martes, 22 de diciembre de 2009

Mason y Dixon, Thomas Pynchon


Alguien (yo sé quién) me recomendó a este autor entre otros muchos. En mi vida había oído su nombre: Thomas Pynchon. Compré un par de libros (esta vez no sé a quién le habían parecido los mejores, pero le hice caso): “El arco iris de gravedad” y “Mason y Dixon”. Empecé a leer el último y me trastornó tanto que todavía ahora, andando por la calle y sin ningún motivo, digo o mi boca pronuncia “Thomas Pynchon”, y me quedo o se queda tan pancha.

“Mason y Dixon” es una obra de arte tan grande que podría votarse para maravilla del mundo. El narrador principal es el reverendo Wicks Cherrycoke, un hombre que había compartido muchas horas con Mason y Dixon y que, al llegar tarde al funeral del primero, decide pasar unos días en casa de un familiar, de una hermana. Por alguna razón no es bien recibido y Cherrycoke empieza la historia para entretener a los niños, confiando en que esta difícil tarea disminuya la aspereza con que es recibido en esa casa. Parece funcionar, y lo que en principio se cuenta a los niños también lo escuchan los mayores que son, entre idas y venidas, los que acaban de escuchar todo el relato.

Las características del relato varían en función de quién lo está escuchando. En la primera parte, cuando Cherrycoke se dirige a los niños, los elementos fantásticos son más radicales, pero no nuevos. Hay, por ejemplo, un perro que habla. Leo que algunos se extrañan, como si no hubieran leído “Las mil y una noches” (este libro le rinde culto al que arma Sherezade). Cuando el auditorio aumenta su mirada se centra en un oyente más suspicaz y las paranoias se suceden. Las auroras boreales son maquinaciones jesuíticas para comunicarse con Roma (estamos en América), aparece el mito de la Tierra hueca (por extraño que parezca, hay todavía gente que cree en esto), la quimera cabalística del golem… Luego (o antes, ya no sé) un par de mujeres de la familia intervienen y el relato se pone un poco más dulce, o un poco más erótico… No sigas, llegan a decirle al reverendo, los niños todavía están delante, al menos uno. Otros personajes también nos dejan algunas páginas, como Lee Spark, o el propio autor.

La novela tiene dos partes y un epílogo. La primera parte ocupa unas 300 páginas y transcurre en Sudáfrica. En un artículo de El Cultural del año 2000 (http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/2312/Mason_y_Dixon), Jordi Fibla (que sabe mucho más que yo, y a quien agradezco infinitamente su Historia de Genji) cuenta que la escribe el peor Pynchon. La verdad es que siento no estar de acuerdo. En esta parte se fragua la compleja estructura de la novela, aquí están los cimientos de esta catedral de palabras que nos regala Pynchon. Además: Pynchon demuestra una increíble soltura irónica con la sociedad sudafricana de la época, y la cosa es difícil: cuando las novelas viajan al continente africano suelen patinar en este sentido (me acuerdo ahora de "Los detectives salvajes" de Bolaño).

Jordi Fibla tiene razón, a mi juicio, en destacar la diferencia entre ambas partes. Yo apuntaría que los cimientos de la catedral de Chartres no lucen como sus torres, pero las sostienen. Una vez sentí, al pie de esa misma catedral, la extraordinaria belleza de lo que no se ve, de esos cimientos. Y otra cosa: la novela le costó de construir a Pynchon un par de décadas, y ese desfase temporal se percibe claramente. La complejidad estructural de la primera parte se diluye bastante en la segunda, por esto la novela gana en claridad y el lector en soltura.

La segunda parte desembarca en una colonia inglesa a punto de ser EEUU. Sencillamente: Pynchon juega en casa. Qué poco queda en pie de la heroicidad de la independencia. Qué limpieza de mitos.

Thomas Pynchon apenas reserva lugar para las descripciones. Actos, diálogos y pensamientos conforman unos personajes de acuarela, cuya rara vitalidad raya la caricatura. No hay en estas 1000 páginas lugar para el descanso, todo bulle, todo salta, todo reverbera. Tanto exceso de movimiento maquina nuestro arrobo, nuestra perplejidad, nuestra rendición. La vida, cuando lee esta ficción, cobra complejo de poco, de piedra, de canto rodado.

La obra es, además, una especie de resumen enciclopédico de la Literatura. Pocas modas literarias no están en "Mason y Dixon". Hay muchos guiños que no son casualidad (a Kafka, a Joyce, a Cervantes, a "Las mil y una noches"… por decir algunos conocidos), pero es que, además, todo en esta obra suena a algo. Me callo las pequeñas referencias, porque igual diría alguna sandez, pero podría jugarme los décimos del Sorteo de Navidad, que empezará en unas horas.

El libro no es fácil de leer. Requiere cierto esfuerzo, cierto entrenamiento. En la Teoría de sistemas hay un teorema (no recuerdo el nombre ahora) que explica que frente a un sistema de complejidad creciente, los modelos que predigan el comportamiento de dicho sistema, si quieren tener éxito han de crecer en complejidad. Los grandes escritores, a su modo, son profetas, pero su tiempo suele ser el presente. No predicen lo que va a suceder, predicen (porque lo dicen antes que nadie) lo que está ocurriendo. Y lo que está ocurriendo no es sencillo de explicar. Pynchon está escribiendo acerca del siglo XVIII y está escribiendo en el XX. Basta decir que no pretende, bajo ningún concepto, escribir una novela histórica, aunque de rebote le salga algo parecido.

Algunos pasajes chispean de tal forma que la inteligencia del lector (al menos la mía) parece rebotar, como un diminuto rayo de luz, contra el interior de un cuerpo negro. Semejantes alardes de genialidad son raros en la Literatura, pero más raro es todavía que en esos vapuleos mentales a los que se somete al lector acaben transformándose en películas de lágrima y en irrepetibles éxtasis de placer. En esta especie de brainstorming uno da con “eso”.

Ninguna reseña puede abarcar este libro: yo, con todo lo que he escrito, apenas lo he tocado. Contiene horóscopos, el tránsito de Venus, locos jesuitas, indios, asesinos de indios, confabulaciones, asombrosos relojes, astrolabios, la aplicación del feng-shui a gran escala, pararrayos, marihuana, mediciones, noches en vela, fantasmas, esas semillas del totalitarismo que fueron las sociedades coloniales, la isla de Santa Helena…

Copio a continuación algunos momentos vibrantes:

“Estos tiempos son testigos de la corrupción e inhabilitación de la antigua magia. Promotores, intermediarios, aseguradores, buhoneros a escala global, empresarios y charlatanes, estos son los últimos pobres caídos e incompetentes herederos de un conocimiento que ya no se puede usar, salvo al servicio de la codicia. La próxima rebelión les pertenece a ellos, a Franklin y a esa gente, y que el cielo nos ayude a los demás si tienen éxito.”

“En esta época estas gentes creerán lo que gusten. Es por su fe en el ingenio mecánico, cuyos procedimientos serán siempre misteriosos para ellos.”
“Y es posible que los hombres de ciencia no sean más que simples instrumentos de los otros, y que no tengan más idea de lo que se proponen hacer que la idea que un martillo tiene de una casa.”


“El modelo en el que debemos inspirarnos es el del encarcelamiento. Los muros serán el futuro. Al contrario que los muros diseñados por el Anticristo chino, éstos seguirán líneas rectas. El mundo está cada vez más inquieto. Ya no se tiene fe en la autoridad sin coacciones, ya sea fe religiosa o seglar. ¡Qué pena! Si no podemos suscitar amor, aceptaremos la aquiescencia; si no podemos obtener aquiescencia, levantaremos muros. De la misma manera que un muro, proyectado sobre la superficie de la Tierra, se convierte en una línea recta, así descubriremos que, mediante la colocación de tales líneas, podemos dar forma a cuanto necesitemos, así sea la cabaña de un agricultor como una gran ciudad matriz…., reglas de precedencia, rutas de aproximación, líneas de avistamiento, flujos de poder…”

“El guerrero no debe elegir su camino a la ligera como elige una joven un vestido.”

“En última instancia la fe de un soldado debe descansar en la impureza de sus propios deseos. ¿Qué puede desear Hansel que Heinz, que va delante de él, y que Dieter, detrás, y el par de Fritz que van a cada lado, no hayan deseado ya, multiplicado por toda la tropa que se despliega por la planicie? Todos desean a la misma rubia que vive calle abajo, la misma jarra de cerveza, la misma bolsa de oro entregada por algún gnomo, sin haber hecho nada para ganarla. ¿Quién posee una originalidad inimitable? ¿Quién no es propiedad de alguien? ¿Qué importan los deseos de alguien si no tienen ninguna utilidad para la maniobra?, pues en ésta todo obedece a una sola cadencia y cada uno no entiende más de lo que debe.”

De Thomas Pynchon apenas se sabe nada: promueve, como Salinger, la mitomanía inversa. Thomas Pynchon, como nosotros, ni sabe de dónde viene ni sabe adónde va, pero nos ha dejado un libro que dará que hablar y que leer. A otros corresponderá la tarea de desentrañar todas las claves encerradas en estas 1000 páginas, muchas de las cuales Pynchon ignora. Pero en esto consiste el arte: en darlo todo, hasta lo que no se sabe.

Pago con el desbarajuste de este blog (y de algunas otras cosas) las lecturas de un libro impresionante. Bien está, con perdón de los asiduos visitantes. Felices Copenhagues, quiero decir, Navidades.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Viaje por mar con Don Quijote, Thoman Mann


En 1934 Thomas Mann tenía 58 años. Escritor consagrado, saboreaba, distante y educado, las múltiples atenciones que le concedió la fama. En mayo de ese año Mann y su esposa navegaron desde Boulogne hasta Nueva York. Era el primero de una decena de viajes (Mann acabaría fijando su residencia en EEUU y obteniendo la nacionalidad estadounidense). Para el trayecto Mann escogió una lectura selecta: ese libro de Cervantes. Recogió los 10 días de travesía en un diario que fue entregado luego al público.

Conviven en este libro las observaciones más inocentes con los pensamientos más enrevesados, pero eso es comprensible: La cabeza de Mann siempre fue más grande que el mundo que pudieron ver sus ojos. Da gusto leer la inteligencia de este hombre, las asociaciones que se le ocurren, los saltos lógicos que obligan a la lenta relectura, las conclusiones que obtiene mientras (supongo) contemplaba el plácido Atlántico de la primavera.

Las reflexiones que le sugiere “El Quijote” son siempre hondas y elegantes, pero aquí se ha hablado mucho de Cervantes. En algunos instantes los pensamientos de Thomas Mann acerca de “El Quijote” me recordaron a las raras impresiones de Lord Byron. De todos modos, el verdadero interés del libro está en el propio Mann, en la mezcla completa de la vida de un cincuentón muy listo. Camacho, Erwin Rodhe, Cide Hamete Benengeli, E.T.A. Hofmann, Sancho, Einstein, Cervantes, Boccaccio, Felipe III, Nietzsche, Ricote, Apuleyo… Muchos tienen su parte en este breve volumen. El lector no sabe nunca lo que va a encontrarse en la página siguiente. Y esta vez de verdad, porque ni el propio Mann lo sabía (al menos en parte). La vida es así, por mucha trampa que tengan los diarios.

Porque… ¿tiene trampa este diario? La verdad es que no me imagino a Thomas Mann, metódico y perfeccionista hasta la medula, cambiando sus hábitos pasados los 50. ¿Cómo creerse que el autor de “La muerte en Venecia” leyó en 10 días “El ingenioso hidalgo…” y se puso a escribir sus pensamientos a sotavento? Como todo lo que escribió este hombre cada día de viaje debió planearse con cuidado. Seguramente le llevó meses componerlo, y por eso lo leemos hoy.

Para saciar la curiosidad y las páginas del libro, RqueR ofrece fotografías de los trasatlánticos en los que viajó Thomas Mann. Hay también fotos del autor en diferentes barcos y, ya en tierra, con personalidades de la época.

Curioso libro.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Brigitta, Adalbert Stifter


Excelente.

No hay nada que descubrir. Desde la primera página las palabras de este hombre te envuelven con una parsimonia de tortuga, con una brillantez indescriptible. La prosa de Stifter está tan cargada de simbolismo (de ese simbolismo sencillo y universal) que en algunos momentos uno no sabe si está leyendo o si está soñando. He tenido la sensación, además, de estar leyendo dos cosas a la vez: no sólo descifraba las letras del abecedario, también me las tenía con un sistema más complejo de comunicación solapado a las letras que, de tanto en tanto, hacía por decirme algo misterioso.

Todavía me pregunto desde dónde escribe Stifter. Su extraordinaria sinceridad, sus descripciones detalladas de paisajes perfectos y/o misteriosos, las verdades que revela, lo hacen de este mundo, pero el mero acto de leer sus tranquilas y aparentemente inocentes frases apunta hacia ubicaciones mucho más remotas. El talento de este hombre fue tan desmedido que no sólo es capaz de colapsar nuestra consciencia, también nos espolea el inconsciente. No hay otra forma de explicar esta especie de ritual iniciático que es la apertura del libro Brigitta.

Brigitta posee elementos formales curiosos, pero en este sentido no inventa nada. La historia me recordó a la que se cuenta en La ajorca de oro, no la leyenda de Bécquer, me refiero al libro que escribió el príncipe Llangô Adigal, una de las cumbres de la literatura tamil. Como en este libro, hay en Brigitta cierto propósito aleccionador.

Los personajes que crea Stifter han rechazado la sociedad y el entorno urbano. Todos han conocido la enaltecedora riqueza y el ardoroso lujo. La fatalidad urde una trama para que algunos se rediman. Acaban habitando páramos desolados que recuerdan al alma de la especie. Sus vidas aman el orden y la virtud, y sus días son esfuerzos repetidos tratando de obtener algún fruto de los pedregales y de las estepas húngaras. No es casual que pensara en S. Agustín.

Imposible agotar mi admiración en unas pocas frases. Tampoco mi perplejidad: El nombre de Stifter lo oí por primera vez hace un par de semanas. Leo en el prólogo que Nietzsche, Hofmannsthal (por éste lo conozco yo), Kafka, Rilke, Benjamin, Mann y Hesse lo admiraron. Yo añadiré que los elefantes no admiran a las hormigas.

Hofmannsthal dice que sus grandes obras son dos novelas de mayor extensión: El verano tardío y Witiko. La primera ya no habrá modo de relegarla (o regalarla) al olvido, la segunda todavía ningún editor ha osado publicarla en esta lengua.

Decía Bataille que “una buena crítica debería funcionar como una guillotina, de ella debería salir más bien sangre que otra cosa”. Dios nos libre, que solía decirse. La mayoría de los jueces literarios de la época infravaloraron a Stifter, lo tomaron por otro. Supongo que tendrán algo que ver estas equivocaciones en serie con la poca difusión de sus obras fuera de Alemania. Pero esto es algo que va cambiar, porque no puede ser de otra manera.

Leí la edición de Bartleby. Supongo que parte del mérito de lo que yo leí le corresponde al traductor, que también es el autor de un prólogo singularmente inteligente. Ibon Zubiaur se llama.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Libro de viajes de Benjamín de Tudela


Tranquila y relajada esta lectura de ese siglo tan clave que fue el XII. Benjamín de Tudela es casi nadie: un hombre cuya existencia sólo queda probada en este libro y poco más. Fue un judío que por razones que no se saben emprendió un largo viaje (en el espacio y en el tiempo). Partió del Reino de Navarra y llegó a las puertas del Golfo Pérsico. Los estudiosos dudan acerca del tiempo que invirtió en este proyecto. Unos dicen que 5 años, otros opinan que 14.

Benjamín de Tudela nos abre una ventana serena con vistas a tiempos difíciles. Paso a paso, recoge su itinerario, los medios con los que se desplaza, lo que ve. Hay ciudades cuyo rastro se ha perdido, otras todavía perduran. Las villas pequeñas merecen, por regla general, una escueta mención. Por ejemplo:

“Desde allí (el pueblo del que viene) hay una jornada y media de marcha hasta Zerayín, que es Esdraelón; allí hay un manantial grande y en ella hay un judío tintorero.”

El autor pasa de pueblo a pueblo, de ciudad a ciudad, sin especificar el tiempo que permanece en cada lugar. En todos los lugares en los que viven judíos Benjamín de Tudela escribe el número aproximado de la comunidad hebrea y también, cuando existen, de las sectas discrepantes de la tradición rabínica. En las grandes ciudades el libro se divierte con leyendas, descripciones de calles, monumentos y accidentes geográficos del entorno, la historia de sus reyes antiguos y presentes (si persiste el anacronismo), las costumbres de sus ciudadanos… Roma, Constantinopla, Jerusalén, Damasco, Bagdad, Elam, Amadia, El Cairo, Alejandría son esas ciudades.

En algún lugar cercano a la actual Basora debió de detenerse Benjamín de Tudela. Sus descripciones, esta vez menos detalladas, llegan hasta la lejana y antigua China o bordean la Península Arábiga. Se entiende que en estos casos el autor recoge testimonios ajenos.

La población judía en la Palestina de la época es muy baja. En muchos pueblos inexistente. En Jerusalén nos dice que hay “unos doscientos judíos habitando al pie de la Torre de David” (los mismos que vivían en Roma). La cifra es ridícula si se compara con la existente en la vecina Mesopotamia. Sólo en Bagdad nos dice que hay 40.000 judíos y no es la ciudad de mayor población judía, aunque es allí donde vive el Exilarca, la máxima autoridad del judaísmo de ese momento, a quien el Califa reconoce.

Hay algunos pasajes espectaculares por su fuerza evocadora. Escojo algunos:

“Desde allí hay una jornada hasta Babel, que es Babel la Antigua, en ruinas, las cuales tienen una extensión de treinta millas (unos 30 km). Todavía se encuentra allí el palacio derruido de Nabucodonosor, y los hombres temen entrar en él debido a las serpientes y alacranes que hay en su interior.”

“Los judíos de la ciudad (Bagdad) son sabios y muy ricos. En la ciudad de Bagdad tienen los judíos veintiocho sinagogas, entre Bagdad y Al-Korj, que está al otro lado del río Tigris, pues el río divide la ciudad. La Sinagoga Mayor del Exilarca está construida con columnas de mármol polícromo, recubiertas de plata y oro, y en las columnas hay letras de oro de versículos de los Salmos. Allí delante del estrado, hay como unos diez escalones de piedra marmórea; en el escalón superior se sienta el Exilarca con los príncipes de la casa de David.
La ciudad de Bagdad es grande: diez millas de circunferencia alrededor de la ciudad. Es tierra de palmeras, huertas y vergeles como no los hay en todo el país de Shinar. A ella vienen de todos los países con mercadería y en ella hay hombres sabios, filósofos conocedores de toda ciencia y magos conocedores de todo encantamiento.”


“Delante de Jerusalén, como a unas tres millas, hay un cementerio de israelitas, quienes en aquellos tiempos enterraban a sus muertos en cuevas; cada sepultura tiene su fecha, pero los cristianos destrozan las sepulturas y edifican sus casas con las piedras.”

“La ciudad (Alejandría) está construida hueca por debajo mediante puentes; la construyó (Alejandro Magno) con gran sabiduría. Sus calles son rectas, en su interior, en los canales que uno ve, los hay de una milla de distancia, de puerta a puerta: desde la puerta de Rasid hasta la puerta del Mar. Allí construyó una vía sobre el puerto de Alejandría, de una milla de distancia dentro del mar. Hizo allí una gran torre llamada EL FARO.”

“Desde allí hay dos jornadas hasta Gebal, que es Ba’al-Gad, al pie del monte Líbano, cercana a la horda que llaman AL-HASISIN, que no creen en la religión de los ismaelitas (musulmanes), sino en la de uno de ellos al que consideran como profeta; y hacen todo lo que les ordena, ya sea para muerte o para vida.”

Agradezco (con forzoso retraso) a Benjamín de Tudela su breve libro, de una objetividad sorprendente. En ningún caso las divagaciones morales lo interrumpen, ni siquiera en forma de vagas insinuaciones, aunque a veces lo ocupen barbaridades y cataclismos. Impertérrito, sigue su viaje. Se entretiene más en lo bueno que en lo malo, y prefiere los hechos a los estereotipos que debería tener un judío de su época. Por poner un ejemplo, el personaje que más bien parado sale en toda la obra es el Califa que vive en Bagdad. Lo bueno también pone los pelos de punta:

“Hay allí (Bagdad) como unas cincuenta boticas y todas tienen bálsamos y todo cuanto necesitan de la casa real. Todo enfermo que allí va es atendido con el dinero del rey, y le medican. Hay allí un palacio que llaman DAR AL-MARISTAN. Es el palacio donde encierran a todos los dementes que se encuentran en toda la ciudad, a causa del calor. Cada uno sujeto mediante cables de hierro, hasta que recobran la razón, en invierno. Todos los días que están allí son mantenidos por la casa real. Cuando recobran la razón se les despide, y cada uno vuelve a su casa y a ocupar su cargo.
Dan su dinero a los que viven en las alhóndigas y a los habitantes de la ciudad, regresando cada uno a su casa y a ocupar su cargo. Mensualmente, los funcionarios del rey los interrogan y examinan, soltándoles si han recobrado la razón, y regresan a sus casas y a proseguir sus caminos. Todo eso hace el rey, por caridad, a todos los que vienen a la ciudad de Bagdad, tanto enfermos como dementes.”


(Leía ayer algunas párrafos acerca de Joan Gilabert Jofré, un cura que promovió la construcción de un hospital para dementes en Valencia en el año 1410. Está cerca su 600 aniversario y los titulares de prensa así como algunas webs institucionales lo consideran el primer hospital psiquiátrico del mundo. En la página 20 de la edición (7-2008) de Tusquets de Mason y Dixon, del dios Thomas Pynchon, hay una nota que habla del “Bethlehem Royal Hospital (este hospital me suena a Dickens), el primer asilo para dementes de Inglaterra, fundado en el siglo XIII”, (1247). En la Wikipedia este psiquiátrico inglés es también el primero de la historia. Pero hay una nota aclaratoria en el libro de Benjamín de Tudela (leí la 3ª edición de Riopiedras Ediciones) que dice lo siguiente: “…Bagdad contó con un hospital para dementes desde el año 794”. Como se ve la hipérbole no es un recurso privativo de la poesía. Quizá hace ya mucho tiempo que Bagdad no pertenece al mundo.)

Este breve libro es una puerta secreta que da a tiempos remotos. Ya entonces las ruinas se acumulaban y florecían los imperios. Benjamín de Tudela lo sabía. Que vivan los hombres como él.

domingo, 25 de octubre de 2009

De tu tierra, Cesare Pavese


Hace un tiempo le decía a una amiga que ya sólo me quedaba por leer el último clásico de Calvino, o el último del que hablaba Calvino en Por qué leer los clásicos. Era Cesare Pavese. Mi amiga, buena conocedora de la Literatura, me espabiló la urgencia de leerlo. Citó algún libro que no recuerdo, pero agregó: “Cualquier cosa suya”.Yo me tomé a la tremenda la indefinición del pronombre “cualquier” y me hice con todos los títulos traducidos de este autor. Por ahí andaban, sólo que el otro día abro De tu tierra.

De tu tierra es la primera novela que escribió Pavese. Intuyo que no es su mejor obra aunque basta para satisfacer las horas de un lector exigente. La influencia de Faulkner es obvia, pero Faulkner genera escenarios y paisajes con más carácter, y dilata los puntos álgidos de sus novelas con la magistral indiferencia de un dios despótico y cansado. Pavese, no obstante, nos ofrece un universo más accesible, y es menos barroco en sus silencios.

Cuenta De tu tierra un hombre (Berto) que ha estado en la cárcel. Allí conoce a otro (Talino). El primero es de Turín, el otro de Monticello, “un pueblo tan insignificante que ningún tren pasa por allí de noche”. Berto es mecánico y Talino lo convence para que vaya a su pueblo: su padre puede darle trabajo con la trilladora. Berto llega a Monticello y se instala en la casa de campo donde vive la familia de Talino. A éste último lo acusan de haber quemado la casa de un vecino y una continua amenaza pesa sobre él. A Berto no le gusta lo que ve, en algún momento cree ser el guardaespaldas de Talino. Fuma sin parar y siente atracción por Gisella, una de las hermanas de Talino, que lo distrae del deseo de largarse de ese pueblo. Berto y Gisella comparten una tarde y un lago solitario, pero la sombra de un incesto atenaza la magia del momento. El final es la reacción de un loco.

Esta novela rebosa sensualidad (las eternas manzanas, las colinas que emulan los pechos femeninos, la procacidad de las miradas y de los diálogos…) y salvajismo (el arcaico tribalismo de la familia, la tensión de lo irracional…). Llama la atención la casa. La imagen de la casa. Me acordé de Gaston Bachelard.

El protagonista, que es un hombre de ciudad, choca con un mundo de criaturas simples pero indescifrables. Como es una narración en primera persona, el lector nunca obtiene una visión completa de la realidad. En esos espacios vacíos el lector tiene el acto reflejo de imaginar, aunque Pavese no nos deje el desahogo del puzle terminado. I. Calvino lo dijo de modo más minucioso:

“Todas las novelas de Pavese giran en torno a un tema oculto, a algo no dicho que es lo que verdaderamente quiere decir y que sólo se puede decir callándolo. Alrededor se forma un tejido de signos visibles, de palabras pronunciadas: cada uno de esos signos tiene a su vez una faz secreta (un significado polivalente o incomunicable) que cuenta más que la faz evidente, pero su verdadero significado está en la relación que los vincula con lo no dicho."

Un poco más abajo en el artículo de Calvino (Pavese y los sacrificios humanos) se lee una mención a uno de los libros más extraordinarios que he leído jamás: La rama dorada.

“Vincular la etnología y la mitología grecorromana con su autobiografía existencial había sido el programa constante de Pavese. En la base de su dedicación a los estudios de los etnólogos estaban las sugestiones de una lectura infantil: La rama dorada de Frazer, una obra que ya había sido fundamental para Freud, para Lawrence, para Eliot. La rama dorada es una especie de vuelta al mundo en busca de los orígenes de los sacrificios humanos y de las fiestas del fuego.”

La rama dorada es mucho más que eso (por cierto Tusquets se olvidó de incluir al genial Frazer (y a alguno más) en el Índice onomástico de autores).

En el universo de Pavese sólo he dado el primer paso. Pero la senda que sugieren sus libros, la andaré con el tiempo.

lunes, 19 de octubre de 2009

El esclavo, Isaac Bashevis Singer


En el siglo XVII el número de judíos en Polonia era mayor que en cualquier otra parte del mundo. Este pueblo había conseguido cierta estabilidad en estas tierras cuando de muchas otras ya había sido expulsado. Polonia era un país comandado por señores feudales con un poder suficiente para que el rey no tomase demasiado afecto a su trono. Esta descentralización fabricó un país vulnerable en una época de imperios rapaces. Los diferentes territorios competían entre ellos por la riqueza, y un buen modo de ganar ventaja era garantizar y facilitar la vida de la comunidad judía (esta última frase podría valer para cualquier país europeo en algún momento de su historia). La sed por el poder de la aristocracia polaca despreciaba así los hostiles concilios católicos y las soflamas incandescentes de algunas órdenes monásticas que pretendían la conversión de los judíos y, mientras ésta llegaba, su segregación.

En el año 1648 hubo un levantamiento de los cosacos que habitaban en el sureste de aquella Polonia. Millones (3) de judíos y polacos fueron exterminados. En esa revuelta macabra los cuellos se abrían como toneles de vino, las mujeres eran violadas, asesinadas o forzadas a un concubinato sin aparente término. Los niños fueron (de esto hay constancia) enterrados vivos. Luego el Imperio Sueco invadió el país.

La vida de Jacob (el protagonista de esta novela) se cruza con el año 1648. Pierde a su mujer y a sus dos hijos. Lejos de Josefov (su ciudad) termina siendo esclavo de un ganadero polaco. Jacob es un judío instruido que es capaz de sobreponerse a estas desgracias (que cuando empieza la novela ya han ocurrido) y a muchas otras (que son la historia de El esclavo).

Isaac Bashevis Singer se sirve de la situación límite de su personaje para ofrecernos verdades profundamente humanas y pensamientos eternos. Da gusto leer la evolución personal de Jacob y la del mundo que pueden ver sus ojos, siempre a punto de desmoronarse. Jacob nos expone esa religión ancestral que conocen los que la conocen. Tiene fuerza, honradez y el beneplácito del lector juicioso. Desde el principio y hasta el final es un esclavo. Esclavo del azar, de Jan Bzik (el granjero del que hablé antes), de sus deseos, de las leyes, de sus temores, pero sobre todo es esclavo de su futuro, y todos sus padecimientos se transforman en un canto a la vida. (Hay elementos del hasidismo importantes en este personaje, aunque esta corriente del judaísmo aparecería más tarde.)

Bashevis Singer fue hijo de un rabino y El esclavo contiene guiños de libros espléndidos que sólo unos pocos elegidos leerán a lo largo de sus vidas: El árbol de la vida, Guía de perplejos (la edición de Trotta es fabulosa), Zohar… El autor no se anda con contemplaciones y deja a cada cual en su lugar, sea cristiano, judío, rico o pobre.

Hay sentencias que no quedarán mal a continuación:

"¿Qué le importan los edictos a la naturaleza humana?"

"La vida que se vive en constante temor pierde su encanto."


"¿Qué sería del poder de los malvados si los justos no se mostraran tan pusilánimes?"

Los grandes escritores son aquellos continúan el párrafo allí donde los otros paran. Por eso esta novela, sin apenas artificios, es recomendable. Su lectura es rápida y el libro se nos pega a las manos como un testigo de relevista. Este Premio Nobel (1978) sabía lo que se hacía.

Isaac Bashevis Singer fue un vegano tenaz desde que se dio cuenta (en esta vida todo es darse cuenta). Este libro es el primero que incluye alegatos a favor de esa dieta que también es la mía.

"Los judíos trataban a los animales como los cosacos a los judíos. Las palabras cabeza, cuello, hígado y mollejas le producían escalofríos. Al sentir la carne en la boca lo asaltaba la sensación de estar devorando a sus propios hijos. Varias veces, después de la fiesta del Sabbat, había tenido que salir a vomitar."

Y ya acabando el libro:

"Le llevaba kashe y caldo de buey; pero él le dijo que nunca comía carne, ni pescado, ni nada que procediera de criatura viviente, incluidos el queso y los huevos.
- Entonces, ¿de qué vives? ¿De carbones encendidos?
- De pan y aceitunas.
- Aquí no hay aceitunas.
- También tomo rábanos, cebolla o ajo con el pan.
- ¿Y cómo haces para conservar las fuerzas?
- Dios da las fuerzas.


Me quedan tantas cosas por decir que voy a dejarlo aquí. Eso es lo que les pasa a los buenos libros, que se hacen interminables después de haberlos leído.

sábado, 10 de octubre de 2009

El niño prodigio, Irène Némirovsky


El kukicha es un té que se elabora con finos tallos de al menos tres años de edad. Apenas contiene alcaloides y conserva un aroma de tierra vivificante que, a fuerza de costumbre, me sabe ya a noches de lectura. También me acompañó esta vez con este libro raro.

Irène Némirovsky no tenía más de 24 años cuando escribió este relato. Fue el primero que pudo leer el público y es ya, salvo el principio, una lección de Literatura. Con una escritura clara y sencilla, la autora se adentra en la psicología cíclica de los casos perdidos, de esos hombres derrotados cuyo obcecado amor vagabundea en las áridas zonas de la pena.

Amor y talento son las grandes palabras de este libro. Ismael es un niño judío que aprende muy rápido el alfabeto y los versos sagrados. De padres trabajadores y ocupados, completa su niñez merodeando por los bajos fondos de una ciudad portuaria. Aprende las canciones de los marineros cansados y bebe el alcohol de los hombres. Acaba por ser uno más en las tabernas. Su talento natural para los versos es reconocido por todos, y sus canciones improvisadas son un bálsamo eficaz para la audiencia borracha. Entabla amistad con un hombre de la clase alta y acaba por ser el protegido de una aristócrata. Ismael conoce el lujo y el amor tempranero, pues acaba enamorándose de su protectora al despuntar su adolescencia. Crece solo y solo se hace hombre. Con los gastos pagados, ocupa los días tratando de atrapar versos memorables. Con ayuda de los libros trata de aprender lo que ya sabía. Pero eso no para en bien, y el protagonista sufre su mediocridad. Ya hombre es despreciado por la que fue su mecenas y vuelve con los padres, y a las tabernas. Desconoce qué fue de su talento. Pero allí encuentra a ese hombre de la clase alta, que fue un día poeta famoso, con los mismos problemas. El final es trágico y expeditivo.

En el Dr. Zhivago, Pasternak enlaza las casualidades de tal modo que el destino se supera. Acaban conformando una mecánica novedosa, y el extenso país que es Rusia podría no exceder los límites habituales de un tablero de ajedrez. Ya antes, dichas casualidades habían tenido un papel importante en el cuento ruso, mucho más que lo habitual en otras patrias. Autores como Lermontov, Afanásiev, Pushkin (sobre todo Pushkin), Sholojov… las habían utilizado a modo de juego de espejos, o como moralejas de cañón recortado. Irène Némirovsky recurre a un final tipificado, pero sus resultados son exquisitos por la generosa extensión del cuento y por el tema de fondo: el talento.

Muchos han sido los hombres que han dejado de hacer bien aquello en lo que eran excelentes. Muchas son las cualidades humanas que se pierden en las cunetas de los caminos que deberían mejorarlas. El niño protagonista de este cuento ignora lo que ha hecho para extraviar su don. Lo mismo que el hombre de la clase alta. Es este quien, en un entrecortado monólogo exclama: “Dios Todopoderoso, ¿por qué me has arrebatado lo que Tú mismo me habías dado?”. Jesús de Nazaret exclamó en la cruz: “Elí, Elí, ¿lamma sabacthani?” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). El tema es, desde luego, eterno, y la intuición de la autora lo transforma en una especie de carrusel de sugerencias que una semana de noches y un par de lecturas no ha agotado. Le sigo dando vueltas.

Antes he hablado mal del principio. Me resulta un tanto desgarbado, pero pasa pronto: cuando esta autora se pone a escribir de lo que quiere tratar las genialidades le vienen como por castigo. En sus frases cortas y claras resuenan los siglos como campanas de luz y deambula esa sensación indescriptible y gigante de estar leyendo a Irène Némirovsky. Su unicidad en el universo literario, tan rotunda y sin aspavientos, es un indicador de su talento, que no se agotó nunca.

Causa dolor imaginar que la sensibilidad de esta autora habitó Auschwitz, y que en ese lugar murió a causa del poder excesivo, que siempre es loco (cuando el poder no tiene competidores él mismo se lleva a la perdición, aunque se lleva a muchos por delante). Nos dejó sus libros o sus momentos solitarios, que dedicó al mundo.

La escritura de esta mujer emana una luz lejana, como de estrella. Yo la he sentido físicamente. El mero recuerdo de sus libros la conserva. Dichosos los que la hallan.

martes, 29 de septiembre de 2009

Una reseña de Borges


A todo buen lector le habrá alcanzado la pena de unos días sin libros destacables. En mi caso, la crisis y la aversión por la lectura de pantalla se han aliado para impedir que este post siga la rutina que yo mismo elegí.

He tenido que recuperar libros perdidos en mis estantes que conservaban las huellas del lector adolescente que fui un día. Al leerlos, esta vez hasta el final, he lamentado no haberme equivocado entonces, cuando los olvidé a mitad. Me quedo, sin embargo, con un momento feliz: en uno de esos libros he rescatado una estampita de mi primera comunión.

Comentar libros malos (libros que nos parecen malos) no me resulta, a priori, una idea muy brillante. La verdad es que los libros malos son raros. Yo diría que los libros que llamamos malos son los que deberíamos llamar mediocres. Son libros cuya lectura, por diversos motivos que ya vendrán al caso, nos parece maquinal, apagada, como el libro de instrucciones de una lavadora o la garantía de la Thermomix. Pobres páginas cuyas bondades percibe el lector turbias y lejanas. Aun así puede consolarnos la historia que se cuenta, los ecos de otros libros, y, en el peor de los casos, la dosis de papel entre los dedos. Es muy fácil no escribir un libro admirable, pero requiere un arte inverso escribir un libro que cargue contra sí mismo.

Copiaré a continuación una reseña que hizo Borges en la Revista Multicolor (Nº 20). Comenta un libro malo. Es, sin ninguna duda, la crítica más dura que he podido leer. Es tan implacable que alguna vez noté que el propio Borges salía malparado. Omito el nombre del libro que se reseña. También el del autor (baste decir que no hay rastro de sus versos en la red). Dejando de lado la compasión, pienso un par de razones para callarlos: el propio Borges se olvidó de casi todo lo que hasta la fecha (1933) había escrito, yo no sé si aquel joven erudito supo que perdurarían estas páginas o si las escribió para la ocasión y para el olvido; para qué unir un nombre a la sonrisas que igual nos surgirán (Borges supo más tarde que todos los libros son anónimos)…

Lo que sigue, ya se notará, es de J. L. Borges.



Este libro, curiosa antología del error, agota las maneras más diversas de eludir la poesía. El escritor (de algún modo hemos de llamarlo) exhuma los errores peculiares de Julio Herrera y Reissig, como si los actuales no le bastaran. Maneja con igual naturalidad la cursilería del pasado mañana y la de anteayer. Suele cultivar las variantes:

El buen oído se goza en el silencio;
en la fina y serena comarca del silencio,
en la honda y sedante caricia del silencio,
en la quieta guitarra del silencio,
en la fresca cisterna del silencio,
en la copa de oro del silencio.

También las voces matemáticas para simular precisión:

Un ángulo de garzas en azul metálico
progresando hacia el decaimiento de la tarde
por el camino ideal de un paralelo
me sumerge en la conciencia del Transcurso.

También la deliberada pedantería (ya acometida victoriosamente en la estrofa anterior, norma de versos indecibles):

Ah! Tender las velas desde el cono de sombra propicia
atravesando torvos océanos de luces herméticas,
islas radiantes, cruzar toda la leche de Hera
singlando a más distantes nébulas extragalácticas!

También el mero balbuceo de palabras goteadas, que quiere ser confundido con laconismo:

Tarde de plata.
Anteojos. Péndulos. Acanto.
Camino de palmeras hacia la fuente.

Física del mundo.
Vivir ahí. Lila de las glicinas
Rostro de puras líneas frescas y ruborosas.
Tu grácil elegancia arqueada sobre el agua.
Dueños aquí por siempre. Olvidar lo pasado
Cada semana. Claveles y silencio.

También la alegoría en todo su horror:

Atravesaba a nado el mar de los problemas
para aspirar la flor de una hermosura nueva…
Sus brazadas medían las concavidades,
y desde la garrocha de una hipótesis
adornaba los montes de parábolas.

También las órdenes despóticas, de ejecución más bien improbable:

Alma mía, decanta la esencia de tu goce,
Depura la rudeza de la forma prístina,
decora de elegancia tu recia varonía.

También los imprudentes consejos:

Confía en el motor de tus razonamientos,
en el goniómetro de tu agudeza,
en la esencia de tu cultura,
e impulsa tus aviones a todas las estrellas,
y hazlos dar saltos y loopings sobre lo absurdo.

También el helenismo y la sastrería:

Quisiera ir al país de la alegoría
para tenderme bajo los sombríos matorrales
a acariciar mis pensamientos sobre lo bello;
para usar una túnica como la de Mercurio,
y hundir mis manos en las cabelleras de naranja
de las gracias danzantes, y competir con el dios aéreo
en el juego elegante que entreabre las gasas.

De otros errores es espejo y norma el señor XXXXXmil, pero no puedo transcribir todo el libro. Recomiendo su examen apasionado, a los curiosos y amateurs del mal gusto, entre quienes me cuento. Casi descreo del placer de los libros buenos; prefiero el de los malos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Cuentos de la selva, Horacio Quiroga


No me imagino cómo son las noches de la jungla. La soledad en medio de ese todo verde del origen puede saber a expiación y a Dios, a miedo y a prisión desorbitada. Horacio, que vivía en Buenos Aires, quiso cultivar algodonales en ese mundo indómito. En Misiones pasaría algunos años con su primera mujer. Tuvo con ella dos hijos, Eglé y Darío, que fueron el auditorio natural de estos cuentos exquisitos.

En Cuentos de la selva se recogen 8 historias de extensión más o menos uniforme cuyos principales protagonistas son los animales. Tortugas, flamencos, loros, yacarés, abejas… apaciguaron el fuego creativo de este hombre en esa soledad premeditada y endulzaron las tardes y las noches de sus dos hijos pequeños.

En algún cuento se sabe que Horacio Quiroga conocía a Kipling (su libro Los cuentos de así fue, que tanto alabó Borges); en otros se toca la fábula clásica, aunque su moraleja es difusa; la problemática relación del hombre con su entorno lo ocupa en algún relato; en otro se intuye que los protagonistas son sus hijos. La edición que compré (una de Anaya, del año 2001) tiene un prólogo y un cuento al final de Pablo Schmilovich. En ese último cuento se narra la posible vuelta de los hijos de Quiroga a las tierras que los vieron crecer y el encuentro con los animales que aparecen en las historias que su padre escribió.

A Horacio Quiroga se le considera uno de los maestros del cuento. Es probable que así sea: los cuentos de este libro o rozan la perfección o la tocan con soltura. Leo en el prólogo que sentía admiración por Dumas, Scott, Dickens, Balzac, Zola, Maupassant, Bécquer y Poe. Creo que esto no es excepcional. Sí lo es el hecho de que consiguiera escritos profundamente originales partiendo de bases tan puntuales y públicas.

Hay en estas páginas (y en casi todas las otras de Quiroga que he leído) una rara melancolía cuya percepción es un grato alimento para el alma. En ese sentido, Cuentos de la selva, que suele catalogarse como literatura infantil, no es un libro para niños.

El lector que visite este post puede encontrar en otros lugares más detalles de la vida de Horacio Quiroga. Baste decir que la carretera que llevaba a su paz y a su tranquilidad tenía baches inauditos, y fue cortada muchas veces por asaltadores, desprendimientos, y otros imprevistos azares.

Leí esta obra, dormida desde hacía tiempo en mis estantes, para el sueño de mi hija. La descubrí en voz alta al mismo tiempo que ella. Impostaba la voz, gesticulaba, pero sentía por debajo (y tragaba saliva) la buena literatura, esa turbia felicidad de mis dichosas sinapsis.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El azul de los lápices, Rafael Correcher


Rafael Correcher es un amigo, pero no es la amistad la que me invita a escribir estas líneas, sino su nuevo libro: el VI premio César Simón de poesía le permitió publicarlo.

La poesía de Correcher es exigente: una lectura desatenta atenta contra el libro. Requiere cierta paz, cierta limpieza, cierto vuelo. Se mueve en ese reino paralelo que instauran las metáforas, pero nunca se pierde la claridad que éstas vierten sobre nuestras vidas. Hay algo luminoso en la vaguedad serena de estos versos. Esa cosa milagro que las letras exhalan como un tiro de gracia.

NUBES

Son otras sendas de fugaz
espuma.
Dejan sus gestos
bajo el cuidado de los pájaros,
toman del sol tardío
luciérnagas sin rumbo.

Su movimiento, tan hermético,
crea un nuevo paisaje:

esta cambiante geografía,
metamorfosis
en el escombro silencioso
de las alturas.


El extrañado oficio de vivir, la soledad de quien busca una respuesta, la quimera del tiempo, la hazaña de los versos en la noche, la misteriosa existencia de las cosas, la muerte… Temas universales que trata Correcher con singular acierto.

ÚLTIMA CERTEZA

Jamás reconocemos
la verdad que revela la locura
hasta que llega el alba
del tercer día.

Es como si la muerte
llevase entre sus manos
una navaja abierta
con tu nombre
sólo por el placer de recordarte.


Su fijación por los detalles es de una brillantez parlante. Recuerdan a haikus a lo Kerouac algunos de estos versos de la serie PAISAJES:

VI

La voz de los semáforos.

Un destello que ignoras,
esqueletos de luz
bajo la lluvia.

IV

Las moscas,
en su exilio de sal,
tejen las redes
del pescador.

V

La mañana es un hilo
que no penetra
el ojo de la aguja de tus sueños.


El azul de los lápices es un libro más que notable para ser un debut. Su homogeneidad, su lucidez, su factura, son las propias de un veterano. Después de éste vendrán más pero mi amigo ya ha bajado de los 10 segundos. Sé que sigue bajo el azul de los días reclutando verdades mientras yo escribo esto. Sé que me dirá, andando el tiempo, lo que a mí se me escapa. Por eso me demoro, tranquilo, en la escritura de estas líneas.

Hay pensamientos y versos memorables. Por ejemplo los siguientes, de estructura laberíntica:

"Para quedarte, sólo necesitas
entender los cuchillos afilados
en la profundidad de tus heridas."


O esta maravilla:

"Porque el agua carece de memoria
reparte sus sentidos..."


O la siguiente:

"...vivo
con el convencimiento de ser fiel
a lo que extraño."


Citaré un último poema: la primera parte del que se titula

PARADISE NOW

(Palestina 2008)

I
No es posible que seas sólo polvo.

Para qué te ha creado
ese dios
sino para ser mucho más que rastro
bajo vientos que encuentran su paisaje
oculto cada día en las arenas.

Cómo puede negarte
sus ojos para ver morir el sol
justo cuando los surcos
del camino atraviesan tu inocencia.

Inquieta no saber decir lo exacto,

el dolor huele a sal,
es una nube densa, no deja de crecer
en las espinas.

Y sin embargo vives como un punto de luz,

bajo tus puentes gritan
los frutos invernales del olivo.


Con humildad, sin aspavientos publicitarios, se ha colado este libro en los cargados estantes de las librerías. Yo, que no me conformo con poco, animo a los azarosos lectores de este blog a que lo exploren.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El código de Arquímedes, Reviel Netz y William Noel


La historia de los libros, como la de los hombres, es azarosa. Hay páginas que naufragaron en los océanos cónicos del tiempo; hay otras que se perdieron para siempre después de pernoctar durante siglos en el silencio polvoriento de las abadías medievales, o en el olvido de las herencias desagradecidas, o en la privada oscuridad de las tumbas. (Ni siquiera los libros son ajenos a la segunda ley de la Termodinámica).

El código de Arquímedes narra las peripecias de bibliófilos, científicos, filólogos… para sacar a la luz elementos desconocidos de las obras de uno de los mejores hombres. En el principio hay un libro subastado. Ese libro es un palimsesto (un pergamino raspado y reutilizado) que retiene, bajo la apariencia lúgubre de un devocionario del siglo XIII, páginas inéditas de la especie. Las conclusiones de los mejores especialistas conviven con la tediosa descripción de los experimentos ópticos necesarios para llegar a vislumbrar la antigua matemática.

Uno de los autores es curador en el Museo de Arte Walters (Baltimore), donde se halla el manuscrito; el otro imparte Ciencia Antigua en Stanford. Se turnan por capítulos para hacer más llevadero este libro que roza las 400 páginas. Lo consiguen a medias, pero pasa porque el lector percibe la tensa pasión con la que trabajaron.

Arquímedes es uno de los grandes. Lo que este hombre supuso para el Hombre es casi una metáfora. Lo supimos desde siempre, pero estos textos ahora descifrados resaltan la magnitud del abismo que se había perdido. Arquímedes se inventó los centros de gravedad, la hidráulica, un rudimentario cálculo más de 15 siglos antes que Newton (que Leibniz). Empleó la combinatoria tratando de descifrar la cantidad de posiciones posibles en las que podían formar un cuadrado las figuras del Stomachion (la foto de la entrada. El resultado es 17152). Circunscribiendo polígonos de 96 lados a círculos el número pi se hizo más claro, definió la elipse, ideó un sinfín de maquinaria bélica, el tornillo que lleva su nombre…

Leonardo da Vinci fue otro hombre de una inteligencia poco habitual. Leyó un libro de Arquímedes que describía la obtención de los centros de gravedad de las figuras planas. Da Vinci se las arregló para obtener el centro de gravedad del tetraedro. Algo realmente excepcional. Pero el caso es que 1700 años antes Arquímedes no sólo conocía el centro de gravedad del tetraedro sino que había obtenido (y proponía un método para hacerlo) el de secciones curvas como segmentos esféricos, paraboloides, segmentos de hiperboloides, elipsoides… El libro se llamaba El método y se lo envió a Eratóstenes, que dirigió la biblioteca de Alejandría y que midió el radio de la Tierra.

Arquímedes se quejaba de que lo entendía poca gente. Es probable que esa sea la causa principal del olvido de sus mejores libros. Los que no entienden juzgan mal el mérito de lo que no entienden. Muchos siglos después, quizá Galileo empezaba a ver por dónde iban los tiros. Galileo y Newton supieron que aquel hombre de Siracusa había cambiado el mundo. El infinito actual, ese concepto vago que tanto tardó en solidificarse en las matemáticas, se moldeó en el torno de Arquímedes.

Arquímedes vivió en Siracusa, por entonces una ciudad estado que participó en la Segunda Guerra Púnica (218 a.C.-201 a.C.). Los inventos que realizó complicaron la vida a los romanos, y su nombre, ya conocido, se tornó famoso. Pero el auge de Roma era inevitable y Siracusa fue tomada. Una espada vulgar mató a Arquímedes. Dicen que sus últimas palabras fueron: “No molestes a mis círculos”.

En su tumba, hoy perdida, dicen que se grabó (él lo quería) un curioso epitafio: una esfera circunscrita a un cilindro. Era, a su parecer, el más elegante de sus resultados. Había descubierto que la relación entre ambos volúmenes es 2/3.

viernes, 21 de agosto de 2009

Las causas, J. L. Borges


Un día me entretuve con mi hija buscando algunas imágenes, quitando algunas palabras de este genial poema de Borges. Salió una cosa curiosa que puede descargarse aquí:


Download Los doc

Shared via AddThis


El poema es inmortal y el que sigue:

Las causas.

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

La madre, Pearl S. Buck



Si esta novela se publicara hoy por primera vez, es probable que la adornaran escuetas hipérboles como éstas: “Probablemente el mejor libro del año”, “El personaje principal se quedará en tus pupilas por mucho tiempo”. También otras, más vagas y difusas, pero que igualmente rozan una épica indigesta: “Este libro ha venido para quedarse”, “El necesario testimonio de una época”, “Un libro imprescindible en cualquier biblioteca”. Existen algunas todavía peores y que, además, no nos incumben: “El mejor libro que he leído en mucho tiempo”. Estas opiniones, que no pasan la barrera de lo tonto, se quedan abrazadas a los libros: en urgentes vitolas llamativas, o (y es horrible) en el material variable de la contraportada. Tal falta de prudencia se practica hoy sin el menor arrebol. En la mayoría de los casos proviene de la crítica de masas, y en el fondo no es más que simple publicidad. Si en publicidad se han disuelto las ancianas ideologías (la diferencia entre publicidad e ideología reside tan solo en el producto y en el énfasis), cómo iba a resistirse el acto humilde y solitario de la lectura.

Digo esto porque Pearl S. Buck era ya ganadora del Premio Pulitzer (debió haberlo sido un año antes), y porque consiguió un éxito de ventas considerable en sus primeros volúmenes. Publicó su primer libro con 38 años y, como se le dio tan bien, no pararía hasta el final. Su vida transcurrió entre Estados Unidos (país donde nació) y China (sus padres fueron misioneros).

La madre fue su sexto libro. Es una novela humilde: la arquitectura es sencilla, sus personajes no requerirían de nuestra atención de no ser por la mano maestra de esta mujer. Ocurre en algún lugar de China, ese vasto territorio que puede ser una metáfora del mundo. La autora lo sabe y evita, con sustancial acierto, los nombres propios. Los personajes son madres, hijos (mayores y menores), esposos, la doncella ciega…; los lugares son la ciudad, los campos, el pueblo, el santuario, una tumba.

La madre (la autora no despista) es el personaje principal. Sus sentimientos, sus preocupaciones, sus deseos, son hermanos de los nuestros, porque los comprendemos y los justificamos. “Algo se mueve”, decía Aristóteles como suma de todo su conocimiento. También en este libro algo se mueve: la compasión. La madre es abandonada con tres hijos, trabajará la tierra hasta que éstos puedan a su vez heredarla con su trabajo, casará a sus hijos y quedará en su casa hasta el día de su muerte. En medio está el amor, está la muerte, está la solidaridad de los luchadores, está el budismo, está la soledad, está el orgullo. Y la tragedia.

Pearl S. Buck no sólo nos regaló con ésta una buena novela, también dejó la huella de generaciones que, como nosotros, contemplaron las estrellas, y cuyos versos, muy lejos de inmortalizarse, sólo fueron sentimientos puntuales (cabe la posibilidad de que lo inmortal sean esos sentimientos puntuales y no los versos). No en vano fue una ferviente defensora de los Derechos Humanos y una delatora de la injusticia de la que tantas veces fue testigo.

La injusticia sale en el libro. Cito: “¿No sirven las penas para expiar? ¡Ay! He estado muy llena de penas toda mi vida, y siempre he sido pobre. Pero los dioses no conocen la justicia.” Los griegos conocieron la idea de la no intervención divina en el mundo, y esa idea, de ser cierta, anularía el final de la queja. Por otro lado: Teresa de Calcuta se mostraba dispuesta a engrosar las filas de cualquier manifestación a favor de la paz, pero se negaba a acudir a manifestaciones en contra de la guerra. Esta actitud proviene de una frase de Jesús de Nazareth, que se recoge en Mateo (por lo menos) y reza: “No resistas al mal”. Esta frase, luminosa como pocas, cabreaba mucho a Nietzsche y nunca quiso entenderla. Es comprensible que así sea, ya que anula uno de los primeros peldaños de su pensamiento, que es Schopenhauer. Aunque con algunos altibajos la madre sigue ese consejo, no por propia voluntad, sino como la inmensa mayoría: porque no le queda otro remedio. Tiene su explicación, pues como nos dice más tarde:

Cuando una sacerdotisa me gritaba que tenía que aprender el camino del cielo, estaba yo demasiado ocupada con los hijos pequeños, y ahora, cuando vienen a decirme que debo aprender el camino del cielo, soy demasiado vieja ya y habrán de aceptarme en el cielo tal como soy o pasarse sin mí”.

El pasaje es memorable, y esta vez acierta de pleno. No es el único: en las vidas sencillas y monótonas subsisten las mismas verdades que en los más altos palacios.

Citaré unas últimas palabras: “Nunca temo morir en verano, hija! ¡El sol es como sangre nueva y nuevos huesos para una vieja seca como yo”. Una frase así, puesta convenientemente sobre un libro, me intrigaría lo suficiente como para comprarlo.

lunes, 17 de agosto de 2009

El militar fanfarrón, Plauto


No es descabellado pensar que en la Grecia Antigua pasó el mundo, y que el tiempo actual es tan solo una secuela, un tanto descabellada, de lo que ya se dio. A.N. Whitehead tuvo que pensar algo así, al menos durante una temporada. En algún momento dijo que la filosofía occidental no era más que un conjunto de notas a pie de página a la obra de Platón. Es probable que no se equivocara.

Lo mismo podría decirse de las artes dramáticas, y en particular, de la comedia. La Comedia Antigua utilizó los mitos para aleccionar al personal (los mitos apenas sirven para más cosas). Cuando el público se cansó de tanto néctar, los autores multiplicaron los recursos de Dioniso. Apareció la Comedia Nueva: Los héroes y las hazañas fueron sustituidos por ciudadanos y argumentos de poca monta, la vida diaria robó el escenario al mito. (Este proceso ha pasado cientos de veces en poco más de dos mil años; en ocasiones la sola obra de un escritor lo aúna). Uno de los principales autores que cultivaron este nuevo género fue Menandro, un sabio amigo de Epicuro que sustituyó a Aristóteles al frente de la Academia.

Nombro a Menandro porque muchas de sus obras fueron adaptadas por los autores latinos. Éstos, que carecían de tradición, versionaron, tradujeron y se inspiraron en las comedias griegas. No buscaron el genio de Aristófanes, demasiado rocoso y encadenado a su Atenas. Encontraron la Comedia Nueva, la que Menandro cultivó, más cercana y con el condimento universal del ridículo entre sus principales ingredientes. Los autores latinos no ocultaban estas influencias (Roma, cuyo imperio llegaría a ser gigantesco, miró siempre alucinada las proezas de la cultura griega). El resultado es lo que se conoce con el nombre de Comedia Palliata. A este género pertenece El militar fanfarrón, basada en un libro titulado ‘Alatson’, de autor desconocido (las dos últimas palabras son preciosas juntas).

De la vida de Plauto (s.III-II a.C.) se conservan pocos datos que pueden no pasar de conjeturas. Nació libre, pero en una familia de recursos menguantes. Probó con el comercio, pero en algún momento la suerte se lo desbarató. Se dice que para ganarse el pan se vio obligado a empujar una rueda de molino. Puede que el lobo del fracaso y la penuria le descubriera la luna de las grandes empresas. Lo cierto es que en el barro de la pérdida levantó una alfarería resplandeciente. Se le adjudican 21 obras, no todas completas. Llegó a ser famoso y respetado, y al final de su vida conoció la riqueza.

Roma salía entonces de la Segunda Guerra Púnica. Vencedora, extenuada, conocía los primeros peldaños del imperio. Sufragado por los gobernantes, el teatro (que se representaba durante las fiestas religiosas) se convirtió en un importante elemento de distracción de un pueblo que aireaba por las calles los laureles de los triunfos y las lágrimas por sus muertos.

Plauto escribió sus comedias para esa turba libre que perseguía aferrarse al mundo a pesar de los días y las noches. En algún momento, quizá en su juventud, conoció el griego literario. Ya mayor lo emplearía para lustrar los atardeceres de Roma con la armonía de unas risas simultáneas.

El militar fanfarrón es un libro divertido (y algo más) que hoy apenas se lee por placer, lo acapara el uso académico que hace de él ejemplo de una época y de un tipo de comedia. (Esto es horrible para un escritor, más todavía si ya no cobra derechos.) Plauto merece algo más que figurar en los libros con esa función. Merece ser leído, porque vale la gracia.

Cinco actos, dispares en extensión. La ciudad de Éfeso, donde acontece la trama. El tipo que da título al libro, el militar fanfarrón; otros: el esclavo pillo y tramador, la mujerzuela desvergonzada, la mujer raptada… La Ilíada narra el rapto de Helena de Troya, y este libro no lo ignora. En algún momento el militar fanfarrón cree superar en belleza a Paris; poco antes del verso 1290 leo:

Pero sabiendo que muchos han pasado por muchas cosas
deshonestas y ajenas a las buenas costumbres por amor,
-no digo ya de Aquiles, que permitió que matasen a sus conciudadanos…-


Este último verso podría ser el título de una Tesis doctoral. Los puntos suspensivos permiten a Plauto cambiar de tema radicalmente. Quizá también alguna reacción del público: dos milenios después a mis cuerdas vocales se les escapaba un Oh! y yo me sonreí al comprobar, una vez más, lo permeables que son los órganos al arte.

Hace una semana escribí sobre este mismo libro, pero perdí mis líneas. Entonces me subía por las ramas del argumento, y no me apetece volver a las andadas. Barajé olvidar a Plauto y comentar La carretera, de Cormac McCarthy, pero recordé que había decidido no meterme con nadie. De forma que volví a Plauto y a su tonto militar…, al fin y al cabo cómo se puede uno olvidar de Shakespeare, de Corneille, de Moliere, de N.M. Las buenas cepas literarias dan a veces vinos tardíos, con otras denominaciones de origen.

Acabo, ya es tarde (y el vino es peligroso), con una frase graciosa, profundamente graciosa:


Mas nadie sabe suficiente él solo. Que yo he visto con frecuencia a muchos salir de las regiones de la sensatez antes de haberlas hallado.


Yo también. Larga vida a Plauto.

miércoles, 5 de agosto de 2009

¡Escuchadme ciudadanos!, Evgueni Evtushenko


Tengo un amigo que una vez cerró un quiosco. Tenía un centenar de libros viejos y maltratados que su mujer iba a olvidar en la basura, pero él los rescató porque se acordó de mí. Le debo a la puntualidad de su memoria muchos momentos buenos, un par de estantes y el contacto con escritores que, de otro modo las cosas, hubiera tardado mucho más en conocer. Evgueni Evtushenko es uno de esos escritores.

Nació en Zima (1933), un pueblo por donde pasa y para el Transiberiano. De niño conoció la fatalidad del destino, pero ¿qué es el destino para la gente buena? A los 19 años publicó su primer volumen de poesía, y hasta hoy. Actualmente prepara una amplia antología de poetas que recorre 10 siglos (del XI al XXI). He leído que fue político, que trató de devolver al arte su necesaria libertad de conciencia en la gigantesca URSS, que fue corresponsal de Pravda en Cuba, que conoce el castellano y que ha cultivado versos en esta lengua.

El libro que leí lo publicó Ediciones 29 en 1977. Es el segundo volumen de su obra completa, la de entonces, y abarca desde 1959 hasta 1964. Cada año tiene sus poemas. El orden cronológico es un orden débil, pero también es fácil y ayuda en algunos casos (como en los diarios del sesudo Canetti).

A Evgueni Evtushenko no lo define un estilo, una suma de recursos, sino su mirada, su sentir cotidiano. En este libro caben versos sobre el ejército ruso, sobre un encuentro con Hemingway, sobre una actuación de Edith Piaff, sobre Maupassant, sobre el amor, sobre Lermontov, sobre las madres. Poesía de gramática tensa (lo intuyo por la traducción) pero que quiere ser leída en voz alta, como prefiere Evtushenko. Muchas de sus composiciones son ejercicios de retórica(+) y de oratoria. El conjunto posee una fuerza arrolladora. Tanto que supuse que este hombre habría estado nominado al Nobel en alguna ocasión. Resultó ser que en bastantes. Una pena que su obra no se edite ahora mismo en este país.

Se intuye algo de Mayakovski, de Pasternak, pero hay también un toque de los beat writers, y de Lorca (creo), y de los clásicos de siempre. Por ejemplo: Hay un poema (Reíanse tras la pared) que contiene estos versos:

“La vida es un equilibrio.
La envidia es un autoultraje.
En realidad, de la desgracia tuya
la felicidad ajena es expiación.”


Esto es igual a unas líneas de Lucrecio (no puedo ponerlas porque tuve que dejar el libro). La poesía de Evtushenko se mueve en una geografía amplia, como animando a su difusión, que se produjo más tarde. Hay poemas que ocurren en Copenhage, en Crimea (precioso nombre), en París, en Cuba, en Harvard, en Moscú, en Ucrania, en las riberas del Kliazma, del Pechora. Están como anclados a la tierra, crecen con ella (la mención a la geografía, cuando se usa, es uno de los mayores peligros para el poeta, pues ofrece pistas importantes sobre la credibilidad que merece). También sabe bucear en los angostos territorios del alma, y aunque raramente encuentra nada nuevo (eso es muy difícil), siempre nos regala unos versos notables. Me gustan los siguientes:

¡Oh, Dios mío, deja que sea poeta!
No permitas que engañe a la gente.


También estos versos de un poema que se titula El vacío:

Oh, sobre toda agitación
bendita sea la dulzura embriagadora
de un tranquilo y luminoso vacío
precursor de un alma que se llena.


Pero sobretodo éstos:

“¡Existe el juicio de Dios, confidentes corruptos!”
y el juicio del poeta es el juicio de Dios.


Suele decirse que la obra de un poeta queda justificada si perduran cuatro o cinco poemas buenos. Esta tontería la diría el inventor de las antologías, no lo sé. Sé que en este libro sobran pocos poemas, porque si pocos son buenos, muchos son mejores. Además: entre todos ellos levantan la bandera de este libro, como en ese esfuerzo de los soldados americanos fotografiados en Iwo Jima.

Poco más que añadir. Con mi débil ruso no podré leer como toca a Evtushenko hasta dentro de un tiempo. Puede que lo intente en inglés, en francés hay muy poco. Algo en castellano circula por la red, con sus pros y sus contras. Me ha llamado la atención este poema:

LA TERNURA

¿Dónde y cuándo se puso eso de moda?
“Indiferencia por los vivos,
atenciones con los muertos”.
Los hombres van encorvándose,
aficionándose a la bebida.
Los hombres desaparecen, unos tras otros,
y se pronuncian para la historia
tiernos discursos sobre ellos,
en el crematorio...
¿Qué quitó la vida a Maiacovski?
¿Qué le puso el revólver en la mano?
A él-
con su voz,
y su apariencia-
debiósele dar en vida
una mala pizca de ternura.
Los vivos son un estorbo.
Sólo después de la muerte se premia con la ternura.


También, y acabo, éste:

ELOGIO PARA LA POESÍA

Tiutchev, un poeta ruso del siglo XIX, exclamó una vez:
“¡Oh, si las alas vivas de las almas, agitadas sobre la multitud,
nos salvaran de la inmortal vulgaridad de la gente!”


Hoy todos somos testigos de un complot mundial
de la vulgaridad triunfante contra la exquisitez humana.
Pero si la vulgaridad es inmortal, también es inmortal
la resistencia contra ella.
La persona que no tiene poesía interior
se convierte sin darse cuenta en un zombi.

Hace mucho tiempo, en una de mis otras vidas,
estuve en un pequeño pueblito colombiano en la Amazonia,
donde viven los indios cazadores de cocodrilos.
Para ellos, un invitado es una persona sagrada.
Cuando salieron a mi encuentro tocaron tambores,
se tiraron de los cabellos y lloraron a lágrima viva.
“¿Por qué lloráis?”, pregunté sorprendido.
“Porque luego te irás”, respondieron los indios.
Cuando me iba, también tocaron tambores, pero esta vez
bailaban alegremente, haciendo que yo bailara con ellos
su alegre danza. Me pusieron lirios blancos en el pelo
y, como niños, saltaban por encima del fuego.
“¿Por qué estáis todos tan alegres?”, pregunté.
“Porque tenemos la esperanza de que regresarás”, contestaron.
Esto es poesía que, gracias a Dios, vive en la humanidad.

viernes, 24 de julio de 2009

De rerum natura, Lucrecio


“Hay en el hombre una fibra de veneración”. La cita es de Goethe. Schopenhauer la recogió en uno de sus aforismos a modo de crítica: Hay personas y cosas poco venerables que el vulgo se encarga de ensalzar, tratando de satisfacer esa especie de instinto que señala la cita. Apuntaba a la nobleza, a las familias reales; apuntaba al dinero.

La vida humana, que se ha vivido tantas veces, ha sabido, con pocas variantes, hacer algo único de cada existencia. Cuando un hombre corona alguna cima del pensamiento o de la acción, los demás se interesan por su vida, y, si no llegan tarde, las biografías resultantes suelen ser amplias y contener detalles microscópicos. Leía recientemente en una revista de música cómo unos investigadores valencianos veían la presencia del plomo en algunas de las composiciones de Beethoven. La estancia del enorme Rimbaud en África, su convivencia con una mujer abisinia, su silencio, no han llamado menos la atención que las jóvenes (pero inmortales, ¿era Bolaño quien asociaba la gran poesía a la juventud y citaba a Rimbaud, y citaba a Lautreamont?) creaciones del poeta de Charleville. Bueno, bueno…

De la vida de Lucrecio se sabe muy poco, casi nada. Vivió en el siglo I a. de C., fue contemporáneo de Cicerón y de Catulo. Se dice que se intoxicó con un filtro de amor y anduvo enfermo de la cabeza (con periodos de lucidez y recaídas) hasta su muerte. Se dice que se suicidó. Joven: 43-44 años. Nos dejó De rerum natura, un título corto para una obra vasta, en extensión y en propósitos.

De rerum natura quiere explicar el mundo en 6 libros. Lo logra, con el arte de los versos. Está dirigido a un tal Memmio y tiene un marcado carácter didáctico. La altura poética y una aguda observación del mundo se unen para formar un libro fabuloso. Se citan nombres célebres. Epicuro y Demócrito (Leucipo no recuerdo haberlo leído) son los que salen ganando; Empédocles, Anaxágoras, Pitágoras, Heráclito son los otros, por los que Lucrecio siente una devoción variable.

Este libro acepta alabanzas que en muchos otros serían exageradas. Cito a Ovidio: “Los versos del sublime Lucrecio morirán sólo cuando un día traiga el fin del mundo”. Cito a Schlegel: “El es el primero de los poetas romanos por inspiración y sublimidad, como cantor y descriptor de la naturaleza el primero de entre todos los que nos han llegado de la antigüedad”. Hay otros que han reconocido la influencia de Lucrecio en sus obras: Séneca, Pope, Diderot, Goethe, La Fontaine, Montaigne, Swinburne, Newton, Bruno, Moliere, Ronsard, Leopardi, Shelley… Una lista interminable.

Muchas veces se ha asociado el ateísmo al pensamiento de Lucrecio. Sin embargo, tienen poco que ver. Lucrecio niega la intervención de la divinidad en este mundo nuestro, no su existencia. Newton dice que esta doctrina (la que cuenta Lucrecio) es antigua, pero verdadera, y señala el error que supone una interpretación atea de la misma. Lucrecio, como Epicuro, como Arquímedes, encuentra el sentido de la vida en la contemplación activa del mundo, en la compresión profunda de la realidad. La percepción de un orden, de cierta arquitectura, eleva el alma humana hasta su cumbre. El miedo se supera, las tinieblas se alejan. Los sentidos pueden explicar todos los fenómenos. Supersticiones, magias, padecen el destierro.

Leí este libro por primera vez hace un par de años. Desde entonces se ha convertido en una obra de consulta. Es un libro profundamente inspirado y regala la paz de los consejos relucientes. Lo digo yo, pero me animaré a copiar unas palabras de Federico el Grande: “Cuando estoy afligido, leo el tercer libro de Lucrecio; es un paliativo para las enfermedades del alma”. Lo abarca todo: desde el nadar de los peces hasta las fases de la luna o el infinito. También el amor, que Lucrecio contempla desde una lejanía amarga. Sobre el tema del libre albedrío, que llevó de cabeza a toda la escolástica, Lucrecio avanzó, defendiendo la libertad humana, una solución cuántica (aunque también es defendible cierto determinismo desde esta perspectiva). Intuye que para la pequeña dimensión de los átomos la cuestión no tiene sentido. Ese mundo es caótico, y frente al caótico mundo de lo mínimo, la unidad de conciencia se contempla como libre. El mérito de la idea es de Epicuro, quien consiguió de este modo aceptar las tesis atomistas rechazando su determinismo.

Este libro es un portento único en toda la especie humana. Dicha especie, en contra de lo que podría pensarse, no siempre busca lo mejor: busca lo nuevo. No hay otro modo de explicar la perpetua ausencia de Lucrecio (y de algunos otros) en las listas de los libros más vendidos de cualquier país. Han habido esfuerzos notables para que todos los hombres conocieran este poema. Bergson, por ejemplo, realizó una edición escolar con un selección de textos explicados.

De rerum natura despierta un sentimiento de veneración. Su lectura es tan ágil, tal alta, tan placentera, que yo he recordado estas noches de julio los saltos infantiles de las camas elásticas.

martes, 14 de julio de 2009

Las aventuras del valiente soldado Svejk, Jaroslav Hasek


Pongamos que Kafka y Hasek tuvieron un amigo en común. En algún momento, dicho amigo fue detenido por alguna bobería, delatado por algún desconocido envidioso o bromista. ¿De qué se le acusa? No se sabe. Nada puede esclarecerse, es inútil: en determinadas épocas el crimen de los presos no es otro que el de ser hechos presos. Así empieza El proceso (que es un libro en el que no se sabe qué es de Kafka y qué es de Dostoievski), así empiezan Las aventuras del valiente soldado Svejk. El amigo en común pudo ser cualquier habitante de Praga, pero también Crimen y Castigo (a Raskolnikov le pasa algo similar unos años antes).

Kafka y Hasek vivieron ambos en la capital de la República Checa de hoy, nacieron en 1883, vivieron los mismos años (±1), a los dos se los llevó la tuberculosis y sus respectivas obras resisten el paso de los tiempos (hoy tengo la sensación de que el tiempo, si existe, es plural). Sin embargo ahí acaban las coincidencias. Kafka buscó el silencio de la soledad, Hasek prefería las ruidosas tabernas; Kafka era vegetariano y abstemio, Hasek durmió, resacoso, a la intemperie; Kafka era un hombre con problemas, Hasek no tanto, pero se los buscaba.

Las aventuras del valiente soldado Svejk es un libro repleto de vida. Muchos de sus personajes son reales, con el agravante (hoy ya atenuado) de que también lo son sus nombres propios. El autor quiso publicar seis volúmenes, pero su muerte temprana le impidió los dos últimos. El que reseño es el primero, que se desarrolla en la retaguardia de la Gran Guerra.

Svejk es un vendedor de perros que es hecho preso después del asesinato de Sarajevo (qué nombre más bonito Sarajevo). En esos momentos todos son sospechosos de conspiración. Su locuacidad, su estupidez, que él mismo hace servir como carta de presentación, le hacen superar problemas frente a los cuales otra gente sucumbe. Sus comentarios, sus peculiares historias, iluminan con humor la triste época que le toca vivir. El resultado es un crítica gigante contra todo el sistema imperialista y burocratizado que no ha parado de crecer desde entonces, aunque se simuló su destrucción.

Svejk, en la guerra, se burla de la guerra; como ayudante de un capellán castrense se burla de la religión, como asistente de un oficial se burla del ejército; como persona, por mucho que sea tonta y lo diga, se burla de la estupidez absurda de los hombres.

Hasek interviene de forma directa algunas veces, generalmente al principio de los capítulos, con una seriedad que contrasta con el ambiente jocoso de la novela. Son irrupciones acertadas, que aportan una fuerte carga dramática. Esto hace que la risa, que puede ser frecuente leyendo este libro, surja un tanto cargada de tristeza. Por ejemplo, antes de un capítulo desternillante puede leerse esto:

“Los preparativos para llevar a la gente a la muerte siempre se han hecho en nombre de Dios, o de algún otro supuesto ser supremo que le humanidad haya imaginado.
Antes de que los antiguos fenicios cortaran el cuello a un prisionero de guerra, celebraban un pomposo rito de culto sagrado. Algunos milenios más tarde, las nuevas generaciones harían lo mismo antes de ir a la guerra y matar a sus enemigos con espadas y armas de fuego.
Los caníbales de las islas de Guinea y de Polinesia hacen sacrificios a sus dioses y ejecutan una gran variedad de rituales religiosos antes de devorar festivamente a sus prisioneros de guerra, o a las personas inservibles como los misioneros, los representantes comerciales o los que simplemente son curiosos. Como la cultura de la casulla todavía no ha llegado a los lugares donde viven, se adornan las nalgas con guirnaldas hechas de las coloridas plumas de los pájaros de la selva.
Antes de quemar a sus víctimas en la hoguera, la Santa Inquisición celebraba la más solemne de las ceremonias religiosas, la sagrada misa cantada.
Los curas siempre han desempeñado un importante papel durante las ejecuciones, al importunar a los culpados con su presencia. En Prusia es un pastor quien lleva al pobre condenado hasta el hacha. En Austria, un sacerdote católico lo conduce a la horca; en Francia, a la guillotina; en América, a la silla eléctrica; en España, al garrote. Y en Rusia, un pope barbudo lleva a los revolucionarios a la muerte.”


Luego sigue Svejk y las sonrisas, pero ya está dicho.

En los discursos de Svejk saltan como chispas frases de una lucidez desorbitada: “A nadie nunca le han importado los inocentes” (Hannah Arendt demostrará después de la 2ª G.M. cómo los apátridas criminales tenían derechos, pero por ser criminales, y millones de desplazados sin delitos quedaban atrapados en esa pesadilla de no saber si existían); “Si todos fuésemos siempre honestos con los demás, pronto nos estaríamos matando los unos a los otros”; “Lo que me gustaría es cómo van a ser ahora, con la guerra, los entierros militares”…

Resumiendo: excelente libro que recomienda la lectura del los tres volúmenes restantes (disponibles en lengua castellana desde el año pasado). La clase culta de la época consideró que poseía un lenguaje vulgar y lo desdeñó. Sin embargo fue un éxito rotundo precisamente por ser claro, vulgar, por hablar como hablan todos. Este libro cuenta lo que cuenta (recurro a la tautología para liberarlo de las garras de la hermenéutica). Lo que es susceptible de ser interpretado es susceptible de ser monopolizado. Esto es lo que suele gustar a las élites, que tanto ensalzaron (esta vez con razón) a Kafka, que ostenta el triste récord de provocar el mayor número de sandeces gestadas en cabezas supuestamente capaces.

Hasek combatió en los dos bandos de la Gran Guerra, fue vendedor de perros, escritor, fundador de un partido (Partido del lento progreso dentro de los límites de la ley, se llamaba), se casó dos veces y pasó parte de su vida en Rusia. Notó el sinsentido de las guerras, lo absurdo de las pretensiones humanas, se burló en cuanto pudo de todos y de todo, pero lo hizo con seriedad, lo hizo bien. Mantuvo la cordura necesaria para escribir una obra memorable en una época difícil, en la cual un poeta exclamaba (se trata del Himno al odio, de Heinrich Vierordt, y sale en el libro):

Amontonemos los huesos humanos
y las carnes aún calientes
hasta sobrepasar las nubes y las cimas de las montañas.

Que juzgue el lector la tristeza de estos versos y, si quiere, la cosa completa:

http://books.google.es/books?id=o2rGLwhXIaUC&pg=PA34&lpg=PA34&dq=heinrich+vierordt+poet+german&source=bl&ots=7hWh3fYvuP&sig=zDeNYXEGEORw39Y0eaGLWlwI88Q&hl=es&ei=QHpcSsKSCY-MjAfmzeXRDQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=3

Hay formas muy tristes de ser recordado.

jueves, 9 de julio de 2009

La despedida, Milan Kundera


La literatura de Milan Kundera es grata y reconocible (si no es el primer libro que se lee de él). La despedida data de 1975 y es su tercera novela. A un jurado italiano le pareció el mejor libro publicado ese año en su estirado país.

La historia se divide en cinco partes (cinco días) y se desarrolla en un balneario de la antigua Checoslovaquia, entonces bajo un gobierno comunista. El balneario es una especie de refugio donde apenas llegan ecos de la problemática social de aquellos años en esa patria desaparecida. Es, pues, un islote social donde confluye gente acomodada o rica, algunos extranjeros. Hay que decir que la clientela es mayoritariamente femenina: el balneario ofrece tratamientos de fertilidad.

Cada uno de los días o las partes se divide en diversas entradas numéricas, de extensión variable, que evitan transiciones innecesarias y delinean el interés de la trama. La mayoría de estos pequeños capítulos son diálogos aunque hay también algún monólogo interior.

La despedida nos habla de la infidelidad, del aborto, de los celos, de la hipocresía, de la indiferencia, de la muerte, de la indiferencia de la muerte. Entre los personajes, que son pocos, hay más hombres que mujeres. Hay uno especialmente conseguido, el Dr. Skreta, el médico del balneario, un vividor con una peculiar forma de entender la vida. Es el verdadero eje de la historia. También están Klima (un virtuoso de la trompeta) y su mujer; Bertlef, un americano enfermo que vive prácticamente encerrado en el balneario; Jakub y su “ahijada” Olga; Ruzena, protagonista, empleada del balneario, y Frantisek, un novio suyo. (Si Ruzena se hubiera llamado Rutena, como esa nación antigua y desperdigada, cabría una interpretación simbólica llamativa que convertiría a Kundera en un profeta.)

Como otras veces, el autor se revela un experto en esa espeleología del alma que tantos han evitado o han atacado sin éxito. Pero esto, en su caso, tiene algunos tristes efectos: Kundera sabe de qué quiere hablar en todo momento, sabe lo que quiere decir él. La forma en que el lector percibe esto resta espontaneidad a los personajes, les quita vida. La historia como tal se queda acartonada como una orden. Es, quizá, demasiado rígida, demasiado tensa para no dudar en algunos momentos, pero esa intransigencia de Kundera tiene también algo positivo que no sé precisar.

Ignoro si Kundera pensó en algún momento lo mismo, pero en La insoportable levedad del ser, que es magistral, estos defectos, aunque permanecen, están ya a dosis bajas de medicamento o se han convertido en virtudes. Lo logra con una mayor carga filosófica, evitando diálogos, aumentado esos incisos rescatados de páginas perdidas o que la gente, por regla general, no ha retenido. Ya están en La despedida: San Simón el Estilita, ese hombre empeñado en vivir sobre una columna; San Lázaro (Zographos), que fue un pintor bizantino a quien se le prohibió pintar (como a aquellos brahmanes expulsados de la sociedad por su amor a la música de La ajorca de oro); Herodes (como Bulgakov en El maestro y Margarita; qué grande Bulgakov).

En la novela se dicen grandes verdades y grandes mentiras. Pero no agobiaré al ocasional lector de estos apuntes. Me quedo con una reflexión valiente cuyo tema (que desmenuzó Canetti) no suele ser habitual en las novelas: “El alma de la masa, que en tiempos se había sentido identificada con los míseros perseguidos, se identifica hoy con la miseria de los perseguidores”.

En fin: la novela nos deja sensaciones positivas (pero no nos vuelve mejores), un rato tristes y la sensación de habernos sublevado contra ese personaje, ese insulto.

Si yo hubiera sido amigo de Kundera y me hubiese pedido consejo, hubiera hecho todo lo posible por evitar la comparación de Jakub con Raskólnikov.

martes, 7 de julio de 2009

Foe, J. M. Coetzee


Robinson Crusoe, Ulises, Don Quijote, Sherlock Holmes, Fausto… la lista larga pero finita de personajes imaginarios que pasan de una generación a otra sin que el tiempo les afecte. La altura mítica de estas creaciones, unas más, otras menos, acaban conformando el imaginario colectivo, ya no mediante la lectura de las obras sino mediante el poder de las imágenes que se han desprendido de sus páginas. La vida solitaria de un hombre en una isla, el retorno de un guerrero a la patria después de la victoria, la confusión de la realidad y la ficción por parte de un hidalgo…, una vida cualquiera, si es vivida con atención, se solapa con estos grandes personajes, con estos grandes símbolos. Por eso la buena literatura tiene lo suyo de ritual iniciático.

Foe (su nombre ya nos revela algo) es una novela-satélite en torno a Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Pero saca a relucir temas que no pueden intuirse en la novela de Defoe. Robinson Crusoe habla de la supervivencia, la soledad, la religión y el destino (quizá en orden inverso); Foe habla de la creación, el lenguaje y la soledad.

Susan Barton (nótese la ironía del apellido) naufraga en la misma isla que Cruso, es acogida por él y por Viernes, vive con ellos cerca de un año y es rescatada por un barco que los lleva de vuelta a Inglaterra. Cruso muere en el viaje de vuelta. La mujer decide contar su historia, pero para ello recurre a un escritor, pues ella se ve incapaz de levantar una obra literaria con la monotonía vivida en una isla perdida del Pacífico, donde todos los días son un día. Ella lo dice así: “…porque aunque mi historia explica la verdad, no explica la sustancia de la verdad”, lo cual nos remite a aquello que dijimos en la reseña de Contra Apión.

El libro tiene cuatro partes: el relato de los acontecimientos de la isla de Susan Barton, los correos que ésta le escribe a Foe (que se encuentra escondido: Defoe fue espía) a fin de puntualizar algunos puntos de vista o sugerir novedades que se revelan a posteriori, un encuentro y diálogo abierto con Foe, un tributo a la inmortalidad del propio Robinson Crusoe.

Coetzee es un maestro de la escritura. Hay muchas páginas que supondrían un grave peligro para otros escritores, pero Coetzee sale del paso con una soltura poco habitual. Hay una sensación de ejercicio a vuelapluma, muchas veces sobre la cuerda floja del sentido, pero una y otra vez el libro es capaz de cruzar el vacío amenazante. Esto aporta a la obra gran ligereza, pero a la vez hondura en los temas que abarca.

La historia de sus páginas no es relevante, de hecho está reducida a la mínima expresión. Las reflexiones que sugieren el mito de Crusoe sí. Y aunque están escritas no pueden acabarse porque apuntan directamente al acto creativo, al acto literario.

Aparte de la de Susan Barton hay más ironía en los nombres: Foe es Defoe, Cruso es Crusoe, pero Viernes es Viernes. No sé qué motivos puede haber en un sudafricano para mantener, únicamente, el nombre de Viernes. Deben de haber muchos que se me escapan, quizá no haya ninguno en especial. Lo que yo intuí me pareció brillante, o más: resplandeciente.

Edmond Rostand supo que viviría siempre a la sombra de Cyrano. Defoe también lo supo y más de una sonrisa de entendimiento se le debió escapar en sus últimos años pasados entre la penuria y el olvido. Es lo que suele pasar a los creadores de los grandes mitos: sus creaciones acaban siendo de todos. Como si a Prometeo lo castigaran los hombres, no los dioses.

martes, 30 de junio de 2009

La dalia azul, Raymond Chandler


Raymond Chandler creció y se educó en Inglaterra. Acabó viviendo en California, y mucho del dinero que ganó como escritor provenía de las cuentas de Hollywood. Su carrera literaria se inició tarde y en el género negro. Primero escribe relatos breves, luego novelas que son, muchas veces, extensiones o ampliaciones de los relatos ya publicados. Fue el creador del detective Philip Marlowe, que figura en todas la antologías de la novela negra.

La dalia azul es un relato no terminado que en determinadas circunstancias (que no nos incumben) la Paramount trata de llevar a la pantalla. Raymond Chandler tuvo sus problemas para terminar el guión, aunque lo logró finalmente con una permanente y medicalizada borrachera. Todo eso se cuenta en el prólogo o en una especie de introducción del productor (creo). Apuntala la extravagancia del escritor, pero en la Literatura lo extravagante es no ser extravagante.

La escritura de Chandler es clara y ocurrente (quizá no puede ser de otro modo, porque este libro es un guión). Sabe dejarnos pensativos con frases de personajes superficiales; sabe trenzar el chiste fácil hasta convertirlo en pensamiento. Pero esto, aunque loable, es común en el cine de la época.

Cuando alguien escribe no sólo escribe, también se deja él mismo en lo que trama. Los que aman la Literatura saben a lo que me refiero, quizá también los seguidores de Nonaka y Takeuchi que investiguen sobre el conocimiento tácito y explícito en empresas, organismos y demás. En esto es en lo que Chandler no es normal. Chandler calla muchas cosas: algunos de sus silencios son rituales del cine; otros, en cambio, son cápsulas de significado brutales. Chandler sabe mucho más de lo que cuenta. Sabe mucho más de lo que no hay forma de contar. Entre palabras y líneas, uno empieza a tener la sensación de estar leyendo a un buen hombre, a un gran hombre. El que lee acaba disfrutando a partes iguales de la historia y del escritor.

Por lo demás, el guión presenta importantes errores en puntos clave. Es posible que se deba, en parte, al truculento modo de llevarlo a cabo. (No sé qué organismo de los EEUU prohibió que el asesino fuera el asesino, y las cosas se cambiaron.) Por otras causas a Stendhal (por señalar un ejemplo, aunque hay a docenas) también le fastidiaron el final de La cartuja de Parma.

Lectura entretenida que no nos obliga a visualizar la película, pero sí a leer más libros de Raymond Chandler y a esta inesperada reseña.