. Jacob es un judío instruido que es capaz de sobreponerse a estas desgracias (que cuando empieza la novela ya han ocurrido) y a muchas otras (que son la historia de El esclavo).

Isaac Bashevis Singer se sirve de la situación límite de su personaje para ofrecernos verdades profundamente humanas y pensamientos eternos. Da gusto leer la evolución personal de Jacob y la del mundo que pueden ver sus ojos, siempre a punto de desmoronarse. Jacob nos expone esa religión ancestral que conocen los que la conocen. Tiene fuerza, honradez y el beneplácito del lector juicioso. Desde el principio y hasta el final es un esclavo. Esclavo del azar, de Jan Bzik (el granjero del que hablé antes), de sus deseos, de las leyes, de sus temores, pero sobre todo es esclavo de su futuro, y todos sus padecimientos se transforman en un canto a la vida. (Hay elementos del hasidismo importantes en este personaje, aunque esta corriente del judaísmo aparecería más tarde.)

Bashevis Singer fue hijo de un rabino y El esclavo contiene guiños de libros espléndidos que sólo unos pocos elegidos leerán a lo largo de sus vidas: El árbol de la vida, Guía de perplejos (la edición de Trotta es fabulosa), Zohar… El autor no se anda con contemplaciones y deja a cada cual en su lugar, sea cristiano, judío, rico o pobre.

Hay sentencias que no quedarán mal a continuación:

"¿Qué le importan los edictos a la naturaleza humana?"

"La vida que se vive en constante temor pierde su encanto."


"¿Qué sería del poder de los malvados si los justos no se mostraran tan pusilánimes?"

Los grandes escritores son aquellos continúan el párrafo allí donde los otros paran. Por eso esta novela, sin apenas artificios, es recomendable. Su lectura es rápida y el libro se nos pega a las manos como un testigo de relevista. Este Premio Nobel (1978) sabía lo que se hacía.

Isaac Bashevis Singer fue un vegano tenaz desde que se dio cuenta (en esta vida todo es darse cuenta). Este libro es el primero que incluye alegatos a favor de esa dieta que también es la mía.

"Los judíos trataban a los animales como los cosacos a los judíos. Las palabras cabeza, cuello, hígado y mollejas le producían escalofríos. Al sentir la carne en la boca lo asaltaba la sensación de estar devorando a sus propios hijos. Varias veces, después de la fiesta del Sabbat, había tenido que salir a vomitar."

Y ya acabando el libro:

"Le llevaba kashe y caldo de buey; pero él le dijo que nunca comía carne, ni pescado, ni nada que procediera de criatura viviente, incluidos el queso y los huevos.
- Entonces, ¿de qué vives? ¿De carbones encendidos?
- De pan y aceitunas.
- Aquí no hay aceitunas.
- También tomo rábanos, cebolla o ajo con el pan.
- ¿Y cómo haces para conservar las fuerzas?
- Dios da las fuerzas.


Me quedan tantas cosas por decir que voy a dejarlo aquí. Eso es lo que les pasa a los buenos libros, que se hacen interminables después de haberlos leído.