Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de julio de 2011

Vicio propio, Thomas Pynchon


A la gente le gusta despeñarse. Algunos reducen a la mínima expresión los mecanismos de control que actúan sobre el vuelo. Más ahora, con déficits tremendos de atención y de silencio, cuando la no siempre cierta promesa de una larga esperanza de vida mayora, sin especias, las aceleraciones con que atraen los abismos a sus víctimas calientes.

Hay fenómenos gravitatorios en los deseos. Hombres-pluma rodando hacia los centros de su animalidad, olvidando (en el mejor de los casos) los cansados milenios de la especie, guardando en un cajoncito del despacho la pistola schopenhaueriana del disgusto irresoluble. Directos al penúltimo círculo de Dante, este tipo de zombis cuaja sombras en cada paso dado, crea enemigos grandes como los gigantes de las tablillas sumerias o del Génesis o de... Bueno.

La obra de Pynchon, aunque a veces despiste con los siglos y los años, es siempre actual y subversiva. Lo que ocurre es que Pynchon conoce muy bien el género (el humano, la novela). Sabe que las infinitas combinaciones genéticas de nuestra especie producen un número reducido de posturas vitales; sabe que la mayor parte de las noticias de nuestros periódicos y telediarios apenas hay sufrido variación, en su fondo, a pesar de los siglos.

Pynchon es un juerguista de la observación y la vida le gusta. Eso se nota en la vitalidad de sus personajes, que rebosan humor y esa temporal sabiduría que otorga la salud. Así es Doc, el detective, el personaje principal de Vicio propio (término legal que recomiendo aclarar antes o después para que dé su luz a la lectura). A Doc se le pierde la novia en la billetera de un multimillonario poco después de que el Hombre (si no mienten) pisara la Luna. Shasta, que así se llama, busca a su ex para proteger a su tipo: cree que a su rico amante le espera una trampa de su esposa. Este sencillo argumento inicial llevará a Doc a un largo paseo por el laberinto del alcantarillado de los homínidos bobos: la prostitución, las drogas, los paraísos fiscales, la colaboración de las instituciones democráticas con las mafia... La novela va escalando peldaños hasta lograr la plena identificación entre los poderes oscuros de la oscuridad y los poderes limpios de la oscuridad. El mecanismo no es nuevo.

Doc, a ratos héroe y a ratos antihéroe, conseguirá pasearse entre conspiraciones y música maestra (Pynchon ya nos ha dado antes otras bandas sonoras) sin convocar a la muerte. No tiene grandes motivaciones para acercarse al peligro, pero no teme (y eso es una forma de confianza) al azar. Sabe que su miseria no es mayor que la de aquellos que la motivan, y en eso anda: viviendo por vivir entre drogas e iluminados, entre absurdos y mequetrefes, cuyas caricaturas, esta vez, se semejan a meras fotografías.

Vicio propio es una de las obras más asequibles de este autor, pero no de las mejores. Hay un sacrificio del mejor Pynchon en estas páginas para obtener el mejor Doc y un ritmo rápido de tarantela popular. Es quizá necesario para un justo homenaje a la novela negra americana. El lector místico (el que ve lo que no está escrito) percibirá la potencia de la mirada Pynchon, sentirá que el género negro se le queda corto, que se calla, que se inhibe. Acabará prefiriendo, eso sí, al autor de Mason y Dixon, de El arco iris de gravedad; el mismo que vuela con cálculos que no se corresponden con los números de Bernoulli, el que la gente se queja de no entender, ese afilador de la atención que enciclompendia la Literatura. Vicio propio es, casi lo firmaría, un aperitivo de balneario para lo que nos espera a los pacientes. Ya veremos.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El lago, E.L. Doctorow


Este verano me dio por releer esta obra de Doctorow. Recordaba muy poco, casi nada de lo que pasaba por estas páginas que tenía, un día tras otro, justo detrás de mí y a la altura del lóbulo izquierdo de mi oreja. La juventud, la inercia de algún sentimiento obsesivo o desatento no me impidieron entender (aquella primera vez) que me perdía mucho. Todo hubiera quedado ahí, pero frente al ordenador todavía pienso, es decir, cambio de posición, y siempre me encontraba con EL LAGO (justo encima del rombo seccionado de Argos-Vergara), y yo tuve siempre esa tendencia infantil a abrir los aparatos de radio y los ojos de aprender.

Años 30. La Gran Depresión en EEUU. Personajes absurdos con variable poder adquisitivo, con una lucidez intermitente producto más que nada de la probabilidad, escriben esta novela coral que rezuma ironía, inteligencia, humor y acrobacias posmodernas. Desconcertante al principio, la novela no tarda en merodear el entusiasmo del lector. Diálogos a ciegas, poemas exagerados llenos de verdades y humor, párrafos de una genialidad sobrecogedora, situaciones grotescas que obligan por contraste a mirar a lo lejos. Lectura rápida y placentera como pocas.

Mención aparte haré de Clara, uno de los personajes, que Doctorow retrata en tres párrafos distantes con una precisión de reloj atómico.

“Creo que era inconsciente de su don, del hecho de que su presencia ocupaba un gran espacio moral a su alrededor, aunque era sorprendentemente menuda, el cuerpo de huesos pequeños con hombros angostos. No había nada imponente en ella excepto la alarmante dimensión de sus estados de ánimo.” (Nótese que la descripción física deviene mera apostilla de la otra).

“Siempre era así, intensa y directa con aquello en que se fijara aunque fuera un insulto para todo lo demás. No era esnobismo ni nada semejante… de hecho ella no era consciente de su interés por una situación y creo que aquél era el núcleo de su fuerza y de su efecto. No entendía nada de cortesía en el sentido de que no se sentía sujeta a ella. Proclamaba sus sentimientos y sufría las consecuencias.”

“Clara tenía una visión despiadada del mundo. Carecía de principios visibles. Cada uno de sus estados de ánimo y de sus sentimientos era intenso y fiel a sí mismo… aunque no al anterior ni al posterior. Se encendía y se apagaba como las horas del día.”

Y luego el humor desatado en torno de Warren Penfield… yo casi me llamo así. Qué grande Doctorow. Da cierta pena hablar de un libro difícil de encontrar, porque el énfasis por compartir acaba obstaculizado por las rudas tareas de la edición, la distribución, y cosas similares. Ahora lo pienso y casi se me van los ánimos, pero la Transformada de Laplace también tiene inversa. Porque vuelvo a repasar el libro y me encuentro con algunas frases subrayadas:

“No sabría explicar qué quería yo de la pobre Libby pero todo lo que hacía era para conseguirlo.”

“Cuando no eres nadie y no tienes nada, dependes de tus desgracias para respetarte a ti mismo.”

“Me he pasado la vida entendiendo sentimientos, sí, los míos y los de los demás, a eso me dedico, eso es lo que hacen los poetas, eso es lo que se supone que hacen los poetas.”

“Ni una sola vez reflexioné en la forma peculiar de plegarse a mis deseos que tenía la vida en los últimos tiempos.”

“Pasamos por puentes de hierro con suelo enmaderado recuerdo ríos congelados con remolinos de espuma amarilla recuerdo bosques enteros de siemprevivas cristalizadas en hielo, luz pulverizada, tuve que atarme un trozo de cartón sobre los ojos para ver el camino.”

Inolvidable novela de este viejo profesor que sigue (eso sí pueden comprobarlo) en buena forma. El aire decadente de sus personajes se funde con la percepción de un espacio vasto como el mapa de su patria (la de ellos, o la de él). Desde la fealdad y lo rocambolesco Doctorow tiende un puente por el que pasa un hilo de inteligencia última. Que... ¿adónde va? Al lector, claro, al lector.

martes, 1 de junio de 2010

Hambre, Knut Hamsun


Era una noche de marzo. Después de mucho tiempo volvía a ver a B, a C y a R (altero el orden inicial porque me salía un modelo antiguo (por lo menos) de Honda). En algún momento próximo al inicio R dice tienes que leerte a Knut Hamsun. Knut Hamsun, Hambre, tío, dice. Y no fue la última vez, lo arrastró toda la noche hasta la despedida, apuntó ese nombre del norte en la libreta que llevo, salvo despiste, cerca.

Cuando volvía a casa estaba tan familiarizado con el autor que sin duda lo había leído. Hubiera hablado de Knut Hamsun sin temblores delante de quien fuese. Al menos de ese libro: Hambre. Y ya entonces lo hubiera puesto por las nubes. La verdad hubiera quedado arrollada por la inercia que provocó el énfasis de R.

Hambre apareció de pronto en alguna plaza del Rastro de Madrid. Empezó a deslumbrarme con sus letritas doradas (aquella colección de “autores Nobel” de Orbis) tumbado en una de esas cajas de plástico que fueron fabricadas para albergar pimientos, lechugas, melocotones, todo eso. Sé que me acordé de Winkler y que me llevé unos cuantos de esos “libros Nobel”.

No tengo mucho que decir de este libro, es decir: la genialidad de las obras de arte me provoca algunas veces cierto desinterés, cierta pasividad placentera. Me pareció magistral. Sentí un par de altibajos durante la tarde que duró la primera lectura. Puede que fueran maniobras de vuelo del autor, o puede que me afectara el mal de altura durante algunos momentos. Lo último fue lo que me pareció la segunda vez que lo leí, pero ninguna lectura es definitiva. Magistral dije, ¿no?, eso: magistral.

Más tarde, ya pensando en comentar este libro en este blog, consulté algunos libros, merodeé por internet. Vi ese año: 1890, cuando apareció este libro. Sentí la prisa cerebral de la reordenación, casi no era posible.

Que este libro pertenezca al siglo XIX es casi imposible. Es casi un milagro que en mil ochocientos ochenta y tantos alguien escribiera algo así:

“Dios había metido su dedo en la red de mis nervios, y discretamente, al pasar, había embrollado un poco los hilos. Dios había retirado su dedo y en él habían quedado fibras y finas raicillas arrancadas a los hilos de mis nervios. Y en el sitio tocado por su dedo, que era el dedo de Dios, había un agujero abierto; y en mi cerebro, una herida hecha por el paso de su dedo. Pero después que Dios me tocó con el dedo de su mano me dejó tranquilo y no volvió a tocarme, ni permitió que me sucediera ningún mal. Me dejó ir en paz; pero me dejó ir con el agujero abierto. Y ningún mal me ocurrió por la voluntad de Dios que es el Señor de toda Eternidad…”

A partir de este párrafo se podría escribir un seminario sobre la Literatura del siglo XX. Hay claras referencias a autores posteriores, a grandes autores que todavía no habían nacido, y no sólo en ese párrafo. Citarlos ahora sería algo demasiado vago. Cuando lo lean, si todavía no lo han hecho, lo sabrán, y muchos mejor que yo.

Hamsun cuenta la vida de un escritor sin recursos. Sólo le queda su talento, pero éste apenas puede prestarle una digna manutención. De algún modo la fatalidad no le deja hacer otra cosa que escribir, y cualquier intento por normalizar su vida es vano. Vive pendiente de la aceptación de sus artículos en algunos periódicos. Su moral resiste hasta en las situaciones límite, y su moral le lleva a situaciones límite. Vive en Cristianía, el pasado de Oslo. No tiene dinero, pasa hambre, apenas tiene fuerzas para escribir, pero (proverbio chino) “cuando la flecha está en el arco tiene que partir”.

Llama la atención la incomunicación entre el personaje y la sociedad que lo rodea. El lector es el único que comprende al personaje. Knut Hamsun entabla con nosotros una complicidad que no puede olvidarse. Los párrafos se suceden con ráfagas de humor y de ironía. Uno entiende mucho más allá de lo que dice, y en muchos sentidos (esta vez sí) esta novela es nuestra. (Sentí una rara sensación de control, y detrás la seguridad de que no sería el único.)

En medio del proceso de destrucción personal a que se ve sometido el narrador de este libro, también cabe el amor. Un amor desaforado y cínico, rozando lo animal y lo simbólico a partes iguales.


Hace poco compré Victoria, otro libro de Hamsun. Lo adornaba una cita de Thomas Hardy (¿o era Bashevis Singer?) y era algo así: “Knut Hamsun es la base de la Literatura del siglo XX” (pero yo ya había escrito lo anterior). En realidad los capaces de hacer este tipo de afirmaciones respecto a este autor fueron muchos y muy grandes, pero Hamsun cometió un “error” lógico: regaló la medalla del Nobel a Goebbels. Noruega, su país, lo consideró un traidor y un nazi (no hay en todo su patria una calle con su nombre).

No existe una correlación entre la grandeza de una obra y la grandeza de su autor. Verdaderos malvados escribieron obras inmortales. Hubo santos enormes que no pasaron de la medioridad. Imagínense que se juzgaran las obras de Dostoyevski a partir de las virtudes que cultivó en su vida... Los caminos del genio no son nunca lineales: un nazi pudo escribir obras inmaculadas. Tengo los estantes llenos de mitómanos, esquizoides, iluminados, virtuosos, locos. Al Arte le gustan muchos, afortunadamente.
Y Hamsum incluido.

Mi Hambre es una traducción de la versión inglesa. Ahora ya es posible leerlo (así como otros libros del autor) con traducciones directas del original.

Hace poco, ustedes entenderán, releí El guardian entre el centeno... Salinger se sabía Hambre de memoria.

De nuevo esa pasividad. Gracias, R.

domingo, 3 de enero de 2010

Amuleto, Roberto Bolaño


Esta novela breve descansa sobre esos personajes perdidos en medio de nada mexicana (esos personajes de Los detectives salvajes), impregnados de Literatura, pero rotos de tal forma por la vida que la mínima posibilidad de una gloria futura parece una torpe ironía del destino. Son personajes que, de algún modo, sobreviven a su propia miseria: en ellos se materializa la antigua doctrina griega del páthei/máthos, y es el propio dolor el que termina siendo una fuente de sabiduría, o, al menos, el que aúpa y legitima unos caracteres que la Historia suele tragarse sin conmiseración.

Amuleto gira en torno a los sucesos ocurridos en México en la segunda mitad del 68, cuando el ejército ocupó la UNAM. Auxilio Lacouture, una uruguaya que terminó viviendo en México, nos cuenta la novela (que es un monólogo). Sus peripecias giran en torno a la poesía y la indigencia. Cuenta que fue la única que resistió la ocupación del ejército en el interior de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y acabó convirtiéndose en una especie de baluarte que impidió la completa aniquilación de la autonomía universitaria. Lo recuerda una y otra vez: porque el final, alegórico, refiere los asesinatos de Tlatelolco, que fue la salida natural de toda aquella locura militar. “Allí yo no fui, yo no pude ir…”, dice Auxilio cerca del principio, pero esa frase justifica, en una personalidad bastante simple, las tiernas visiones polares del final.

La prosa de Bolaño es irregular, pero rápidamente irregular, y eso camufla bastante lo que tendería, de otro modo, a alternar el tedio con el gozo. Porque eso sí, cuando a Bolaño le salen las cosas le salen como perlas. Algunas de las descripciones del DF pueden dejarnos sin aliento. El capítulo 12 es magistral. Pongamos este trozo:

“Así que Coffeen se quedó petrificado en su gesto que me invitaba a marcharme y yo me quedé petrificada en el sofá, mientras mi mirada se paseaba por el suelo, por los muebles, por la pared y por la figura del mismo Coffeen, en el gesto típico de quien está a punto de acordarse de algo, un nombre en la punta de la lengua, un pensamiento que se empieza a gestar en medio de descargas eléctricas y ríos de sangre y que sin embargo permanece como entre sombras o informe, atemorizado de sí mismo o atemorizado del engranaje que lo ha puesto en marcha, más bien atemorizado del efecto que ineludiblemente va a causar en el engranaje, pero que por otra parte no puede retrasar el encuentro, la salida, como si la palabra Erígone repetida hasta conformar una suerte de fórceps lo fuera sacando de su cueva en medio de berridos y risas involuntarias y otras atrocidades.”

Hay luego ese sentimiento descorazonador y desasosegante que tenía la pluma de este autor. Yo no sé si es un logro o un defecto. Lo cierto (para mí) es que no logra esa inversión pacífica y purificadora de las obras maestras. Temo (es un decir) que si algún día el olvido lo reclama sea ése el principal motivo.

Por mi parte, aunque no considere una urgencia la lectura de otro libro de Bolaño, haré por que el azar, dentro de un tiempo, me ponga en las manos otra de sus obras.

martes, 22 de diciembre de 2009

Mason y Dixon, Thomas Pynchon


Alguien (yo sé quién) me recomendó a este autor entre otros muchos. En mi vida había oído su nombre: Thomas Pynchon. Compré un par de libros (esta vez no sé a quién le habían parecido los mejores, pero le hice caso): “El arco iris de gravedad” y “Mason y Dixon”. Empecé a leer el último y me trastornó tanto que todavía ahora, andando por la calle y sin ningún motivo, digo o mi boca pronuncia “Thomas Pynchon”, y me quedo o se queda tan pancha.

“Mason y Dixon” es una obra de arte tan grande que podría votarse para maravilla del mundo. El narrador principal es el reverendo Wicks Cherrycoke, un hombre que había compartido muchas horas con Mason y Dixon y que, al llegar tarde al funeral del primero, decide pasar unos días en casa de un familiar, de una hermana. Por alguna razón no es bien recibido y Cherrycoke empieza la historia para entretener a los niños, confiando en que esta difícil tarea disminuya la aspereza con que es recibido en esa casa. Parece funcionar, y lo que en principio se cuenta a los niños también lo escuchan los mayores que son, entre idas y venidas, los que acaban de escuchar todo el relato.

Las características del relato varían en función de quién lo está escuchando. En la primera parte, cuando Cherrycoke se dirige a los niños, los elementos fantásticos son más radicales, pero no nuevos. Hay, por ejemplo, un perro que habla. Leo que algunos se extrañan, como si no hubieran leído “Las mil y una noches” (este libro le rinde culto al que arma Sherezade). Cuando el auditorio aumenta su mirada se centra en un oyente más suspicaz y las paranoias se suceden. Las auroras boreales son maquinaciones jesuíticas para comunicarse con Roma (estamos en América), aparece el mito de la Tierra hueca (por extraño que parezca, hay todavía gente que cree en esto), la quimera cabalística del golem… Luego (o antes, ya no sé) un par de mujeres de la familia intervienen y el relato se pone un poco más dulce, o un poco más erótico… No sigas, llegan a decirle al reverendo, los niños todavía están delante, al menos uno. Otros personajes también nos dejan algunas páginas, como Lee Spark, o el propio autor.

La novela tiene dos partes y un epílogo. La primera parte ocupa unas 300 páginas y transcurre en Sudáfrica. En un artículo de El Cultural del año 2000 (http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/2312/Mason_y_Dixon), Jordi Fibla (que sabe mucho más que yo, y a quien agradezco infinitamente su Historia de Genji) cuenta que la escribe el peor Pynchon. La verdad es que siento no estar de acuerdo. En esta parte se fragua la compleja estructura de la novela, aquí están los cimientos de esta catedral de palabras que nos regala Pynchon. Además: Pynchon demuestra una increíble soltura irónica con la sociedad sudafricana de la época, y la cosa es difícil: cuando las novelas viajan al continente africano suelen patinar en este sentido (me acuerdo ahora de "Los detectives salvajes" de Bolaño).

Jordi Fibla tiene razón, a mi juicio, en destacar la diferencia entre ambas partes. Yo apuntaría que los cimientos de la catedral de Chartres no lucen como sus torres, pero las sostienen. Una vez sentí, al pie de esa misma catedral, la extraordinaria belleza de lo que no se ve, de esos cimientos. Y otra cosa: la novela le costó de construir a Pynchon un par de décadas, y ese desfase temporal se percibe claramente. La complejidad estructural de la primera parte se diluye bastante en la segunda, por esto la novela gana en claridad y el lector en soltura.

La segunda parte desembarca en una colonia inglesa a punto de ser EEUU. Sencillamente: Pynchon juega en casa. Qué poco queda en pie de la heroicidad de la independencia. Qué limpieza de mitos.

Thomas Pynchon apenas reserva lugar para las descripciones. Actos, diálogos y pensamientos conforman unos personajes de acuarela, cuya rara vitalidad raya la caricatura. No hay en estas 1000 páginas lugar para el descanso, todo bulle, todo salta, todo reverbera. Tanto exceso de movimiento maquina nuestro arrobo, nuestra perplejidad, nuestra rendición. La vida, cuando lee esta ficción, cobra complejo de poco, de piedra, de canto rodado.

La obra es, además, una especie de resumen enciclopédico de la Literatura. Pocas modas literarias no están en "Mason y Dixon". Hay muchos guiños que no son casualidad (a Kafka, a Joyce, a Cervantes, a "Las mil y una noches"… por decir algunos conocidos), pero es que, además, todo en esta obra suena a algo. Me callo las pequeñas referencias, porque igual diría alguna sandez, pero podría jugarme los décimos del Sorteo de Navidad, que empezará en unas horas.

El libro no es fácil de leer. Requiere cierto esfuerzo, cierto entrenamiento. En la Teoría de sistemas hay un teorema (no recuerdo el nombre ahora) que explica que frente a un sistema de complejidad creciente, los modelos que predigan el comportamiento de dicho sistema, si quieren tener éxito han de crecer en complejidad. Los grandes escritores, a su modo, son profetas, pero su tiempo suele ser el presente. No predicen lo que va a suceder, predicen (porque lo dicen antes que nadie) lo que está ocurriendo. Y lo que está ocurriendo no es sencillo de explicar. Pynchon está escribiendo acerca del siglo XVIII y está escribiendo en el XX. Basta decir que no pretende, bajo ningún concepto, escribir una novela histórica, aunque de rebote le salga algo parecido.

Algunos pasajes chispean de tal forma que la inteligencia del lector (al menos la mía) parece rebotar, como un diminuto rayo de luz, contra el interior de un cuerpo negro. Semejantes alardes de genialidad son raros en la Literatura, pero más raro es todavía que en esos vapuleos mentales a los que se somete al lector acaben transformándose en películas de lágrima y en irrepetibles éxtasis de placer. En esta especie de brainstorming uno da con “eso”.

Ninguna reseña puede abarcar este libro: yo, con todo lo que he escrito, apenas lo he tocado. Contiene horóscopos, el tránsito de Venus, locos jesuitas, indios, asesinos de indios, confabulaciones, asombrosos relojes, astrolabios, la aplicación del feng-shui a gran escala, pararrayos, marihuana, mediciones, noches en vela, fantasmas, esas semillas del totalitarismo que fueron las sociedades coloniales, la isla de Santa Helena…

Copio a continuación algunos momentos vibrantes:

“Estos tiempos son testigos de la corrupción e inhabilitación de la antigua magia. Promotores, intermediarios, aseguradores, buhoneros a escala global, empresarios y charlatanes, estos son los últimos pobres caídos e incompetentes herederos de un conocimiento que ya no se puede usar, salvo al servicio de la codicia. La próxima rebelión les pertenece a ellos, a Franklin y a esa gente, y que el cielo nos ayude a los demás si tienen éxito.”

“En esta época estas gentes creerán lo que gusten. Es por su fe en el ingenio mecánico, cuyos procedimientos serán siempre misteriosos para ellos.”
“Y es posible que los hombres de ciencia no sean más que simples instrumentos de los otros, y que no tengan más idea de lo que se proponen hacer que la idea que un martillo tiene de una casa.”


“El modelo en el que debemos inspirarnos es el del encarcelamiento. Los muros serán el futuro. Al contrario que los muros diseñados por el Anticristo chino, éstos seguirán líneas rectas. El mundo está cada vez más inquieto. Ya no se tiene fe en la autoridad sin coacciones, ya sea fe religiosa o seglar. ¡Qué pena! Si no podemos suscitar amor, aceptaremos la aquiescencia; si no podemos obtener aquiescencia, levantaremos muros. De la misma manera que un muro, proyectado sobre la superficie de la Tierra, se convierte en una línea recta, así descubriremos que, mediante la colocación de tales líneas, podemos dar forma a cuanto necesitemos, así sea la cabaña de un agricultor como una gran ciudad matriz…., reglas de precedencia, rutas de aproximación, líneas de avistamiento, flujos de poder…”

“El guerrero no debe elegir su camino a la ligera como elige una joven un vestido.”

“En última instancia la fe de un soldado debe descansar en la impureza de sus propios deseos. ¿Qué puede desear Hansel que Heinz, que va delante de él, y que Dieter, detrás, y el par de Fritz que van a cada lado, no hayan deseado ya, multiplicado por toda la tropa que se despliega por la planicie? Todos desean a la misma rubia que vive calle abajo, la misma jarra de cerveza, la misma bolsa de oro entregada por algún gnomo, sin haber hecho nada para ganarla. ¿Quién posee una originalidad inimitable? ¿Quién no es propiedad de alguien? ¿Qué importan los deseos de alguien si no tienen ninguna utilidad para la maniobra?, pues en ésta todo obedece a una sola cadencia y cada uno no entiende más de lo que debe.”

De Thomas Pynchon apenas se sabe nada: promueve, como Salinger, la mitomanía inversa. Thomas Pynchon, como nosotros, ni sabe de dónde viene ni sabe adónde va, pero nos ha dejado un libro que dará que hablar y que leer. A otros corresponderá la tarea de desentrañar todas las claves encerradas en estas 1000 páginas, muchas de las cuales Pynchon ignora. Pero en esto consiste el arte: en darlo todo, hasta lo que no se sabe.

Pago con el desbarajuste de este blog (y de algunas otras cosas) las lecturas de un libro impresionante. Bien está, con perdón de los asiduos visitantes. Felices Copenhagues, quiero decir, Navidades.

domingo, 25 de octubre de 2009

De tu tierra, Cesare Pavese


Hace un tiempo le decía a una amiga que ya sólo me quedaba por leer el último clásico de Calvino, o el último del que hablaba Calvino en Por qué leer los clásicos. Era Cesare Pavese. Mi amiga, buena conocedora de la Literatura, me espabiló la urgencia de leerlo. Citó algún libro que no recuerdo, pero agregó: “Cualquier cosa suya”.Yo me tomé a la tremenda la indefinición del pronombre “cualquier” y me hice con todos los títulos traducidos de este autor. Por ahí andaban, sólo que el otro día abro De tu tierra.

De tu tierra es la primera novela que escribió Pavese. Intuyo que no es su mejor obra aunque basta para satisfacer las horas de un lector exigente. La influencia de Faulkner es obvia, pero Faulkner genera escenarios y paisajes con más carácter, y dilata los puntos álgidos de sus novelas con la magistral indiferencia de un dios despótico y cansado. Pavese, no obstante, nos ofrece un universo más accesible, y es menos barroco en sus silencios.

Cuenta De tu tierra un hombre (Berto) que ha estado en la cárcel. Allí conoce a otro (Talino). El primero es de Turín, el otro de Monticello, “un pueblo tan insignificante que ningún tren pasa por allí de noche”. Berto es mecánico y Talino lo convence para que vaya a su pueblo: su padre puede darle trabajo con la trilladora. Berto llega a Monticello y se instala en la casa de campo donde vive la familia de Talino. A éste último lo acusan de haber quemado la casa de un vecino y una continua amenaza pesa sobre él. A Berto no le gusta lo que ve, en algún momento cree ser el guardaespaldas de Talino. Fuma sin parar y siente atracción por Gisella, una de las hermanas de Talino, que lo distrae del deseo de largarse de ese pueblo. Berto y Gisella comparten una tarde y un lago solitario, pero la sombra de un incesto atenaza la magia del momento. El final es la reacción de un loco.

Esta novela rebosa sensualidad (las eternas manzanas, las colinas que emulan los pechos femeninos, la procacidad de las miradas y de los diálogos…) y salvajismo (el arcaico tribalismo de la familia, la tensión de lo irracional…). Llama la atención la casa. La imagen de la casa. Me acordé de Gaston Bachelard.

El protagonista, que es un hombre de ciudad, choca con un mundo de criaturas simples pero indescifrables. Como es una narración en primera persona, el lector nunca obtiene una visión completa de la realidad. En esos espacios vacíos el lector tiene el acto reflejo de imaginar, aunque Pavese no nos deje el desahogo del puzle terminado. I. Calvino lo dijo de modo más minucioso:

“Todas las novelas de Pavese giran en torno a un tema oculto, a algo no dicho que es lo que verdaderamente quiere decir y que sólo se puede decir callándolo. Alrededor se forma un tejido de signos visibles, de palabras pronunciadas: cada uno de esos signos tiene a su vez una faz secreta (un significado polivalente o incomunicable) que cuenta más que la faz evidente, pero su verdadero significado está en la relación que los vincula con lo no dicho."

Un poco más abajo en el artículo de Calvino (Pavese y los sacrificios humanos) se lee una mención a uno de los libros más extraordinarios que he leído jamás: La rama dorada.

“Vincular la etnología y la mitología grecorromana con su autobiografía existencial había sido el programa constante de Pavese. En la base de su dedicación a los estudios de los etnólogos estaban las sugestiones de una lectura infantil: La rama dorada de Frazer, una obra que ya había sido fundamental para Freud, para Lawrence, para Eliot. La rama dorada es una especie de vuelta al mundo en busca de los orígenes de los sacrificios humanos y de las fiestas del fuego.”

La rama dorada es mucho más que eso (por cierto Tusquets se olvidó de incluir al genial Frazer (y a alguno más) en el Índice onomástico de autores).

En el universo de Pavese sólo he dado el primer paso. Pero la senda que sugieren sus libros, la andaré con el tiempo.

lunes, 19 de octubre de 2009

El esclavo, Isaac Bashevis Singer


En el siglo XVII el número de judíos en Polonia era mayor que en cualquier otra parte del mundo. Este pueblo había conseguido cierta estabilidad en estas tierras cuando de muchas otras ya había sido expulsado. Polonia era un país comandado por señores feudales con un poder suficiente para que el rey no tomase demasiado afecto a su trono. Esta descentralización fabricó un país vulnerable en una época de imperios rapaces. Los diferentes territorios competían entre ellos por la riqueza, y un buen modo de ganar ventaja era garantizar y facilitar la vida de la comunidad judía (esta última frase podría valer para cualquier país europeo en algún momento de su historia). La sed por el poder de la aristocracia polaca despreciaba así los hostiles concilios católicos y las soflamas incandescentes de algunas órdenes monásticas que pretendían la conversión de los judíos y, mientras ésta llegaba, su segregación.

En el año 1648 hubo un levantamiento de los cosacos que habitaban en el sureste de aquella Polonia. Millones (3) de judíos y polacos fueron exterminados. En esa revuelta macabra los cuellos se abrían como toneles de vino, las mujeres eran violadas, asesinadas o forzadas a un concubinato sin aparente término. Los niños fueron (de esto hay constancia) enterrados vivos. Luego el Imperio Sueco invadió el país.

La vida de Jacob (el protagonista de esta novela) se cruza con el año 1648. Pierde a su mujer y a sus dos hijos. Lejos de Josefov (su ciudad) termina siendo esclavo de un ganadero polaco. Jacob es un judío instruido que es capaz de sobreponerse a estas desgracias (que cuando empieza la novela ya han ocurrido) y a muchas otras (que son la historia de El esclavo).

Isaac Bashevis Singer se sirve de la situación límite de su personaje para ofrecernos verdades profundamente humanas y pensamientos eternos. Da gusto leer la evolución personal de Jacob y la del mundo que pueden ver sus ojos, siempre a punto de desmoronarse. Jacob nos expone esa religión ancestral que conocen los que la conocen. Tiene fuerza, honradez y el beneplácito del lector juicioso. Desde el principio y hasta el final es un esclavo. Esclavo del azar, de Jan Bzik (el granjero del que hablé antes), de sus deseos, de las leyes, de sus temores, pero sobre todo es esclavo de su futuro, y todos sus padecimientos se transforman en un canto a la vida. (Hay elementos del hasidismo importantes en este personaje, aunque esta corriente del judaísmo aparecería más tarde.)

Bashevis Singer fue hijo de un rabino y El esclavo contiene guiños de libros espléndidos que sólo unos pocos elegidos leerán a lo largo de sus vidas: El árbol de la vida, Guía de perplejos (la edición de Trotta es fabulosa), Zohar… El autor no se anda con contemplaciones y deja a cada cual en su lugar, sea cristiano, judío, rico o pobre.

Hay sentencias que no quedarán mal a continuación:

"¿Qué le importan los edictos a la naturaleza humana?"

"La vida que se vive en constante temor pierde su encanto."


"¿Qué sería del poder de los malvados si los justos no se mostraran tan pusilánimes?"

Los grandes escritores son aquellos continúan el párrafo allí donde los otros paran. Por eso esta novela, sin apenas artificios, es recomendable. Su lectura es rápida y el libro se nos pega a las manos como un testigo de relevista. Este Premio Nobel (1978) sabía lo que se hacía.

Isaac Bashevis Singer fue un vegano tenaz desde que se dio cuenta (en esta vida todo es darse cuenta). Este libro es el primero que incluye alegatos a favor de esa dieta que también es la mía.

"Los judíos trataban a los animales como los cosacos a los judíos. Las palabras cabeza, cuello, hígado y mollejas le producían escalofríos. Al sentir la carne en la boca lo asaltaba la sensación de estar devorando a sus propios hijos. Varias veces, después de la fiesta del Sabbat, había tenido que salir a vomitar."

Y ya acabando el libro:

"Le llevaba kashe y caldo de buey; pero él le dijo que nunca comía carne, ni pescado, ni nada que procediera de criatura viviente, incluidos el queso y los huevos.
- Entonces, ¿de qué vives? ¿De carbones encendidos?
- De pan y aceitunas.
- Aquí no hay aceitunas.
- También tomo rábanos, cebolla o ajo con el pan.
- ¿Y cómo haces para conservar las fuerzas?
- Dios da las fuerzas.


Me quedan tantas cosas por decir que voy a dejarlo aquí. Eso es lo que les pasa a los buenos libros, que se hacen interminables después de haberlos leído.

viernes, 21 de agosto de 2009

La madre, Pearl S. Buck



Si esta novela se publicara hoy por primera vez, es probable que la adornaran escuetas hipérboles como éstas: “Probablemente el mejor libro del año”, “El personaje principal se quedará en tus pupilas por mucho tiempo”. También otras, más vagas y difusas, pero que igualmente rozan una épica indigesta: “Este libro ha venido para quedarse”, “El necesario testimonio de una época”, “Un libro imprescindible en cualquier biblioteca”. Existen algunas todavía peores y que, además, no nos incumben: “El mejor libro que he leído en mucho tiempo”. Estas opiniones, que no pasan la barrera de lo tonto, se quedan abrazadas a los libros: en urgentes vitolas llamativas, o (y es horrible) en el material variable de la contraportada. Tal falta de prudencia se practica hoy sin el menor arrebol. En la mayoría de los casos proviene de la crítica de masas, y en el fondo no es más que simple publicidad. Si en publicidad se han disuelto las ancianas ideologías (la diferencia entre publicidad e ideología reside tan solo en el producto y en el énfasis), cómo iba a resistirse el acto humilde y solitario de la lectura.

Digo esto porque Pearl S. Buck era ya ganadora del Premio Pulitzer (debió haberlo sido un año antes), y porque consiguió un éxito de ventas considerable en sus primeros volúmenes. Publicó su primer libro con 38 años y, como se le dio tan bien, no pararía hasta el final. Su vida transcurrió entre Estados Unidos (país donde nació) y China (sus padres fueron misioneros).

La madre fue su sexto libro. Es una novela humilde: la arquitectura es sencilla, sus personajes no requerirían de nuestra atención de no ser por la mano maestra de esta mujer. Ocurre en algún lugar de China, ese vasto territorio que puede ser una metáfora del mundo. La autora lo sabe y evita, con sustancial acierto, los nombres propios. Los personajes son madres, hijos (mayores y menores), esposos, la doncella ciega…; los lugares son la ciudad, los campos, el pueblo, el santuario, una tumba.

La madre (la autora no despista) es el personaje principal. Sus sentimientos, sus preocupaciones, sus deseos, son hermanos de los nuestros, porque los comprendemos y los justificamos. “Algo se mueve”, decía Aristóteles como suma de todo su conocimiento. También en este libro algo se mueve: la compasión. La madre es abandonada con tres hijos, trabajará la tierra hasta que éstos puedan a su vez heredarla con su trabajo, casará a sus hijos y quedará en su casa hasta el día de su muerte. En medio está el amor, está la muerte, está la solidaridad de los luchadores, está el budismo, está la soledad, está el orgullo. Y la tragedia.

Pearl S. Buck no sólo nos regaló con ésta una buena novela, también dejó la huella de generaciones que, como nosotros, contemplaron las estrellas, y cuyos versos, muy lejos de inmortalizarse, sólo fueron sentimientos puntuales (cabe la posibilidad de que lo inmortal sean esos sentimientos puntuales y no los versos). No en vano fue una ferviente defensora de los Derechos Humanos y una delatora de la injusticia de la que tantas veces fue testigo.

La injusticia sale en el libro. Cito: “¿No sirven las penas para expiar? ¡Ay! He estado muy llena de penas toda mi vida, y siempre he sido pobre. Pero los dioses no conocen la justicia.” Los griegos conocieron la idea de la no intervención divina en el mundo, y esa idea, de ser cierta, anularía el final de la queja. Por otro lado: Teresa de Calcuta se mostraba dispuesta a engrosar las filas de cualquier manifestación a favor de la paz, pero se negaba a acudir a manifestaciones en contra de la guerra. Esta actitud proviene de una frase de Jesús de Nazareth, que se recoge en Mateo (por lo menos) y reza: “No resistas al mal”. Esta frase, luminosa como pocas, cabreaba mucho a Nietzsche y nunca quiso entenderla. Es comprensible que así sea, ya que anula uno de los primeros peldaños de su pensamiento, que es Schopenhauer. Aunque con algunos altibajos la madre sigue ese consejo, no por propia voluntad, sino como la inmensa mayoría: porque no le queda otro remedio. Tiene su explicación, pues como nos dice más tarde:

“Cuando una sacerdotisa me gritaba que tenía que aprender el camino del cielo, estaba yo demasiado ocupada con los hijos pequeños, y ahora, cuando vienen a decirme que debo aprender el camino del cielo, soy demasiado vieja ya y habrán de aceptarme en el cielo tal como soy o pasarse sin mí”.

El pasaje es memorable, y esta vez acierta de pleno. No es el único: en las vidas sencillas y monótonas subsisten las mismas verdades que en los más altos palacios.

Citaré unas últimas palabras: “Nunca temo morir en verano, hija! ¡El sol es como sangre nueva y nuevos huesos para una vieja seca como yo”. Una frase así, puesta convenientemente sobre un libro, me intrigaría lo suficiente como para comprarlo.

martes, 14 de julio de 2009

Las aventuras del valiente soldado Svejk, Jaroslav Hasek


Pongamos que Kafka y Hasek tuvieron un amigo en común. En algún momento, dicho amigo fue detenido por alguna bobería, delatado por algún desconocido envidioso o bromista. ¿De qué se le acusa? No se sabe. Nada puede esclarecerse, es inútil: en determinadas épocas el crimen de los presos no es otro que el de ser hechos presos. Así empieza El proceso (que es un libro en el que no se sabe qué es de Kafka y qué es de Dostoievski), así empiezan Las aventuras del valiente soldado Svejk. El amigo en común pudo ser cualquier habitante de Praga, pero también Crimen y Castigo (a Raskolnikov le pasa algo similar unos años antes).

Kafka y Hasek vivieron ambos en la capital de la República Checa de hoy, nacieron en 1883, vivieron los mismos años (±1), a los dos se los llevó la tuberculosis y sus respectivas obras resisten el paso de los tiempos (hoy tengo la sensación de que el tiempo, si existe, es plural). Sin embargo ahí acaban las coincidencias. Kafka buscó el silencio de la soledad, Hasek prefería las ruidosas tabernas; Kafka era vegetariano y abstemio, Hasek durmió, resacoso, a la intemperie; Kafka era un hombre con problemas, Hasek no tanto, pero se los buscaba.

Las aventuras del valiente soldado Svejk es un libro repleto de vida. Muchos de sus personajes son reales, con el agravante (hoy ya atenuado) de que también lo son sus nombres propios. El autor quiso publicar seis volúmenes, pero su muerte temprana le impidió los dos últimos. El que reseño es el primero, que se desarrolla en la retaguardia de la Gran Guerra.

Svejk es un vendedor de perros que es hecho preso después del asesinato de Sarajevo (qué nombre más bonito Sarajevo). En esos momentos todos son sospechosos de conspiración. Su locuacidad, su estupidez, que él mismo hace servir como carta de presentación, le hacen superar problemas frente a los cuales otra gente sucumbe. Sus comentarios, sus peculiares historias, iluminan con humor la triste época que le toca vivir. El resultado es un crítica gigante contra todo el sistema imperialista y burocratizado que no ha parado de crecer desde entonces, aunque se simuló su destrucción.

Svejk, en la guerra, se burla de la guerra; como ayudante de un capellán castrense se burla de la religión, como asistente de un oficial se burla del ejército; como persona, por mucho que sea tonta y lo diga, se burla de la estupidez absurda de los hombres.

Hasek interviene de forma directa algunas veces, generalmente al principio de los capítulos, con una seriedad que contrasta con el ambiente jocoso de la novela. Son irrupciones acertadas, que aportan una fuerte carga dramática. Esto hace que la risa, que puede ser frecuente leyendo este libro, surja un tanto cargada de tristeza. Por ejemplo, antes de un capítulo desternillante puede leerse esto:

“Los preparativos para llevar a la gente a la muerte siempre se han hecho en nombre de Dios, o de algún otro supuesto ser supremo que le humanidad haya imaginado.
Antes de que los antiguos fenicios cortaran el cuello a un prisionero de guerra, celebraban un pomposo rito de culto sagrado. Algunos milenios más tarde, las nuevas generaciones harían lo mismo antes de ir a la guerra y matar a sus enemigos con espadas y armas de fuego.
Los caníbales de las islas de Guinea y de Polinesia hacen sacrificios a sus dioses y ejecutan una gran variedad de rituales religiosos antes de devorar festivamente a sus prisioneros de guerra, o a las personas inservibles como los misioneros, los representantes comerciales o los que simplemente son curiosos. Como la cultura de la casulla todavía no ha llegado a los lugares donde viven, se adornan las nalgas con guirnaldas hechas de las coloridas plumas de los pájaros de la selva.
Antes de quemar a sus víctimas en la hoguera, la Santa Inquisición celebraba la más solemne de las ceremonias religiosas, la sagrada misa cantada.
Los curas siempre han desempeñado un importante papel durante las ejecuciones, al importunar a los culpados con su presencia. En Prusia es un pastor quien lleva al pobre condenado hasta el hacha. En Austria, un sacerdote católico lo conduce a la horca; en Francia, a la guillotina; en América, a la silla eléctrica; en España, al garrote. Y en Rusia, un pope barbudo lleva a los revolucionarios a la muerte.”


Luego sigue Svejk y las sonrisas, pero ya está dicho.

En los discursos de Svejk saltan como chispas frases de una lucidez desorbitada: “A nadie nunca le han importado los inocentes” (Hannah Arendt demostrará después de la 2ª G.M. cómo los apátridas criminales tenían derechos, pero por ser criminales, y millones de desplazados sin delitos quedaban atrapados en esa pesadilla de no saber si existían); “Si todos fuésemos siempre honestos con los demás, pronto nos estaríamos matando los unos a los otros”; “Lo que me gustaría es cómo van a ser ahora, con la guerra, los entierros militares”…

Resumiendo: excelente libro que recomienda la lectura del los tres volúmenes restantes (disponibles en lengua castellana desde el año pasado). La clase culta de la época consideró que poseía un lenguaje vulgar y lo desdeñó. Sin embargo fue un éxito rotundo precisamente por ser claro, vulgar, por hablar como hablan todos. Este libro cuenta lo que cuenta (recurro a la tautología para liberarlo de las garras de la hermenéutica). Lo que es susceptible de ser interpretado es susceptible de ser monopolizado. Esto es lo que suele gustar a las élites, que tanto ensalzaron (esta vez con razón) a Kafka, que ostenta el triste récord de provocar el mayor número de sandeces gestadas en cabezas supuestamente capaces.

Hasek combatió en los dos bandos de la Gran Guerra, fue vendedor de perros, escritor, fundador de un partido (Partido del lento progreso dentro de los límites de la ley, se llamaba), se casó dos veces y pasó parte de su vida en Rusia. Notó el sinsentido de las guerras, lo absurdo de las pretensiones humanas, se burló en cuanto pudo de todos y de todo, pero lo hizo con seriedad, lo hizo bien. Mantuvo la cordura necesaria para escribir una obra memorable en una época difícil, en la cual un poeta exclamaba (se trata del Himno al odio, de Heinrich Vierordt, y sale en el libro):

Amontonemos los huesos humanos
y las carnes aún calientes
hasta sobrepasar las nubes y las cimas de las montañas.

Que juzgue el lector la tristeza de estos versos y, si quiere, la cosa completa:

http://books.google.es/books?id=o2rGLwhXIaUC&pg=PA34&lpg=PA34&dq=heinrich+vierordt+poet+german&source=bl&ots=7hWh3fYvuP&sig=zDeNYXEGEORw39Y0eaGLWlwI88Q&hl=es&ei=QHpcSsKSCY-MjAfmzeXRDQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=3

Hay formas muy tristes de ser recordado.

jueves, 9 de julio de 2009

La despedida, Milan Kundera


La literatura de Milan Kundera es grata y reconocible (si no es el primer libro que se lee de él). La despedida data de 1975 y es su tercera novela. A un jurado italiano le pareció el mejor libro publicado ese año en su estirado país.

La historia se divide en cinco partes (cinco días) y se desarrolla en un balneario de la antigua Checoslovaquia, entonces bajo un gobierno comunista. El balneario es una especie de refugio donde apenas llegan ecos de la problemática social de aquellos años en esa patria desaparecida. Es, pues, un islote social donde confluye gente acomodada o rica, algunos extranjeros. Hay que decir que la clientela es mayoritariamente femenina: el balneario ofrece tratamientos de fertilidad.

Cada uno de los días o las partes se divide en diversas entradas numéricas, de extensión variable, que evitan transiciones innecesarias y delinean el interés de la trama. La mayoría de estos pequeños capítulos son diálogos aunque hay también algún monólogo interior.

La despedida nos habla de la infidelidad, del aborto, de los celos, de la hipocresía, de la indiferencia, de la muerte, de la indiferencia de la muerte. Entre los personajes, que son pocos, hay más hombres que mujeres. Hay uno especialmente conseguido, el Dr. Skreta, el médico del balneario, un vividor con una peculiar forma de entender la vida. Es el verdadero eje de la historia. También están Klima (un virtuoso de la trompeta) y su mujer; Bertlef, un americano enfermo que vive prácticamente encerrado en el balneario; Jakub y su “ahijada” Olga; Ruzena, protagonista, empleada del balneario, y Frantisek, un novio suyo. (Si Ruzena se hubiera llamado Rutena, como esa nación antigua y desperdigada, cabría una interpretación simbólica llamativa que convertiría a Kundera en un profeta.)

Como otras veces, el autor se revela un experto en esa espeleología del alma que tantos han evitado o han atacado sin éxito. Pero esto, en su caso, tiene algunos tristes efectos: Kundera sabe de qué quiere hablar en todo momento, sabe lo que quiere decir él. La forma en que el lector percibe esto resta espontaneidad a los personajes, les quita vida. La historia como tal se queda acartonada como una orden. Es, quizá, demasiado rígida, demasiado tensa para no dudar en algunos momentos, pero esa intransigencia de Kundera tiene también algo positivo que no sé precisar.

Ignoro si Kundera pensó en algún momento lo mismo, pero en La insoportable levedad del ser, que es magistral, estos defectos, aunque permanecen, están ya a dosis bajas de medicamento o se han convertido en virtudes. Lo logra con una mayor carga filosófica, evitando diálogos, aumentado esos incisos rescatados de páginas perdidas o que la gente, por regla general, no ha retenido. Ya están en La despedida: San Simón el Estilita, ese hombre empeñado en vivir sobre una columna; San Lázaro (Zographos), que fue un pintor bizantino a quien se le prohibió pintar (como a aquellos brahmanes expulsados de la sociedad por su amor a la música de La ajorca de oro); Herodes (como Bulgakov en El maestro y Margarita; qué grande Bulgakov).

En la novela se dicen grandes verdades y grandes mentiras. Pero no agobiaré al ocasional lector de estos apuntes. Me quedo con una reflexión valiente cuyo tema (que desmenuzó Canetti) no suele ser habitual en las novelas: “El alma de la masa, que en tiempos se había sentido identificada con los míseros perseguidos, se identifica hoy con la miseria de los perseguidores”.

En fin: la novela nos deja sensaciones positivas (pero no nos vuelve mejores), un rato tristes y la sensación de habernos sublevado contra ese personaje, ese insulto.

Si yo hubiera sido amigo de Kundera y me hubiese pedido consejo, hubiera hecho todo lo posible por evitar la comparación de Jakub con Raskólnikov.

martes, 7 de julio de 2009

Foe, J. M. Coetzee


Robinson Crusoe, Ulises, Don Quijote, Sherlock Holmes, Fausto… la lista larga pero finita de personajes imaginarios que pasan de una generación a otra sin que el tiempo les afecte. La altura mítica de estas creaciones, unas más, otras menos, acaban conformando el imaginario colectivo, ya no mediante la lectura de las obras sino mediante el poder de las imágenes que se han desprendido de sus páginas. La vida solitaria de un hombre en una isla, el retorno de un guerrero a la patria después de la victoria, la confusión de la realidad y la ficción por parte de un hidalgo…, una vida cualquiera, si es vivida con atención, se solapa con estos grandes personajes, con estos grandes símbolos. Por eso la buena literatura tiene lo suyo de ritual iniciático.

Foe (su nombre ya nos revela algo) es una novela-satélite en torno a Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Pero saca a relucir temas que no pueden intuirse en la novela de Defoe. Robinson Crusoe habla de la supervivencia, la soledad, la religión y el destino (quizá en orden inverso); Foe habla de la creación, el lenguaje y la soledad.

Susan Barton (nótese la ironía del apellido) naufraga en la misma isla que Cruso, es acogida por él y por Viernes, vive con ellos cerca de un año y es rescatada por un barco que los lleva de vuelta a Inglaterra. Cruso muere en el viaje de vuelta. La mujer decide contar su historia, pero para ello recurre a un escritor, pues ella se ve incapaz de levantar una obra literaria con la monotonía vivida en una isla perdida del Pacífico, donde todos los días son un día. Ella lo dice así: “…porque aunque mi historia explica la verdad, no explica la sustancia de la verdad”, lo cual nos remite a aquello que dijimos en la reseña de Contra Apión.

El libro tiene cuatro partes: el relato de los acontecimientos de la isla de Susan Barton, los correos que ésta le escribe a Foe (que se encuentra escondido: Defoe fue espía) a fin de puntualizar algunos puntos de vista o sugerir novedades que se revelan a posteriori, un encuentro y diálogo abierto con Foe, un tributo a la inmortalidad del propio Robinson Crusoe.

Coetzee es un maestro de la escritura. Hay muchas páginas que supondrían un grave peligro para otros escritores, pero Coetzee sale del paso con una soltura poco habitual. Hay una sensación de ejercicio a vuelapluma, muchas veces sobre la cuerda floja del sentido, pero una y otra vez el libro es capaz de cruzar el vacío amenazante. Esto aporta a la obra gran ligereza, pero a la vez hondura en los temas que abarca.

La historia de sus páginas no es relevante, de hecho está reducida a la mínima expresión. Las reflexiones que sugieren el mito de Crusoe sí. Y aunque están escritas no pueden acabarse porque apuntan directamente al acto creativo, al acto literario.

Aparte de la de Susan Barton hay más ironía en los nombres: Foe es Defoe, Cruso es Crusoe, pero Viernes es Viernes. No sé qué motivos puede haber en un sudafricano para mantener, únicamente, el nombre de Viernes. Deben de haber muchos que se me escapan, quizá no haya ninguno en especial. Lo que yo intuí me pareció brillante, o más: resplandeciente.

Edmond Rostand supo que viviría siempre a la sombra de Cyrano. Defoe también lo supo y más de una sonrisa de entendimiento se le debió escapar en sus últimos años pasados entre la penuria y el olvido. Es lo que suele pasar a los creadores de los grandes mitos: sus creaciones acaban siendo de todos. Como si a Prometeo lo castigaran los hombres, no los dioses.

martes, 16 de junio de 2009

El péndulo de Foucault, Umberto Eco


Este libro se publicó en 1988, y fue uno de los títulos editoriales más esperados de aquel año. Lo compré entonces, o casi entonces, pero yo tenía 10 años y no llegué a acabarlo. Me quedé ahí, a 150 páginas de finalizar la cuarta edición de P-J. No entendí demasiado y me cansé.

El inteligente Umberto había publicado unos años antes El nombre de la rosa, que es una novela con mil sentidos y que a la gente le encantó. Esa novela tenía la virtud de convertir al lector en una especie de policia doctorado en Filología Clásica e Historia Medieval. Uno cerraba el libro y el mundo (¡carajo!) acababa cubierto de significados impensables unas horas antes. De pronto se veía distinta la puesta de sol, la calle ensombrecida con los pocos caminantes de la tarde, la tortilla de patatas. Esa fue la ilusión que debió de gustar a la gente. Tan habituados a la rutina, de pronto tenían acceso a una cultura vastísima que, vaga suposición, creían entender. Umberto Eco repite fórmula en este libro (incluye una cita en hebreo), pero sólo hasta cierto punto. Quiero decir: al final (lo que yo no leí entonces) desmiente la fórmula.

Casaubon (narrador), Diotavelli y Belbo son los tres principales del libro. El primero realiza una tesis doctoral sobre los templarios y durante ese proceso conoce a los otros dos. Luego vive en Brasil, se enamora, pierde a su enamorada y regresa a Italia. Cuando vuelve acaba trabajando con Diotavelli y Belbo en la editorial Garamond. Esta editorial se plantea lanzar una colección de libros esotéricos. Y ahí está la cosa.

Entre los tres acaban elaborando una especie de trama o de plan que incluye toda (casi) la literatura esotérica: templarios, rosacruces, asesinos (los de Alamut), bogomilos, jesuitas, paulicianos, anabaptistas, nazis, cabalistas, cátaros, masones… La trama que elaboran no tiene apenas seriedad, incluso se utilizan métodos aleatorios (se recurre a un computador llamado Abulafia, como el cabalista ibérico que creyó ser el Mesías) para completar secuencias dudosas, pero ellos mismos son los primeros que pierden esa noción de juego. Finalmente esa trama inventada llega a ponerles en serios apuros.

Este libro no la ha concebido un escritor normal, en realidad sólo Umberto Eco podría haberlo escrito. La composición es compleja: comprende 120 capítulos que se reparten de forma poco igualitaria en 10 partes. Estas partes tienen los nombres de las sefiroth del Árbol de la Vida de la Cábala en posición descendente. Cada capítulo (algunos brevísimos), está precedido, por regla general, por una cita de libros ocultistas. Pero también están Bruno y Lucrecio. Hay una que no tiene desperdicio: “Tiene la locura un inmenso pabellón donde a gente de todas partes da pensión, sobre todo si tiene oro y poder a discreción”. La frase, de graciosa traducción, es de un tal Brandt, y vale como resumen de la intención de Eco.

Muchos ven en este libro una crítica al esoterismo, a la forma con la que se elabora esa física de la metafísica. Es así. Hay elementos de humor que ridiculizan las ciencias ocultas, si bien es un humor no exento de tristeza y puntual. A mí me parece, además, una revisión del mito de la Torre de Babel que se narra en el Génesis, ese complejo libro que parece estar pasando siempre. Llegar a los cielos, hacerse con el verdadero sentido de la existencia, se supone que da un poder definitivo. Por lo tanto es codiciado por el poder, que es un retroalimentado Midas sin lección. Bien.

“¿Conclusión? Irreal planteamiento” (César Simón). No hay rito más iniciático que la propia vida. Ir más allá de la existencia es no sólo perderse la existencia, sino entablar amistad con los dudosos mundos del vacío. En la comprensión y experiencia de la vida todos somos iguales, aunque a unos interesará más y a otros menos. Un millonario no sabe más que la última renta de Zimbabwe. Lamentablemente para algunos millonarios y para algunos locos esto es una tremenda injusticia. Allá ellos.

Las páginas del final son sin duda las mejores, ya libres de tanta escatología y tanto premeditado absurdo. La trágica situación del personaje facilita el fraseo de verdades encadenadas: “Comprender todo cuando ya no hay nada que comprender”. Esto pasaría por un postulado de la mística.

Apunto una idea que no suele verse por ahí pero que Umberto Eco sabe que es importante. Yo la llamo (para mi uso personal, aunque quizá tenga otro nombre) la ley del precedente. Hace referencia a nuestra responsabilidad a la hora de obrar, de actuar, de decir. No es una responsabilidad personal, sino de especie. Valga esta cita del libro para indicarla: “La gente está sedienta de planes, si le ofreces uno se arroja sobre él como una manada de lobos. Tú inventas y ellos creen. No hay que crear más imaginario del que hay”.

No puedo olvidarme de una última cita que Umberto Eco atribuye, con interrogantes, a Chesterton: "Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo". Yo le quitaría los interrogantes.

jueves, 14 de mayo de 2009

Vida de Apolonio de Tiana, Filóstrato


Julia Domna fue la mujer de Septimio Severo. Había nacido en Siria y era hija de un sumo sacerdote del dios Baal (divinidad solar que pasaría a convertirse, en el Antiguo Testamento, como el principal antagonista de Yahveh, a raíz conquista judía de las de las tierras de Canaán, pues los cananeos también lo adoraban). Fue una mujer de extraordinario peso dentro de Roma, y supo rodearse de una gran cantidad de intelectuales con los que compartía inquietudes. Entre ellos estuvo Filóstrato, y se dice que esta Vida de Apolonio, que él escribió, se la encargó ella.

Filóstrato nos cuenta que transcribe lo que el discípulo más apegado del de Tiana, Damis, escribió una vez. Esas notas cayeron en poder de Julia Domna y fueron entregadas a Filóstrato. Damis fue real, no así Cide Hamete Benengeli, ese hombre ficticio que supo del Quijote antes que Cervantes. Por esta y por otras cosas me juego un libro a que Cervantes se leyó la Vida de Apolonio.

Apolonio fue un hombre cuya vida abarcó, casi, todo el siglo I. Desde muy joven mostró aptitudes para el estudio y se sintió atraído por la filosofía. Era hijo de una familia adinerada, pero dejó a su hermano la herencia que le correspondía y siguió las doctrinas de Pitágoras. Practicó pues el silencio y la abstinencia (Porfirio, poco más tarde, hablaría de estas cosas). Las leyendas atribuyen diversos viajes iniciáticos a Pitágoras. Se dice que visitó Oriente en repetidas ocasiones, que vivió largo tiempo en Egipto y en otros lugares menos claros antes de fundar su propia escuela. Apolonio se propuso hacer lo mismo. Viajó a las tierras indias, donde se hallan los ríos que después serán el Indo. Allí convivió con sabios brahmanes. Remontó el Nilo buscando a los gimnosofistas. Recorrió toda Grecia, pisó varias veces Sicilia, Asiria, y Roma, claro. De todos aprende, todos reconocen su condición de hombre extraordinario. Viaja con discípulos (lo seguían unos pocos), contempla raros animales, se entrevista con extravagantes reyes, ofrece su sabiduría donde quiera que se halle.

Pero también este libro se empeña en vulnerar la lógica del mundo. Para convertir a Apolonio de Tiana en un hombre divino se recurre a turbulencias que se intuyen fantásticas: sanaciones, resurrecciones, exorcismos… Son dudosos elementos de apoyo. Quizá los humanos de entonces preferían estas cosas. En realidad cuando a Apolonio se le pregunta si se considera un dios la respuesta es creíble y sensata: Todos los hombres buenos tienen algo de Dios.

Hay algunas ideas interesantes. La rara facultad de la videncia se considera como un grado más de la sabiduría; el origen del monoteísmo se sitúa en India; el monoteísmo, el politeísmo y la transmigración de las almas pueden aunarse; se anticipa claramente la conocida hipótesis gaia… También puede hallarse placer en algunas citas y razonamientos. Copio estas pocas:

“…los enemigos no odian por lo que uno es públicamente censurado, sino por las ofensas que han sufrido en privado”
“En lo que atañe al poder, obra como un emperador; en lo que atañe a tu persona, como un particular.”
“No tengas por riqueza lo que se almacena, pues ¿en qué es mejor eso que arena reunida de cualquier parte?”
“Los [gobernantes] que hablen griego deben mandar sobre los griegos, y los que hablen latín, sobre los de su misma lengua…”
“Convierte en esclavos a todos los hombres la naturaleza y la ley; la naturaleza de buen grado, la ley, incluso en contra de sus voluntades”.


En fin: libro interesante que fue muy leído en otras épocas y que pude leer gracias al azar de comprarlo al azar. Consta de ocho partes. En la octava hay una especie de reedición del juicio a Sócrates. Excepto en el final: Apolonio se salva y deja a Domiciano, emperador entonces, con un palmo de narices. Domiciano era hijo de Vespasiano, hermano de Tito. Apolonio predijo, como Flavio Josefo, que Vespasiano sería emperador. Flavio Josefo obtuvo privilegios, Apolonio nada quiso. Trató con los mayores y con los menores, y quiso obtener más de estos últimos que de los primeros.

No recuerdo vestigio alguno de cristianismo en este libro, pero hay algunos pasajes similares a los que se narran en los Evangelios. El final, por ejemplo, cuando escapa de Domiciano y se reencuentra con sus amigos, parece inspirado en el reencuentro de Cristo con sus apóstoles después de resucitar. Se podría omitir el tono de duda, por que Filóstrato vivió entre los siglos II-III, y los Evangelios y muchos evangelios (los que no son canónicos pierden la mayúscula) ya circulaban.

Apolonio enseñó a hombres, no fundó nada. Cuando ve la muerte cerca se preocupa por alejar a los discípulos que estaban con él. Aunque se le considera neopitagórico, admiró y quiso vivir de acuerdo a la máxima de Epicuro: “Vive sin que nadie se dé cuenta”. Como no pudo ser, él añadió: “Vive sin que nadie se dé cuenta, pero si no puedes, muere sin que nadie se dé cuenta”.

sábado, 9 de mayo de 2009

Ana Karenina, L.N. Tolstoi


Novela de valor incalculable. En el momento del final, cuando se cierra el libro, uno siente que ha coronado un ocho mil. Es difícil de explicar lo que se siente ahí arriba. Las virtudes de esta novela son tan numerosas que uno duda que puedan ser conscientes. La trama es básica, incluso predecible a veces, pero en las 600 páginas de la edición que conservo la tensión no decae. Explicar a qué se debe es tan sólo una quimera.

Ana Karenina se publicó por entregas en “El mensajero ruso”, y apareció editada a finales de 1877, el año que nació Herman Hesse. A punto estuvo Tolstoi de no terminar el proyecto. Él mismo tenía dudas, y, además, había problemas con la historia: muchos la consiredaban indecente. Que la podamos leer ahora se lo debemos a Sofia Andreevna, la mujer de Tolstoi, y también a un número indeterminado de rusos anónimos que periódicamente agotaba las tiradas de la citada revista.

La historia presenta tres frentes abiertos: el conjunto de Stepan Arkadievich, el de Levin y el de Ana Karenina. Los elementos de cada conjunto, excepto el que les da nombre, pueden pasar de un grupo a otro. Dichos conjuntos se intersectan, se solapan parcialmente a lo largo de la novela. Este efecto es más acusado hacia el final, donde la confusión llega a ser total y todos pertenecen a todos. En algún momento Tolstoi pensó en estos círculos, quizá los dibujó y puso los nombres de los personajes dentro a medida que los iba inventando. Quizá en el mismo momento el matemático más grande de todos los tiempos, Georg Cantor, pensaba y daba al Hombre su Teoría de Conjuntos.

Pocos libros hay que manejen el tiempo como lo hace Tolstoi aquí. Los capítulos de cada parte (8 en total) son cortos, lo que da mayor fluidez a la novela. Se da por sentado que, hasta cierto punto, el personaje de Levin tiene mucho que ver con el que fue alguna vez Tolstoi, pero Levin no es vegetariano.

El capítulo más extraño, el que me parece más dudoso, es el que contiene el desenlace de Ana Karenina (el séptimo). Tolstoi nos obliga a reinterpretar toda la actitud de su protagonista. El octavo es una marcha militar de un ejército victorioso: los personajes.

El conjunto de la novela es un portento. La credibilidad de estos seres que crea Tolstoi, la dosificación de las descripciones, el manejo del antes y el después, provocan que el lector sea un personaje más. Sí, pero esta vez con la metáfora reducida a la mínima expresión.

Si el libro tiene algún inconveniente es éste: uno no sabe dónde dejar después las raquetas, las cuerdas, los picos, la botella de oxígeno…

Dostoyevski escribió: "Ana Karenina es una obra de arte perfecta". ¡Qué grande Dostoyevski!

lunes, 4 de mayo de 2009

Adiós a Berlín, Christopher Isherwood


Christopher Isherwood nació en Inglaterra 1904, estudió en Cambridge y quiso ser escritor. Vivió en Berlín a principios de los años 30. En esa ciudad fue profesor particular de inglés durante unos tres años, pero se dedicaba a la vida y a la Literatura. Buscaba, quizá, la soledad y lo extraño, huir y reencontrarse. Pero en esos años la República de Weimar daba sus últimos coletazos y la ascensión de los nazis ya empezaba a crear algunos problemas. Era un Berlín triste, sumido en una depresión económica brutal, con el barco de la estabilidad política siempre a punto de zozobrar, con repentinos y descontrolados movimientos sociales… Una bomba de relojería que tenía, luego se supo, una carga del demonio.

Adiós a Berlín se mece en esa aura decadente de los entornos convulsos. Suele venderse como novela, pero es más bien un conjunto de relatos con personajes compartidos. Su estilo es similar, su calidad variable. El libro se abre y se cierra con un “diario berlinés”, que sirve de prólogo, de epílogo y de cemento aglutinador. Los relatos o capítulos, por orden, son: Sally Bowles (el más notable), En la isla de Ruegen (fuera de Berlín el libro decae), Los Nowak y Los Landauer (interesante relato).

Si algo llama la atención en este libro es el personaje principal, que tiene el mismo nombre que el autor. Su frialdad, en algunos momentos, es desconcertante. En el segundo párrafo del libro se nos dice: “Yo soy una cámara con el obturador abierto, pasiva, minuciosa, incapaz de pensar”, y el resto del libro lo atestigua. Los personajes (o personas, a veces no se sabe) que circulan en estas páginas son prostitutas, camareros, multimillonarios, vagos, actrices… Todos caben en la vida de un profesor de inglés, y todos son tratados de igual manera. Parecen actores ensayando sus monólogos frente al director Isherwood, quien no muestra indicios de compasión, comprensión, empatía… Este extraño experimento acaba por subyugar al lector que valora la originalidad, porque esta novela se escribió antes que 1280 almas, de J. Thompson. Solamente este ingreso compensa el tiempo invertido. Además están sus diálogos, rápidos, sin apenas matices que distraigan y apostillen, como copiados de una grabadora.

Este volumen dio para un par de películas. Ishserwood fue luego guionista en Hollywood, colaboró con W.H. Auden en varias obras dramáticas, y como Evelyn Waugh fue considerado por sus compatriotas como el mejor escritor inglés de su época. (Los ingleses nunca vieron a Chesterton con buenos ojos.)

Jaime Gil de Biedma lo nombró cónsul de Sodoma.

miércoles, 22 de abril de 2009

El hombre que fue jueves, G.K. Chesterton

La lectura de un libro es la condició necesaria para adentrarse en el mundo que nos cuenta. Pero, además, la Literatura exige del lector otros esfuerzos, u otros placeres, según se vea. Un somero repaso a la biografía del autor, un viaje mental hacia su época, el recuerdo de obras más o menos simultáneas, una relectura o un hojeo como la lluvia a veces: de intensidad y duración variable…

Se sabe que el modo en que la Literatura escoge a sus mejores hombres es raro, y, de tanto en tanto, caprichoso. En el caso de Chesterton un problema de corazón lo apartó para siempre de los negocios familiares. Pero le dejó una renta de por vida.

“El hombre que fue jueves” tiene 15 capítulos y está precedido por un poema extenso que recuerda la antigua invocación a las musas, pero pasada esta vez por el tamiz de la teosofía. Las primeras páginas son extrañas. Al menos para el lector que yo soy, no recuerdan a nada previo al 1907, año de su publicación. A medida que se avanza la lectura las piezas bosquejadas por Chesterton parecen querer encajar, pero nunca se encuentran los planos de lo que puede montarse. Los personajes, flojos, están al servicio de la inmensa metáfora que es el conjunto de la obra. Aun así se retienen, y el nombre de Gabriel Syme tendrá que leerse en las antologías del futuro. Dicha metáfora empieza a intuirse pronto, cuando la lógica mundanal es violentada sistemáticamente. Con el paso del tiempo o de las páginas uno espera ceñirla a un referente. Pero nada más lejos de la realidad: la metáfora crece sin control y al final es tan grande que el pensamiento no la abarca. En el último capítulo se lee: "¡Ahora lo comprendo todo! Todo lo que hay que comprender. ¿Por qué todo lo que existe en la tierra pelea contra todo lo demás?"... Pero a estas alturas la suerte ya está echada y nada puede arrojar luz sobre tanta inmensidad. El final puede ser el que es o una fábula de Esopo, lo grande ya está hecho, y la solución que pretendió el lector atrás, ya se da por perdida.
Si la trama se limase hasta unas pocas líneas tendríamos una noche de Las mil y una noches. Seguramente un Chesterton convaleciente leyó este libro en la entonces reciente edición del arabista, capitán y sir R.F. Burton, que data de 1897, al menos en los ejemplares que conservo, que, no obstante, presentan cierto desfase con la información disponible en la red. El título completo en inglés es el siguiente: The Man Who Was a Thursday- A Nightmare.
Estas páginas abarcan multitud de temas: poesía, economía, política… Un clarividente Chesterton afirma que los verdaderos anarquistas son los ricos, no los pobres. Los que no soportan el poder son los que, de algún modo, ya lo ostentan. La siguiente frase puede justificar el precio del volumen: “La maldad es tan mala que no podemos evitar pensar que la bondad es un accidente; la bondad es tan buena que estamos seguros de que el mal podría ser explicado”. Sorpresa tras sorpresa, el libro tiene la habilidad de hacer que el lector desarrolle simultáneamente dos actividades: leer y pensar.
G.K. Chesterton, perteneció a esa especie de hombres que buscan la trascendencia. Cambió el anglicanismo por el agnosticismo, practicó el ocultismo y finalmente murió como convencido católico. Esto le restó admiradores en su patria.
Obra aconsejable y brillante, solitaria en los principios del siglo XX, y aún hoy. Pero no se puede negar su influencia o su carácter premonitorio: Las grandes obras que el siglo XX lleva con orgullo son también metáforas.
Me queda por hacer una última advertencia: El libro está repleto de frases subrayables, lo cual es un peligro para el libro.