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miércoles, 28 de octubre de 2009

Libro de viajes de Benjamín de Tudela


Tranquila y relajada esta lectura de ese siglo tan clave que fue el XII. Benjamín de Tudela es casi nadie: un hombre cuya existencia sólo queda probada en este libro y poco más. Fue un judío que por razones que no se saben emprendió un largo viaje (en el espacio y en el tiempo). Partió del Reino de Navarra y llegó a las puertas del Golfo Pérsico. Los estudiosos dudan acerca del tiempo que invirtió en este proyecto. Unos dicen que 5 años, otros opinan que 14.

Benjamín de Tudela nos abre una ventana serena con vistas a tiempos difíciles. Paso a paso, recoge su itinerario, los medios con los que se desplaza, lo que ve. Hay ciudades cuyo rastro se ha perdido, otras todavía perduran. Las villas pequeñas merecen, por regla general, una escueta mención. Por ejemplo:

“Desde allí (el pueblo del que viene) hay una jornada y media de marcha hasta Zerayín, que es Esdraelón; allí hay un manantial grande y en ella hay un judío tintorero.”

El autor pasa de pueblo a pueblo, de ciudad a ciudad, sin especificar el tiempo que permanece en cada lugar. En todos los lugares en los que viven judíos Benjamín de Tudela escribe el número aproximado de la comunidad hebrea y también, cuando existen, de las sectas discrepantes de la tradición rabínica. En las grandes ciudades el libro se divierte con leyendas, descripciones de calles, monumentos y accidentes geográficos del entorno, la historia de sus reyes antiguos y presentes (si persiste el anacronismo), las costumbres de sus ciudadanos… Roma, Constantinopla, Jerusalén, Damasco, Bagdad, Elam, Amadia, El Cairo, Alejandría son esas ciudades.

En algún lugar cercano a la actual Basora debió de detenerse Benjamín de Tudela. Sus descripciones, esta vez menos detalladas, llegan hasta la lejana y antigua China o bordean la Península Arábiga. Se entiende que en estos casos el autor recoge testimonios ajenos.

La población judía en la Palestina de la época es muy baja. En muchos pueblos inexistente. En Jerusalén nos dice que hay “unos doscientos judíos habitando al pie de la Torre de David” (los mismos que vivían en Roma). La cifra es ridícula si se compara con la existente en la vecina Mesopotamia. Sólo en Bagdad nos dice que hay 40.000 judíos y no es la ciudad de mayor población judía, aunque es allí donde vive el Exilarca, la máxima autoridad del judaísmo de ese momento, a quien el Califa reconoce.

Hay algunos pasajes espectaculares por su fuerza evocadora. Escojo algunos:

“Desde allí hay una jornada hasta Babel, que es Babel la Antigua, en ruinas, las cuales tienen una extensión de treinta millas (unos 30 km). Todavía se encuentra allí el palacio derruido de Nabucodonosor, y los hombres temen entrar en él debido a las serpientes y alacranes que hay en su interior.”

“Los judíos de la ciudad (Bagdad) son sabios y muy ricos. En la ciudad de Bagdad tienen los judíos veintiocho sinagogas, entre Bagdad y Al-Korj, que está al otro lado del río Tigris, pues el río divide la ciudad. La Sinagoga Mayor del Exilarca está construida con columnas de mármol polícromo, recubiertas de plata y oro, y en las columnas hay letras de oro de versículos de los Salmos. Allí delante del estrado, hay como unos diez escalones de piedra marmórea; en el escalón superior se sienta el Exilarca con los príncipes de la casa de David.
La ciudad de Bagdad es grande: diez millas de circunferencia alrededor de la ciudad. Es tierra de palmeras, huertas y vergeles como no los hay en todo el país de Shinar. A ella vienen de todos los países con mercadería y en ella hay hombres sabios, filósofos conocedores de toda ciencia y magos conocedores de todo encantamiento.”


“Delante de Jerusalén, como a unas tres millas, hay un cementerio de israelitas, quienes en aquellos tiempos enterraban a sus muertos en cuevas; cada sepultura tiene su fecha, pero los cristianos destrozan las sepulturas y edifican sus casas con las piedras.”

“La ciudad (Alejandría) está construida hueca por debajo mediante puentes; la construyó (Alejandro Magno) con gran sabiduría. Sus calles son rectas, en su interior, en los canales que uno ve, los hay de una milla de distancia, de puerta a puerta: desde la puerta de Rasid hasta la puerta del Mar. Allí construyó una vía sobre el puerto de Alejandría, de una milla de distancia dentro del mar. Hizo allí una gran torre llamada EL FARO.”

“Desde allí hay dos jornadas hasta Gebal, que es Ba’al-Gad, al pie del monte Líbano, cercana a la horda que llaman AL-HASISIN, que no creen en la religión de los ismaelitas (musulmanes), sino en la de uno de ellos al que consideran como profeta; y hacen todo lo que les ordena, ya sea para muerte o para vida.”

Agradezco (con forzoso retraso) a Benjamín de Tudela su breve libro, de una objetividad sorprendente. En ningún caso las divagaciones morales lo interrumpen, ni siquiera en forma de vagas insinuaciones, aunque a veces lo ocupen barbaridades y cataclismos. Impertérrito, sigue su viaje. Se entretiene más en lo bueno que en lo malo, y prefiere los hechos a los estereotipos que debería tener un judío de su época. Por poner un ejemplo, el personaje que más bien parado sale en toda la obra es el Califa que vive en Bagdad. Lo bueno también pone los pelos de punta:

“Hay allí (Bagdad) como unas cincuenta boticas y todas tienen bálsamos y todo cuanto necesitan de la casa real. Todo enfermo que allí va es atendido con el dinero del rey, y le medican. Hay allí un palacio que llaman DAR AL-MARISTAN. Es el palacio donde encierran a todos los dementes que se encuentran en toda la ciudad, a causa del calor. Cada uno sujeto mediante cables de hierro, hasta que recobran la razón, en invierno. Todos los días que están allí son mantenidos por la casa real. Cuando recobran la razón se les despide, y cada uno vuelve a su casa y a ocupar su cargo.
Dan su dinero a los que viven en las alhóndigas y a los habitantes de la ciudad, regresando cada uno a su casa y a ocupar su cargo. Mensualmente, los funcionarios del rey los interrogan y examinan, soltándoles si han recobrado la razón, y regresan a sus casas y a proseguir sus caminos. Todo eso hace el rey, por caridad, a todos los que vienen a la ciudad de Bagdad, tanto enfermos como dementes.”


(Leía ayer algunas párrafos acerca de Joan Gilabert Jofré, un cura que promovió la construcción de un hospital para dementes en Valencia en el año 1410. Está cerca su 600 aniversario y los titulares de prensa así como algunas webs institucionales lo consideran el primer hospital psiquiátrico del mundo. En la página 20 de la edición (7-2008) de Tusquets de Mason y Dixon, del dios Thomas Pynchon, hay una nota que habla del “Bethlehem Royal Hospital (este hospital me suena a Dickens), el primer asilo para dementes de Inglaterra, fundado en el siglo XIII”, (1247). En la Wikipedia este psiquiátrico inglés es también el primero de la historia. Pero hay una nota aclaratoria en el libro de Benjamín de Tudela (leí la 3ª edición de Riopiedras Ediciones) que dice lo siguiente: “…Bagdad contó con un hospital para dementes desde el año 794”. Como se ve la hipérbole no es un recurso privativo de la poesía. Quizá hace ya mucho tiempo que Bagdad no pertenece al mundo.)

Este breve libro es una puerta secreta que da a tiempos remotos. Ya entonces las ruinas se acumulaban y florecían los imperios. Benjamín de Tudela lo sabía. Que vivan los hombres como él.

sábado, 27 de junio de 2009

Contra Apión, Flavio Josefo


“Quien no conoce la historia está condenado a repetirla.” La sentencia, que ya es de todos, apareció en la cabeza de G. Santayana. La considero falsa en muchos sentidos. Por un lado supone que el mundo es (en exceso) manipulable; por otro, juzga la iteración de forma negativa. En los dos casos yo pensaría del revés. Supongamos la locura (a despecho de Heráclito) de que una misma situación se repite, con total exactitud, dos veces en la historia. El segundo que la vive es un sabio de memoria formidable. Frente a dicha situación puede que el sabio tenga una determinada intención, pero recuerda que eso mismo salió mal (o bien) en aquel tiempo, en aquel lugar. Siendo sabio sólo modificará su intención por evitarse el sonrojo del ridículo de imitar a tal o cual personaje, porque sabe que al antes va a cambiarlo el después. Evitará pues los rubores de la copia, pero también la sorpresa de contemplar el éxito de lo que en otro tiempo fue un fracaso.

Digamos que la historia tiene el formato de la página. Esta frase es también una versión de lo que ya dijera Tolstoi: “Todo sucederá como si estuviera escrito”. El lenguaje puede contar lo que ocurrió, pero no puede contar la verdad, y más cuando se elimina la repentina iluminación de las metáforas. El ya inmortal Gabriel García Márquez, en su Vivir para contarla, escribió esta cita: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Muchos encontraron pegas a este pensamiento. De repente había un centro dinamitado, una convención que se ponía en duda. La posibilidad de alterar lo ocurrido en beneficio de la estética no gustó a muchos académicos.

Flavio Josefo fue un historiador judío del s. I. Le preocupaba contar la verdad, le preocupaba que otros no la contaran o la modificaran. Durante la revuelta judía que acabó con la destrucción del Segundo Templo estuvo al mando de las tropas judías en Galilea. Cayó preso frente a las tropas de Vespasiano, pero su cultivada educación y la predicción (dicha cara a cara) de que éste sería emperador, acabaron otorgándole, con el tiempo, la ciudadanía romana y una inmensa finca en Judea. Convertido en ciudadano romano dedicó su tiempo a la escritura de libros de historia judía. Los judíos lo consideraron (puede que el empleo del presente sea también correcto) un traidor.

Contra Apión es un libro atípico en toda la obra de Josefo. Es una defensa de la raza y las costumbres judías frente a las continuas críticas y acusaciones vertidas en otros libros. Apión lidera un considerable grupo de escritores (Manetón, Queremón, Lisímaco…) que atacaron, desacreditándolo, despreciándolo, al pueblo de Josefo.

Muchos cuestionan su antigüedad y la refutación de Josefo es extensa y elegante. Manetón, en su Historia de Egipto, relata la conquista de Egipto por los judíos y su posterior expulsión. Josefo cuestiona las causas de dicha expulsión y la cronología. Limpia la figura de Moisés (hombre indescifrable), que salía maltrecha en el relato del egipcio. Hasta aquí las consideraciones son históricas.

En el libro segundo (la obra tiene dos) se refutan acusaciones variopintas. Se dice que los judíos son culpables de la sedición de Alejandría, que adoran cabezas de asnos, que juran odio eterno a los extranjeros, que practican el asesinato ritual (lo misma acusación que tuvo que rebatir Apolonio de Tiana). Algunas de estas acusaciones parecen ser de épocas recientes. Apolonio Molón dice que son “los bárbaros más ineptos, y, en consecuencia, los únicos que no han aportado nada útil a la humanidad”. Josefo encuentra siempre la manera de desmentir estas cosas. A veces de modo visceral y gracioso: “…nosotros no concedemos honor ni prerrogativa alguna a los asnos, como hacen con los cocodrilos y las víboras los egipcios, que consideran dichosos y merecedores de la divinidad a los que son mordidos por las víboras o devorados por los cocodrilos”.

En la parte final se exponen la vida y la fe de los judíos. También las virtudes de las leyes que nos dejó Moisés. El tono es claramente apologético.

A Contra Apión, como a todos los libros con propósito refutatorio, le falta brillantez. De todos modos el escritor de Las guerras de los judíos y Antigüedades siempre sale bien parado. Sus claras exposiciones y sus impecables razonamientos son un regalo que no todos pueden dar. Pero este libro da para poco más:

Flavio Josefo dice de los griegos: “Los que se dedicaron a escribir no se esforzaron en buscar la verdad, aunque esa es su promesa constante, sino que intentaban demostrar su habilidad literaria”. Pero yo me pregunto: ¿dónde hay más verdad?: ¿en la Odisea o en la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano? Desde luego en la Odisea (y no lo siento por Gibbon, cuya obra es impresionante). La ficción, cuando consigue esa cumbre del mito, es la ciencia de la Historia, la de todos, el descubrimiento y la aplicación del método inductivo que tanto defendió Bacon al acontecer diario, la suma teológica de los tiempos. Se ve que hablo en otro plano y que todos entendemos a Josefo, pero reincido:

Del mito sólo se libra quien lo ha vivido, quien no lo ha conocido como mito. Ese hombre supuesto es el que sabe lo que realmente pasó en Hameln (Hamelin). Más que como empecé yo acabaría: “Quien no ha vivido la historia está condenado (o invitado) a repetirla”.